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Menos alimentos frescos y más sedentarismo: el impacto nutricional del desempleo
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Menos alimentos frescos y más sedentarismo: el impacto nutricional del desempleo

La pérdida de trabajo afecta a la alimentación y la salud, tanto por la reducción de ingresos como por el daño a la autoestima y menos autocuidados

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Reducción del consumo de carnes frescas, de pescado, frutas, verdura… y aumento de la comida basura. «Las situaciones económicas desfavorables y el desempleo pueden estar también asociadas con una pérdida en la calidad de la alimentación«, explican desde la ONG Acción contra el Hambre.

Más allá de que los hábitos alimentarios se han visto modificados durante la pandemia por la ansiedad y el confinamiento, la menor cantidad de recursos económicos también afecta a la alimentación.

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De hecho, durante el confinamiento se destruyeron 1.074.000 empleos y el paro aumentó en 55.000 personas, según los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del INE. Además, un gran número de trabajadores sufrieron un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), lo que también redujo sus ingresos, ya que esto supone cobrar el 70% de la base reguladora del salario.

Estos cambios, que suponen la reducción de ingresos, pueden derivar en una peor alimentación, con la disminución del consumo de alimentos frescos, menor cuidado personal y un mayor sedentarismo.

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Perder el trabajo deriva en mala alimentación

Según un estudio realizado por Acción contra el Hambre en el distrito de Villaverde (Madrid), los hogares con menos ingresos tienden a reducir el consumo de alimentos frescos y con proteínas, más caros en muchas ocasiones.

«Con la situación de coronavirus, esto es lo que ha pasado en muchas familias en España. La pérdida de empleo reflejada en el segundo trimestre de 2020 agrava su situación de seguridad alimentaria«, explica a Newtral.es Luis González, director de ingeniería técnica de Acción contra el Hambre. Por seguridad alimentaria entendemos que tiene que tener acceso y pueda garantizar una dieta saludable.

González cuenta que con la reducción de ingresos se adquieren «más productos de menos calidad nutricional, productos más de hidratos, de almidón y se reduce el consumo de carnes frescas, de pescado, frutas, verdura…». «Además, mucha gente reemplaza el ir al supermercado por la cola de recogida de alimentos y generalmente consisten en productos que alimentan pero no aportan una dieta diversa», comenta el experto que añade que «esto suele pasar en todas las familias cuando se reducen los ingresos».

«En el caso de países de renta alta, como es España, no es que la gente no coma, sino que cuando tienes una reducción de los ingresos modificas tus gastos y uno de los principales cambios es la cesta básica«, analiza González.

La fruta, verdura y las proteínas que más se recomiendan para la salud son más caras que la comida basura

Lo mismo explica a Newtral.es Juan Carlos Llano, sociólogo de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN, por sus siglas en inglés), que incide en que «la pobreza afecta muchísimo a la alimentación«. «La encuesta Condiciones de Vida del INE dice que el 3,8% de las personas en España no pueden permitirse una comida de carne, pollo y pescado al menos cada dos días, una cifra que sube al 13,8% para la gente que tiene la renta más baja e inferior a la renta básica», según explica Llano.

Lo sano, más caro

Para el sociólogo, el problema no es solo la cantidad, sino que «la calidad de la alimentación es muy baja«, como registra en su estudio de La desigualdad en la salud. «La gente pobre consume mucha menos fruta, verdura y legumbres, carne, huevos y pescado. Menos que la media de la población. Sin embargo, consume mucho más patatas, pasta, arroz, pan, cereales y comida rápida», comenta Llano.

Según la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria, una dieta sana para adultos debe incluir tres o más piezas de fruta al día, 300 gramos diarios de verduras y hortalizas, 2 a 3 raciones de lácteos al día, 3 raciones semanales de carne, 3 a 4 raciones semanales de pescado, tres a cinco huevos a la semana, 2 a 4 raciones semanales de legumbres, cuatro a seis raciones de cereales integrales y derivados al día y tres a siete raciones semanales de frutos secos. Además, se debe limitar el consumo de grasas saturadas, sal y azúcar en todas sus formas.

Así, según el estudio, sólo dos de cada tres personas mayores de 14 años pueden consumir una o más piezas de fruta cada día. Además, un 2,5% no consume fruta nunca y un 22,9% sólo consume un máximo de tres a la semana. La frecuencia de consumo aumenta con la edad, con el nivel educativo y con la mejora en la posición social medida por la clase y por la situación de pobreza.

El texto recoge que consumen tres piezas de fruta o menos a la semana, es decir, menos de un 15% de la cantidad recomendada «el 32,3% de las personas en desempleo, el 25,6% de las personas de clase baja y el 28,5% de las personas pobres». «Da la casualidad que la fruta, la verdura y las proteínas que más se recomiendan son caras y lo barato es la comida basura», analiza el sociólogo.

Así, no siempre es tan fácil llevar una dieta equilibrada, debido a que, según explica Llano, «alimentarse bien es caro y no está al alcance de las personas más pobres».

«Básicamente hay un tema de los sistemas alimentarios en donde resulta que es más económico comer un producto de bollería procesado con cero valor nutritivo que casi una manzana. Y ese es el modelo de sistema alimentario que tenemos actualmente, el cual debería hacernos reflexionar», lamenta el experto de Acción contra el Hambre. 

Caída de los cuidados básicos de salud

González cuenta que los cambios a una peor alimentación por la pérdida de ingresos en un consumo prolongado «pueden tener impacto en el desarrollo intelectual y cognitivo de los niños«.

Además, según el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial recoge en un estudio sobre el impacto del COVID-19 en la alimentación que el empeoramiento de la seguridad alimentaria y la nutrición, que se esperan a raíz de la pérdida de ingresos de algunas personas por el COVID-19, también puede tener impactos negativos en la progresión de la pandemia al debilitar los sistemas inmunes: «la desnutrición, al influir en el estado del sistema inmunológico, reduce la capacidad de prevenir y combatir enfermedades, incluidas las infecciosas».

Por su parte, González explica que la mala alimentación «en los adultos se puede manifestar mediante sobrepeso, obesidad… con lo que implica una peor salud física y psicológica, una peor autopercepción y eso también afecta a las oportunidades que luego hay para encontrar empleo». 

Así, el estudio de Acción contra el Hambre recoge que el desempleo propicia, y no siempre por motivos económicos, un empeoramiento de la dieta y los cuidados básicos de salud. Y estos a su vez hacen bajar la autoestima, impactando sobre la empleabilidad de las personas.

«No hay que menospreciar tampoco la pérdida de autoestima y autoconfianza que afecta a quienes pierden repentinamente su empleo viendo reducir drásticamente sus ingresos, generando a menudo modificaciones en su alimentación que puede tener una incidencia directa en la salud nutricional», argumenta Luis González.

Para él, se trata de la pescadilla que se muerde la cola: «Personas que se encuentran en una situación de desempleo de larga duración o con un sock de desempleo emocional, como puede estar ocurriendo ahora, no ven salida a esta situación, y eso automáticamente tiene un impacto en el sedentarismo, la reducción de sus autocuidados… y en la salud física y mental».

Gonzalez recuerda que esto afecta no solo a los desempleados, sino también a sus familias, «sobretodo si tienen niños». Por ello, la ONG focaliza su ayuda en «recuperar la autoestima y las competencias personales«. «Promovemos ejercicio básico cada día como caminar y dieta saludable, porque contribuye a que se mejore la percepción de uno mismo y la autoestima, necesario si se quiere iniciar un proyecto profesional», comenta el experto de Acción contra el Hambre.

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