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El precio que pagan las mujeres que limpian tu casa
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El precio que pagan las mujeres que limpian tu casa

Asma y bronquitis crónica son dos afecciones de alta prevalencia entre las limpiadoras, según un estudio llevado a cabo por el experto medioambiental Jan Paul Zock. El investigador concluye que estas enfermedades están asociadas al uso de productos de limpieza, que pueden provocar daños a corto y largo plazo en la salud de las trabajadoras

Hay algo íntimo en limpiar la casa o la habitación de un desconocido. Dice Marga, trabajadora doméstica, que se puede llegar a conocer a alguien por cómo deja la cama sin hacer, los platos sin fregar o el baño salpicado. La identidad propia es, a veces, más auténtica en el desaliño que en la pulcritud.

Sin embargo, esa cercanía no es mutua. Marga conoce detalles y fragmentos de las vidas de aquellas personas para las que limpia, pero no sucede al revés. «Tú conoces sus horarios, sus manías e incluso el nombre de sus hijos, pero ellos a veces no saben ni de dónde eres», cuenta.

De un modo similar, el imaginario colectivo desconoce el día a día de las mujeres que trabajan en los servicios de limpieza. Sus vidas quedan al margen cuando se trata de poner la de otros en el centro los cuidados—. A pesar de que su labor facilita el funcionamiento del mundo, se ignoran en gran medida las consecuencias de su trabajo: la precariedad no solo económica o laboral, sino la de su salud

Jan Paul Zock, que investiga sobre medioambiente y enfermedades respiratorias en el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), decidió analizar los efectos negativos en la salud de las limpiadoras por el uso continuado de determinados productos de limpieza y sus compuestos químicos.

Zock inició una investigación con 21 mujeres de este ámbito que padecían asma o bronquitis crónica, y que culminó con la publicación del estudio Cleaning products and short-term respiratory effects among female cleaners with asthma (Occupational&Environmental Medicine, 2015): «El objetivo era evaluar las exposiciones que influyen en el empeoramiento de la enfermedad, como, por ejemplo la exacerbación de algunos síntomas. Las participantes rellenaron un diario durante dos semanas. Cada día apuntaban las tareas de limpieza que habían realizado y los productos que habían usado. También anotaban si habían experimentado síntomas respiratorios y cuáles, y se midieron la función pulmonar tres veces al día con un equipo portátil», explica Zock a Newtral. 

Reportaje gráfico: Javier Nadales (Newtral)

De estas 21 limpiadoras con asma, algunas sufrían, además, dermatitis atópica, una afección crónica de la piel que causa erupciones y picor. El equipo liderado por Zock concluyó que «la lejía, el amoníaco, el limpiacristales, el detergente, el antical y los ambientadores están asociados con la reducción de la capacidad respiratoria» y que esta disminución «es más fuerte entre las mujeres con atopía».

Mercedes Rodríguez llama «demoníaco» al amoníaco desde que hace once años, cuando tenía 45, tuvo un incidente al usar este producto: «Trabajaba en una casa donde la señora quería que usase amoníaco sí o sí. Y me insistía en que echase mucho para que quedase bien limpio, hasta tal punto que una vez me mareé al respirarlo. Sentía dolor de cabeza y me costaba mucho respirar. Tuve que sentarme un rato largo hasta que se me pasó. Después seguí limpiando», cuenta a Newtral.

Mercedes, que forma parte de la asociación SEDOAC, compuesta por trabajadoras domésticas migrantes, recuerda haber sufrido también dermatitis atópica: «Cuando empiezas a trabajar de limpiadora, nadie te dice qué precauciones tienes que tomar: usar mascarilla y guantes, no mezclar productos, ventilar… Yo notaba que la piel se me ponía peor cada vez que limpiaba en mi casa o en la de alguna clienta. Hasta que me derivaron al dermatólogo, que me dijo que me protegiese la piel al limpiar y que intentase usar menos amoníaco».

Reportaje gráfico: Javier Nadales (Newtral)

Productos de limpieza en spray

Marga Martínez, de 55 años, llegó a España desde Ecuador hace casi dos décadas, en el año 2000. Hasta entonces había ejercido como peluquera; pero después de migrar, el único trabajo que encontró aquí fue de limpiadora en casas particulares.

Poco después, a principios de 2001, comenzó a trabajar en los teatros Lara y Apolo. Aquel año, en el teatro Apolo, cuando el público había abandonado la sala tras ver a Raphael transformarse en Jekyll y Hyde, Marga limpiaba las butacas y despegaba «los chicles que a veces encontraba pegados al asiento». «Para todo teníamos que usar unos productos específicos bastante fuertes. Los baños, como los usaba mucha gente, había que desinfectarlos con lejía y amoníaco. Yo ni sabía que no debía mezclarlos, así que lo hice unas cuantas veces. Hasta que un día me intoxiqué. No podía respirar y tuvieron que llevarme al hospital. En ese momento, ni siquiera tenía papeles y trabajaba sin contrato», explica a Newtral.

Al desconocimiento de las prácticas correctas en el puesto de trabajo se unió el miedo a perder el empleo: «No tenía derecho a una baja, tampoco quería quejarme porque necesitaba el dinero para mi familia. Fueron otras compañeras las que me alertaron de qué cosas podía hacer y cuáles no. El médico, por suerte, me dijo que usara mascarilla, aunque a veces eso no es suficiente porque el amoníaco te irrita los ojos», cuenta.

Marga consiguió regularizar su situación a finales de 2001 al entrar en una empresa de servicios de limpieza. Ahora forma parte del colectivo Territorio Doméstico, que clama una mejora sustancial en las condiciones laborales de las limpiadoras y cuidadoras. Gracias a Territorio Doméstico, las trabajadoras han tejido una red para darse consejos entre ellas, supliendo así la falta de políticas en prevención de riesgos laborales: «Hay compañeras que se quejan de que las obligan a limpiar con lejía y amoníaco. A una de ellas la jefa le dijo: ‘No seas exagerada, limpia no más’. En esos casos les aconsejamos protegerse muy bien y diluir el producto en agua. También les decimos que intenten no usar botes en formato spray», señala Marga.

Marga es limpiadora y forma parte de Territorio Doméstico | Reportaje gráfico: Javier Nadales (Newtral)

Precisamente el estudio de Jan Paul Zock hace referencia al uso de sprays de limpieza, ya que estos «pueden exacerbar el asma»: «Al usar cualquier producto de limpieza, se pueden inhalar los componentes volátiles que se evaporan. Lo que pasa con los sprays es que, después de su aplicación, dejan una nube de gotitas muy pequeñas en el aire que también se pueden respirar. Entonces se puede inhalar no solo la parte volátil, sino incluso la parte líquida», explica el investigador del ISGlobal. 

Mari Mar Jiménez tiene 58 años y forma parte de la asociación Las Kellys. Esta camarera de piso, que ejerce como tal desde los 22, se queja de que en muchos hoteles obligan a las empleadas a usar los productos de limpieza en formato spray: «Así se gasta menos producto. Te dan el envase con un pulverizador y lo vas rellenando con el bote industrial. Yo me niego a usarlo así porque noto que me cuesta respirar, igual que con el ambientador. Es como si yo respirase pero el aire no entrara del todo en los pulmones», cuenta en conversación con Newtral.

En este sentido, Zock asegura que «en muchas ocasiones se puede reemplazar el spray por otro producto líquido parecido»: «Y, además, no siempre hace falta usar productos tan fuertes como la lejía, el amoníaco o ácidos», añade.

Limpiadoras, tan afectadas como los fumadores

Mari Mar se dio cuenta de que su capacidad respiratoria estaba afectada de casualidad: «Llevé a mi hijo al alergólogo y de pasada le comenté que a veces me faltaba el aire. Me dijo que me hiciese una radiografía. Lo hice y el médico me dijo: ‘¿Cuánto tiempo lleva usted fumando?’. Yo no había fumado en la vida. Tenía una bronquitis crónica. Me dijo que aprendiese a usar mascarilla».

Mari Mar Jiménez, camarera de piso y parte de Las Kellys | Reportaje gráfico: Javier Nadales (Newtral)

Otro estudio científico —en el que también participaba Jan Paul Zock— determinó que «el uso de productos de limpieza influía en la disminución de la función pulmonar de una manera similar a como influye el tabaco», explica el investigador a Newtral. Este análisis, Cleaning at Home and at Work in Relation to Lung Function Decline and Airway Obstruction (American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine, 2018), era de carácter longitudinal, es decir, los investigadores siguieron la evolución de los y las participantes durante 20 años, haciéndoles pruebas pulmonares cada década. El estudio señala que las principales afectadas por el uso de productos de limpieza son mujeres.

Este empleo —el de los servicios de limpieza— responde a la categoría de «sector feminizado». En España, en concreto, «el 94,4% de quienes desempeñan esta profesión son mujeres», según explica a Newtral la socióloga e investigadora Marga Torre, especialista en segregación ocupacional y desigualdades en el mercado de trabajo. Torre extrae este dato de la Labour Force Survey para España (2017), que indica que otras profesiones feminizadas son, por ejemplo, la de peluquería y esteticién (87,8%), la de enfermería (83%) o la de cuidadoras en el ámbito sanitario (92,7%).

La socióloga argumenta que «los salarios en las ocupaciones feminizadas son siempre más bajos que los de sus homólogos masculinos»: «La Teoría de la Compensación Salarial, muy popular entre economistas, justifica esta brecha diciendo que las ocupaciones típicamente masculinas están mejor remuneradas porque a menudo requieren fuerza, son sucias, son peligrosas, tienen horarios inflexibles y nocturnos… Así que el mercado compensa con dinero estas características desagradables. Sin embargo, argumentan ellos, las mujeres prefieren trabajar en ocupaciones que son más agradables y más flexibles, aunque ello signifique tener salarios más bajos». 

Marga Torre señala que «la sociología, sin embargo, ha encontrado que las ocupaciones que concentran un alto número de mujeres están peor remuneradas que las que concentran a hombres, incluso cuando se trata de ocupaciones equivalentes en términos de experiencia, formación, número de horas trabajadas y otras muchas características que miden si el trabajo es agradable o no». Por eso, la sociología argumenta que la diferencia salarial o la falta de políticas en prevención de riesgos laborales no se debe a las características de los trabajos masculinos/femeninos, sino a la devaluación del trabajo realizado por las mujeres

La socióloga experta en desigualdades de género en el mercado laboral apunta algunas de las posibles causas por las que los trabajos desempeñados por mujeres se valoran menos: «Existe un sesgo cultural debido al estatus social más bajo de las mujeres: si un trabajo lo hacen muchos hombres, tendemos a pensar que es un buen trabajo; si lo hacen muchas mujeres, tendemos a pensar que tiene algo malo o poco valor/interés. Además, el trabajo remunerado que hacen muchas mujeres se parece al que muchas otras hacen sin ser remuneradas, por ejemplo, cuidar de los niños o encargarse de las tareas del hogar. En otras palabras: el trabajo femenino se ve a menudo como una extensión de sus ‘obligaciones’ domésticas». 

En España, el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) ha publicado también, en su portal BASEQUIM, algunos de los riesgos asociados al uso de ciertos productos, como por ejemplo asma, lesiones oculares, quemaduras en la piel, dermatitis o irritación respiratoria. También alerta de posibles «efectos sobre la reproducción del feto» en el caso de las embarazadas, así como de «efectos cancerígenos» asociados a compuestos volátiles orgánicos como el tricloroetileno, el formaldehído, el estireno y el naftaleno.

Efectos en la salud por la exposición a los agentes químicos utilizados en la limpieza de edificios y locales. Fuente: BASEQUIM

Por todo esto, el experto medioambiental Jan Paul Zock alerta de «la importancia de desarrollar prácticas de salud y seguridad en el lugar de trabajo diseñadas para limitar el uso de productos químicos irritantes en los productos de limpieza».

Una sentencia con perspectiva de género

Hace apenas unas semanas, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias dictaba una sentencia pionera en España al reconocer que el trabajo de las camareras de hotel conlleva «peligrosidad».  La jueza Glòria Poyatos, que forma parte del tribunal que ha emitido el fallo, señala a Newtral que «se está sentando un precedente al aplicar la perspectiva de género en materia de prevención de riesgos laborales, redefiniendo el concepto de ‘peligrosidad’ en trabajos feminizados como este, que hasta ahora se había cuestionado».

La sentencia ha conseguido elevar de 2.046 euros hasta los 20.000 la sanción económica impuesta a la empresa Bercuma, propietaria del Hotel Hesperia de Yaiza, en Lanzarote, por no realizar una evaluación ergonómica específica de las condiciones de trabajo de las camareras de piso. Según se puede leer en el documento, este puesto de trabajo implica «realizar esfuerzos ergonómicos de carácter repetitivos que suelen manifestarse a corto o medio plazo en alteraciones musculoesqueléticas diversas».

La decisión del tribunal viene a disputar el propio concepto de la productividad, tal y como explica la jueza Glòria Poyatos: «El derecho del trabajo ha esculpido este término de espaldas a la perspectiva de género, despreciando el tiempo dedicado a los cuidados familiares». Esto se debe, según Poyatos, a que «las mujeres se incorporaron masivamente al mercado laboral el siglo pasado, pero no lo hicieron como trabajadoras sino como mujeres, y arrastraron consigo la devaluación de los valores asociados a la feminidad». «No avanzaremos en igualdad real hasta que los cuidados sean el centro de todas las políticas sociales», concluye la jueza. 

1 Comentario

  • Todo lo expuesto en el artículo es cierto, y estoy convencido que si esta actividad fuese desarrollada por personal masculino mayoritariamente, ya existiría algún tipo de regulación que vigilase que las empresas tuvieran protección de riesgos laborales propios de esta actividad. Y me pregunto ¿cuanto nos habrá costado y nos costara las enfermedades pulmonares de estas trabajadoras?. Ya que todo se mide en términos económicos en esta sociedad, cuanto se gasta la sanidad pública en tratamientos de enfermedades profesionales de estas trabajadoras, al igual que se estima el coste que supone a la sociedad los fumadores, también estas trabajadoras cuestan a las arcas públicas sus enfermedades porque las empresas no ponen protección para ellas y el gobierno de turno no regula la protección de ellas. Si muchas de estas mujeres, que trabajan en este sector, fueran las mujeres de nuestros políticos ya hace algunos años que tendrían protección porque vivirían en primera persona los efectos del trabajo en sus esposas, pero como esto les queda muy lejos pues a mirar a otro lado.

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