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La casa como una fábrica industrial: este es el valor económico de los cuidados
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La casa como una fábrica industrial: este es el valor económico de los cuidados

Oxfam Intermón ha calculado el valor económico del trabajo de cuidados no remunerado que llevan a cabo mujeres en todo el mundo: 10,8 billones de dólares anuales. En España, según la investigación de una socióloga, supondría más del 40,77% del PIB

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Arrugan con sus manos los pañales sucios del niño y del anciano, y estiran las sábanas donde descansan por la noche; dan su pecho —o biberón— al crío hambriento; alimentan con sus manos a la familia que come del puchero; friegan, secan y colocan los platos y vasos una y otra vez como una producción en cadena. El delantal es su uniforme; las ollas, estropajos o fregonas, sus herramientas para faenar; la casa, su puesto de trabajo; la familia, el jefe.

Este trabajo, sin embargo, no es remunerado ni ha sido jamás equiparado —en términos económicos y de manera formal— al que se realiza, por ejemplo, en una fábrica industrial.

Sin embargo, el valor económico del trabajo de cuidados no remunerado que llevan a cabo en todo el mundo las mujeres a partir de 15 años supondría «tres veces el tamaño de la industria mundial de la tecnología», según ha calculado la organización Oxfam Intermón. Es decir, 10,8 billones de dólares anuales —unos 9,76 billones de euros—.

«Se trata de una cifra enorme que, sin embargo, es una subestimación muy por debajo del valor real», explican en el informe «Tiempo para el cuidado», elaborado por la ONG y que ha publicado este lunes. Según este organismo, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados que sí está remunerado.

Cacerolada de trabajadoras domésticas en la pasada manifestación del 8 de marzo | Foto: Shuttherstock

En España, el estudio más exhaustivo realizado hasta ahora sobre el valor del trabajo doméstico es el que realizó la socióloga Marta Domínguez, investigadora en el Instituto de Estudios Políticos de París Sciences Po. Publicado en diciembre de 2019 pero calculado con datos de 2010 —los últimos disponibles—, Domínguez señala que la cifra «está por encima de los 426.372 millones de euros, más del 40,77% del PIB» de 2010.

Un dato que se estima, explica la socióloga en su publicación, «calculando el tiempo que los miembros del hogar invierten en las tareas domésticas y multiplicando este tiempo por el salario neto que se pagaría a una persona externa por hacerlas (8,09 euros por hora)».

Gráfico realizado por Carmen Domínguez para su informe «¿Cuánto vale el trabajo doméstico en España?» (diciembre de 2019)

Carmen Domínguez señala en el informe que aunque los datos sean de 2010, «la evolución del mercado de trabajo desde entonces no hace pensar que en la actualidad la cifra haya disminuido». Por ello, apunta, «esta estimación es incluso conservadora, y dependiendo de los métodos de cálculo escogido, podría ser incluso mayor».

El trabajo de cuidados o trabajo reproductivo hace referencia al «cuidado de niños, niñas, dependientes, del hogar, así como todo el trabajo mental asociado a eso, que recae mayoritariamente en las mujeres», cuenta a Newtral.es Liliana Marcos, responsable de desigualdad y políticas públicas de Oxfam Intermón. Esto, además, según explica Marcos, es «un coste de oportunidad» para ellas. Es decir, mientras se dedican a esto pierden la oportunidad de desarrollarse en otro ámbito, a diferencia de los hombres.

Es el caso de Silvia, de 34 años. En conversación con Newtral.es, esta barcelonesa afincada en Zaragoza tuvo a su primera hija con 29, una niña con discapacidad auditiva: «Trabajé como educadora social en una residencia con personas con discapacidad profunda hasta que tuve a María. Ella necesitaba unas atenciones muy determinadas difíciles de compaginar con mi trabajo y el de mi pareja. Aquí mi oportunidad laboral se fue al carajo».

«Yo cobraba menos, con unos horarios muy difíciles para conciliar; mi pareja, sin embargo, tenía la posibilidad de que su trabajo fuese fijo, como así es ahora. Yo era, por tanto, más precaria. Además, vivíamos ambos lejos de la familia, por lo que yo acabé dejando mi empleo», añade.

Silvia se convirtió, así, en la cuidadora principal de su hogar. Después tuvo a su segunda hija y la reincorporación al mercado de trabajo remunerado tuvo que esperar, debido a que su pareja consiguió una plaza fija en otra ciudad: «Eso implicaba que entre semana, que varios días él está fuera, alguien tenía que quedarse con las niñas».

Silvia asegura que «el sistema público a veces es muy perverso»: «Aquí en Zaragoza, en la guardería pública te dan más puntos para entrar si los dos progenitores trabajan. Pero si no puedo llevarla a la guardería, ¿cómo dedico tiempo a buscar trabajo?».

Esta cuidadora señala que su trabajo, al no estar reflejado en la contabilidad económica oficial, «parece que carece de valor»: «A veces tienes esa sensación de que no estás aportando económicamente nada a la familia o a la sociedad porque estás en casa cuidando de tus hijas», añade.

Una visión similar comparte Ángeles, de 57 años, cuidadora principal en el hogar desde los 21, cuando nació su primera hija: «Estar en el mundo laboral remunerado implica tener un lugar en la sociedad que no tienes cuando eres ama de casa como yo. Cuando estás fuera del sistema, el sistema te mantiene fuera, te expulsa. Aunque quieras tener un trabajo remunerado resulta mucho más difícil. El trabajo en casa ni siquiera se considera experiencia laboral», cuenta a Newtral.es.

La corresponsabilidad: una tarea pendiente

Incluso en parejas donde ambos tienen un trabajo remunerado, el reparto doméstico no es equitativo. Según los datos de actividades de cuidados y tareas del hogar publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2016, las mujeres empleaban más horas a la semana a cuidados y tareas del hogar. En concreto, 34 horas más semanales de media que los hombres.

«Cuidar implica tomar determinadas decisiones como no poder dedicar tanto tiempo a la profesión, por lo que tienes menos proyección. O te quedas en casa y, por lo tanto, entre otros impactos, hay una menor cotización de la mujer», comenta la responsable de desigualdad. Así, hay «una brecha vertical clara», en palabras de Liliana Marcos, en la que «los hombres ocupan puestos muchos más altos que las mujeres a costa de que el trabajo de cuidados y las renuncias de ellas».

Donde más diferencia se observa en el empleo del tiempo es en el cuidado de los hijos. Mientras los hombres aseguran que dedican unas 23 horas a la semana, las mujeres 38, es decir, 15 horas más.

A veces, para poder compaginar el trabajo remunerado con el trabajo doméstico, las mujeres reducen su jornada. Tal y como señala a Newtral.es la socióloga e investigadora Marga Torre —especialista en segregación ocupacional y desigualdades en el mercado de trabajo—, «la tasa de parcialidad laboral [jornadas de menos de 40 horas semanales] en mujeres en 2018 fue del 24,6%, mientras que para los hombres era del 6,6%» [datos de la Encuesta de Población Activa 2018].

Pero Torre aporta un dato más sobre esta brecha de género: «Según esta misma encuesta, un 15,7% de mujeres alegan el cuidado de hijos o personas dependientes como razón por la que tienen un trabajo a tiempo parcial. Sin embargo, este porcentaje es de un 2,3% en los hombres con trabajo a tiempo parcial por la misma razón».

Así, para las mujeres hay un coste que no se puede resolver en un futuro al dedicarse los cuidados no remunerados: «Lo que yo deje o haya dejado de hacer en el mercado laboral, cuando vuelva —es decir, cuando haya pasado mi etapa reproductiva o porque mi pareja se compromete más», ya no lo puedo recuperar», explica la responsable de desigualdad y políticas públicas de Oxfam Intermón Liliana Marcos.

Una dinámica similar ocurre también con los permisos de maternidad o paternidad —ahora conocidos como prestaciones de nacimiento y cuidado del menor— o excedencias por cuidado familiar. Según los últimos datos de la Seguridad Social —hasta septiembre de 2019—, hay 48.177 excedencias por cuidado familiar en alta, de las cuales el 42.857 son de mujeres. Es decir, el 89% del total.

Las «trampas de pobreza» en el modelo español

Oxfam Intermón considera el trabajo de cuidados como «uno de los pilares de una sociedad próspera». Sin embargo, explica que la no remuneración de este es un asunto «prácticamente invisible». «Esto perpetúa un círculo vicioso de desigualdad económica y de género que a su vez cronifica la situación actual. El trabajo de cuidados está profundamente infravalorado, y tanto los Gobiernos como las empresas dan por sentado que se va a hacer».

Es por ello por lo que aseguran que su aportación «resulta invisible a la hora de medir el progreso económico y establecer las agendas políticas». En España, la situación ha mejorado, aunque lo hace a un ritmo lento. Además, como cuenta a Newtral.es Bibiana Medialdea, economista especializada en división del trabajo y los cuidados, las medidas que tradicionalmente se han implementado no siempre resulta una solución eficaz a este problema.

Medialdea señala que «la solución no son incentivos económicos para quedarse en casa cuidando a la familia», ya que estos «penalizan a la mujer» porque son quienes acaban ejerciendo esta tarea: «El problema con este tipo de ayudas, que en un primer momento podrían parecer positivas, es que generan trampas de pobreza. Es decir, estimularían la retirada del mercado laboral pero luego va a resultar muy difícil volver a reinsertarse», analiza la economista.

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Ángeles, perteneciente a la generación boomer y con estudios de Primaria, nunca tuvo expectativas de volver al mercado laboral remunerado. Su experiencia laboral antes de ser cuidadora principal fue como camarera de piso y como costurera: «Cuando mi primera hija tenía tres o cuatro años, intenté conseguir un trabajo a media jornada. Siempre me preguntaban si estaba casada o soltera, si tenía hijos y con quién los iba a dejar. A veces, incluso, tenía que ir a a una entrevista de trabajo con mi hija porque no tenía con quien dejarla. Me vi abocada a ser ama de casa».

Por eso, señala, a diferencia de su marido, ella nunca se jubilará: «A no ser que una enfermedad me impida físicamente limpiar y hacer la comida, soy y seré siempre quien haga estas tareas en casa. Pero nunca habré cotizado por ello».

Silvia, sin embargo, perteneciente a la generación milenial y con estudios universitarios, sí planea reincorporarse al mercado: «He decidido actualizar mis estudios para ser más competitiva cuando empiece a buscar trabajo. Quiero poder optar a un empleo menos precario. Aun así, cuando ese momento llegue, no voy a poder coger cualquier cosa, sino algo que me permita estar a las cinco de la tarde libre para recoger a las niñas del colegio».

Una propuesta para paliar estas «trampas de pobreza», explica Bibiana Medialdea, podría ser la vía de los países nórdicos, donde los servicios públicos tienen un papel muy relevante en relación a los cuidados: «Soy defensora de esta vía porque creo que los modelos que más han avanzado y que más igualdad han logrado son los que apuestan por unos servicios públicos fuertes».

Sin embargo, el de España es «un modelo familiarista que cuenta con un Estado del Bienestar que es, en general, precario en comparación con otros países de nuestro nivel de renta». Medialdea afirma que aquellas medidas reales en pro de la conciliación podrían ser «la educación gratuita de 0 a 3 años o la equiparación de permisos entre madres y padres».

Trabajo doméstico remunerado: externalizar tareas

Oxfam Intermón también pone el foco en que la desigualdad entre hombres y mujeres se acentúa entre la población pobre o de rentas más bajas, frente a los ricos. «Las empresas están sujetas a un nivel impositivo extremadamente bajo, lo cual permite a los más ricos aprovecharse de los beneficios obtenidos por aquellas empresas de las que son los principales accionistas», explica el informe de Oxfam, que incide en que la desigualdad económica «también está construida sobre la desigualdad de género».

De hecho, según el estudio, las mujeres y las niñas tienen «más probabilidades» de ocupar empleos precarios y mal remunerados, y realizan «la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado o mal remunerado». «Las mujeres contribuyen a la economía de mercado como mano de obra barata e incluso gratuita y, al mismo tiempo, apoyan a los Estados llevando a cabo el trabajo de cuidados que debería estar cubierto por el sector público», apunta el informe de Oxfam Intermón.

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Esta desigualdad de clase o de mayor poder adquisitivo permite a las mujeres alejarse de la brecha que tienen con los hombres al poder externalizar lo cuidados y tareas del hogar. «Las mujeres con mayor capacidad económica se libran del lastre de la división sexual del trabajo, porque se subcontrata a otras mujeres que, además tienen un régimen laboral muy precario. Es decir, pagamos a otras mujeres para que se hagan cargo de nuestra carga de cuidados«, explica Bibiana Medialdea.

Rafaela Pimentel es una de esas mujeres dedicadas al trabajo doméstico remunerado desde hace dos décadas y una de las principales defensoras de la ratificación del Convenio 189 de la OIT para las empleadas del hogar. Los derechos del C189 que faltan en la legislación española son dos, según explica Pimentel a Newtral.es: «Adoptar medidas eficaces de seguridad y salud laboral, y condiciones igual de favorables que las que tienen los trabajadores en general en materia de Seguridad Social».

«Se estima que solo el 14,4% de los trabajadores cuenta en su casa con el apoyo de trabajadoras del hogar en situación regular. En total, somos aproximadamente dos millones de empleadas domésticas, pero solo 435.000 de nosotras estamos afiliadas a la Seguridad Social», apunta Pimentel. Por ello, asevera, «el empleo en el hogar sigue en una esfera privada incluso cuando es remunerado, por eso lo estamos sacando a la calle. Estamos politizando las ollas y los delantales».

Rafaela Pimentel (a la izquierda) junto a otras trabajadoras domésticas | Foto: Cedida

La economista Bibiana Medialdea critica que pagar por externalizar las tareas y que estas sigan siendo desempeñadas por mujeres imposibilita «un cambio estructural». «No hay ajustes ni transferencia de trabajo reproductivo entre hombres y mujeres, sino solamente entre las mujeres en función de la renta», recuerda.

¿Y por qué este sigue siendo un trabajo feminizado? Según la socióloga Marga Torre, «las ocupaciones relacionadas con los cuidados nacen como una extensión de las tareas de la mujer en el hogar. Y sucede lo mismo con las ocupaciones relacionadas con la limpieza»

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Así, Torre apunta dos motivos principales por los que el trabajo doméstico remunerado es todavía una ocupación feminizada: «Por un lado, es una cuestión de reproducción social: las hijas de familias de clase trabajadora tienen mayor probabilidad de trabajar en este tipo de ocupaciones que, en general, requieren poca cualificación. También es un nicho importante para las mujeres inmigrantes. Por otro lado, son ocupaciones poco atractivas para los hombres porque tienen poco prestigio y están mal remuneradas y porque temen que el hecho de ser asociados con oficios femeninos los estigmatice. Tanto es así, que algunos incluso prefieren el desempleo a tomar trabajos femeninos. Como decía Harriet Bradley, una socióloga especializada en género: ‘Los hombres tienen que estar realmente desesperados para escoger los trabajos femeninos’».

Fuentes:

1 Comentario

  • No comparto el concepto de «trampa de pobreza».

    Solo la valoración del trabajo doméstico, su monetarización y su remuneración con asociación de derechos laborales y sociales, como en cualquier otro trabajo, podrá, por un lado, garantizar la independencia económica de quien lo realice (sea profesional o ama de casa) y por otro, favorecer su igualdad, con valoración social y derechos laborales y sociales como en cualquier otro trabajo.

    Que oriente a la mujer al trabajo doméstico, más de lo que hoy lo está, no tiene justificación. La mujer tendría como mínimo, las mismas opciones que hoy pero teniendo una remuneración económica y social apropiada, no veo por qué los hombres no fueran a competir por ello. Tal vez no en un principio, pero sin duda sí con un período de adaptación más breve que el que requiere el reparto de tareas.

    En todo caso, si el trabajo doméstico hoy está minusvalorado no es más que por la falta de remuneración y derechos. Corregido esto, no considero que el trabajo doméstico sea una condena mayor que cualquier otro trabajo tan penoso o más. En el caso de realizarlo en el hogar propio, no hay duda de que sería bastante menos penoso que otros muchos.

    Creo que hay que dejar de lado la ideología y buscar soluciones.

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