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Haber pasado catarros (o hasta COVID-19) no garantiza inmunidad duradera, aunque ayude
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Haber pasado catarros (o hasta COVID-19) no garantiza inmunidad duradera, aunque ayude

Los viejos catarros pueden dejar algún tipo de memoria en nuestro sistema inmunitario con ventajas para combatir el nuevo coronavirus. Pero esto sólo se ha visto en células de laboratorio y no se garantiza la inmunidad.

Síntomas de catarro común | Shutterstock

Estornudos pasados no garantizan inmunidades futuras. Pero toda infección respiratoria genera en la inmensa mayoría de personas algún grado de inmunidad, como nos explicaba aquí la viróloga Margarita del Val. También sabemos que ser inmunes a una enfermedad puede producir algo protección ante otras, como cuenta aquí el vacunólogo Carlos Martín Montañés. ¿Cuánto de esto ocurre con la COVID-19?

Dos trabajos recientes vienen a decir que las defensas de una persona expuesta a viejos coronavirus de catarros leves pueden reaccionar ante el nuevo coronavirus. Pero no está claro hasta qué punto, puesto que esto sólo se ha visto en cultivos de células de laboratorio.

El doctor Alessandro Sette, del Instituto de Inmunología de la Jolla (EE.UU.) tomó muestras de células de pacientes que habían tenido COVID-19. Mientras, su colega Andreas Thiel, del Hospital Charité de Alemania, usó muestras congeladas con células de pacientes sanos prepandémicas (de 2015 a 2018) y las expuso a trozos del SARS-CoV-2.

En los dos casos, las células mostraban evidencias de haberse empezado a defender. O lo que es lo mismo, las personas que han pasado COVID-19 generan aparentemente respuesta neutralizante ante el nuevo coronavirus. Pero puede que otras que no lo han pasado, también. En concreto, un 38%… de las muestras.

Son células en laboratorio, no organismos. Esta es la principal debilidad de concluir que haberse expuesto a otros coronavirus nos hace inmunes a COVID-19, según cree la viróloga Del Val, responsable de la iniciativa Salud Global, que participó este miércoles en un seminario online organizado por el CSIC.

«Se reconocieron a muy bajo nivel. Eso significa que hay una cierta reacción cruzada. Si eso nos protege algo, no lo sabemos. Prácticamente todos hemos pasado un coronavirus catarral (benigno) y vuelven todas las estaciones. Si es así como ha enfrentado la humanidad en su conjunto a este nuevo virus, puede ser, pero hoy no nos da ninguna ventaja adicional», explica la experta.

Aunque algunos ‘nacieron’ en animales, estos virus son unos viejos conocidos para los humanos. No sólo el del SARS 1 de 2002 (neumonía atípica).

Hay hasta cuatro coronavirus que cursan habitualmente con levedad: los HCoV (human CoronaVirus) 229E (típico en catarros), OC43 (catarros y neumonías en personas debilitadas), NL63 y HKU1 (más recientes). ¿Son capaces de generar algo de inmunidad ante el SARS-CoV-2 como si se hubieran expuesto a este?

Anticuerpos y linfocitos T: detenciones y fuerzas especiales de nuestras defensas

Diversos trabajos parecen coincidir en que las personas que han pasado por COVID-19 desarrollan anticuerpos neutralizantes. «Pero prácticamente ahí no dan reacción cruzada», señala Del Val. Es decir, anticuerpos de otros coronavirus no se han demostrado eficaces contra el nuevo.

Los anticuerpos son proteínas que el sistema inmunitario crea para combatir un patógeno más o menos específico. Es una de las bases de las vacunas.

Cuando introducimos un patógeno o trozo del él (desactivado, en el caso vacunal) se generan estos anticuerpos que advierten al resto de las defensas y, en el mejor de los casos (neutralizantes), impiden al virus acceder a las células.

En esa llamada a los ‘refuerzos’, aparecen las células T. Son linfocitos que equivalen a las fuerzas especiales de las defensas. Son efectivas, precisas y limpias normalmente en sus trabajos, frente a la artillería y bombardeos induscriminados de los macrófagos, que suelen aparecer al principio de una infección. Estos últimos son responsables de las llamadas tormentas de citoquinas que se dan en los pacientes graves de COVID-19.

Estos dos trabajos recientes demuestran que ante la presencia del virus SARS-CoV-2, las células son capaces de ‘llamar’ a las células T para combatirlo. Este resultado “sugiere la existencia de una reactividad cruzada entre el SARS-CoV-2 y los coronavirus del catarro común”, aseguraba el coautor del primer estudio Shane Crotty en sus redes.

Algunas no dan positivo en anticuerpos del SARS-CoV-2 y sí podrían estar protegidas. Es decir, las células T se ponen en marcha aún sin la aparente llamada de los anticuerpos. Los linfocitos T tipo CD4 gozan de memoria, tienen fichado al patógeno ante futuras infecciones.

Tal y como le explica Alba Grifoni, una de las coautoras del primer estudio. a Antonio Martínez Ron en VozPópuli, «si eso significa que se produce una protección o una respuesta perjudicial en la respuesta inmune, aún no lo sabemos».

Sin anticuerpos y con inmunidad. Con anticuerpos y sin inmunidad.

Una posibilidad para explicar por qué hay respuesta de las defensas aun sin anticuerpos es que haya pacientes que no los hayan producido en una cantidad suficiente, al menos, para una proteína concreta del virus, pero quizás sí los tengan para otras partes víricas.

Claro, que ahora sabemos que también puede ocurrir al revés: pacientes que han pasado la COVID-19 no han generado una gran cantidad de anticuerpos como para asegurarse una inmunidad. Como mínimo, duradera.

Un 44% de pacientes que pasaron la COVID-19 leve tuvieron un nivel de anticuerpos casi indetectable. Su inmunidad no está garantizada.

Casi la mitad de las personas que ha sufrido la infección de manera leve o asintomática tienen un nivel muy bajo de dichos anticuerpos. Esta tendencia se revierte en las personas que han sufrido la enfermedad de manera grave, que presentan hasta 10 veces más anticuerpos que los individuos con infección leve.

Así se desprende de otro trabajo preliminar, pendiente de revisión, liderado por el Instituto IrisCaixa de Barcelona. Han analizado en los laboratorios del CReSA los datos de 111 muestras de plasma sanguíneo de personas que han generado anticuerpos contra el SARS-CoV-2 y que experimentaron diferentes grados de gravedad de la enfermedad.

Según los resultados, un 44% de los 29 individuos que sufrieron infección leve tienen ahora niveles de anticuerpos por debajo del límite de detección fiable. De ellos, la mitad no presentan ninguna actividad neutralizante, por lo que resultan indistinguibles de los controles no infectados. En cambio, el 56 % restante ha generado anticuerpos por encima del umbral de detección. Es decir, una quinta parte de los leves no podría combatir una futura infección ‘sólo’ tirando de anticuerpos.

«Habrá que estudiar el porqué de estas diferencias, pero mientras tanto dar positivo en un test no asegura inmunidad frente al virus», advierte Julià Blanco, investigador de IrsiCaixa y el centro Germans Trias i Pujol, que trabaja también en el proyecto de una vacuna contra el SARS-CoV-2.

Las personas que fueron hospitalizadas generaron la respuesta aproximadamente 10 días después de la aparición de síntomas y desarrollaron unas 10 veces más anticuerpos neutralizantes que las que tuvieron una evolución clínica leve. 

«Probablemente esto se debe a que su sistema inmunitario ha sido expuesto a una cantidad más elevada de virus y esto ha hecho que reaccione de una manera más potente», concluye Blanc, en la nota remitida por el instituto.

Una vez más, tampoco significa que estén totalmente desprotegidos. Siguiendo la lógica de los dos primeros estudios, se podría haber generado una llamada de alerta a las células T, aun sin la presencia de anticuerpos que bloqueen la acción de virus. Sólo futuros estudios permitirán comprobar esto in vivo.

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