Unos días antes de morir, María de los Ángeles le pidió perdón a su única hija, Yolanda. “Es que yo no fui la madre que tenía que haber sido”, le dijo. Yolanda no entendió del todo estas palabras hasta tres años después, cuando descubrió que su madre había sido una de las decenas de miles de mujeres internadas a la fuerza en el Patronato de Protección a la Mujer, una institución dedicada a “regenerar a mujeres caídas” durante el franquismo y los primeros años de democracia. Toda su vida, dice Yolanda, su madre había sido “la loquilla, la sinvergüenza, el despojillo”. Incluso ya bajo tierra, uno de los tíos de Yolanda le insistía: “Es que hay que ver tu madre, ha sido siempre la oveja negra, incluso hubo que meterla en el reformatorio”. María de los Ángeles acabó por creerse la historia que otros habían contado de sí misma. Por eso, en su lecho de muerte, clamaba por la indulgencia que nadie había tenido con ella en vida.
María de los Ángeles Morales Pereira fue forzosamente internada en uno de los centros del Patronato poco antes de cumplir los 18. Se había escapado de casa ante una situación familiar que su hija describe como “muy complicada”. “La cogieron los grises [la policía franquista] y la llevaron primero, como a todas, al Centro de Observación y Clasificación [COC]”, añade Yolanda.
Como explica la historiadora Carmen Guillén, autora del ensayo Redimir y adoctrinar (Crítica, 2026) sobre el Patronato, las jóvenes que iban a ser internadas en esta institución pasaban en el COC cerca de una semana, donde el objetivo era evaluar “si eran más o menos peligrosas desde un punto de vista moral” con pruebas psicológicas pero también con exámenes ginecológicos para ver si eran vírgenes o no —y clasificarlas, en consecuencia, como “enteras” o “incompletas”—. En función del resultado, las destinaban a uno u otro centro. Las chicas que se habían quedado embarazadas fuera del matrimonio eran ingresadas directamente en las llamadas maternidades del Patronato.
El Patronato, que estuvo en funcionamiento desde 1941 hasta 1985 y que era gestionado por órdenes religiosas, era una cárcel para pecadoras y descarriadas. Era una red de “correccionales” o “reformatorios”, por lo que su razón de ser se basaba en cuestiones morales, no delictivas como tal. Guillén ha encontrado expedientes en los que constaban motivos como los siguientes: “Suspira demasiado por los hombres”, “conoció a un músico de una comparsa de Marisol y se echó a perder” o “le gusta dar paseos en bicicleta con otros hombres”. En palabras de la historiadora, “la mayor parte de denuncias procedían de las propias familias” que podían considerar un síntoma de rebeldía o de inmoralidad prácticamente cualquier conducta: irse de casa, quedarse embarazada fuera del matrimonio, no querer entregar una parte del sueldo, ser malhablada o vestir con minifalda.
Tras pasar por el COC, en marzo de 1968 la madre de Yolanda fue internada en el centro del Patronato de su ciudad natal, Sevilla, situado en la calle Alberto Lista —el Hogar Sagrada Familia, gestionado por las Hermanas Terciarias Capuchinas—. Su madre siempre le contó algunos retazos de su historia, pero sin demasiados detalles. “Yo sabía que había estado internada con monjas e incluso conocía el nombre de mi padre biológico. Pero cuando le preguntaba por aquello me decía: ‘No hija, yo no te puedo contar nada más, que es muy doloroso’”. Tras conocer la existencia del Patronato como institución y encajar esa pieza en el puzle, Yolanda tuvo que confrontar una verdad incómoda: “Casi con toda probabilidad yo misma soy fruto del Patronato”.
“Resultó que mi padre había sido un médico del Patronato. Ella siempre me dijo que nunca me iba a contar cómo había sido [cómo se había quedado embarazada], lo cual ya da muchas pistas de lo que pudo pasarle. Probablemente, mi madre estaba allí encerrada y mi padre, que era médico, aprovechó la coyuntura”, relata Yolanda.
Ante la falta de documentación y la imposibilidad de preguntarle a su madre ya fallecida, Yolanda no puede saber con certeza ni cómo salió su madre del Patronato ni en qué fecha exacta, entre otras cosas. Por la reconstrucción a través de algunos documentos y de testimonios, Yolanda calcula que su madre estuvo internada un año y medio aproximadamente, que salió unos meses antes de dar a luz y que de ahí se fue a casa de una tía suya que vivía en Lloret de Mar (Girona), el único sitio en el que la acogieron ante la negativa de sus propios padres porque “era una deshonra para la familia”, apostilla.
“Dio a luz en una maternidad de Girona, llevada por monjas, donde solían parir las madres solteras como la mía. Una de las pocas cosas que mi madre sí me contó fue que las monjas la presionaron para firmar una adopción, pero que ella se negó una y otra vez”, añade.
Mujeres descarriadas y díscolas: el correctivo del Patronato que se trasladó de madres a hijas
Un tiempo después de tener a su hija, María de los Ángeles fue acogida nuevamente en el seno familiar. De vuelta en Sevilla, los mismos padres que le habían colgado la etiqueta de “hija problemática”, de “díscola”, de “descarriada” y de “oveja negra”, ahora lo hacían con su nieta en calidad de abuelos. “A mi madre siempre la insultaron y la despreciaron. Puta, guarra. Eso lo he escuchado siempre. Cuando de chavalilla yo empezaba a salir, si me ponía una faldita corta mi abuelo me decía: ‘A ver si vas a ser como tu madre’”.
Por eso, Yolanda aprendió a ser lo contrario. No porque se avergonzase de su madre, que para ella sí era una figura ejemplar, sino para evitar que la machacaran como a ella. Pero también lo hacía para no darles la razón a los que creían que una “mujer caída” como María de los Ángeles no podía ser una buena madre. “Tú tenías que ser mejor hija que otras hijas. Porque si yo fallaba, de alguna forma parecía que ella también fallaba. Y yo ya veía cómo la hacían sufrir por el estigma”, cuenta Yolanda. Inevitablemente, la sombra del Patronato era tan alargada que también moldeó la conducta de muchachas de generaciones venideras que no pasaron por esta red franquista de represión femenina. Muchas de las hijas, como Yolanda, se esforzaron por no ser la profecía autocumplida, por no repetir patrones. “Si yo me convertía en otra loquilla, eso era darle la razón a los otros. Era darle la razón a los que pensaban que yo no podía ser más que un despojillo como mi madre. Por eso yo siempre fui muy responsable, muy calladita. Porque siempre me repetían: ‘A ver si puedes ser un poquito mejor que tu madre’”, añade Yolanda.
Como dice la historiadora Carmen Guillén, “la mujer no solamente ha sido objeto represivo sino vector de transmisión”. “Tenía el objetivo de convencer a su prole de cuáles eran los roles adecuados”, añade. A veces, como en el caso de Yolanda, los familiares eran ese vector y la madre/hija problemática era el elemento que se usaba como correctivo. Como explica Guillén, el temor a ser señalada, como les ocurría a esas mujeres, “funcionaba como una forma de autocontrol”. “‘Que Fulanito no piense que soy una fresca’ o ‘que no me pase como a la vecina’”, detalla.
La periodista e investigadora sobre el Patronato María Palau resume bien el pavor de muchas madres a que el estigma que ellas habían cargado lo heredasen sus hijas: “Toda superviviente del Patronato ha experimentado el miedo de que lo que les pasó a ellas le pasase a sus hijas”.
Esa angustia fue la que impulsó a Paquita Beltrán, que a sus 93 años es una de las supervivientes del Patronato más longevas, a contarle a su primogénita, Olga, toda su historia desde que esta era bien pequeña. “Quería que estuviera a salvo y supiera contestar. Porque cuando iba por la calle, a mí me decían: ‘Mira esa, la del reformatorio’. Eso es una mancha así de grande que llevas en toda la cara. Y a ella le podían decir: ‘Tu madre era una cualquiera’. Pues así ella podía decir: ‘Una cualquiera lo serás tú’. Así la niña podía defenderse”, cuenta. Su hija, Olga Mateu, cree que la honestidad de su madre a tan temprana edad fue un factor de protección: “El Patronato estuvo activo hasta el año 85. Es que a mí, que nací en 1963, me podrían haber encerrado como a mi madre y a su misma edad”.
Paquita, procedente de Castellón, fue internada por su propia familia con apenas 16 años. La ingresaron en Valencia, en un centro del Patronato gestionado por las Adoratrices, simplemente “por ser malhablada”. Paquita fue pululando por diferentes centros del Patronato, algunos más laxos que otros, hasta que acabó en un convento “con unas monjas con muy mala leche”. Consiguió salir de ahí nada más y nada menos que amenazando con quemar ella misma la iglesia y el convento si no la dejaban irse esa misma noche.
Unos años después, con 29, conoció al que sería su marido: “Me casé virgen y mártir con 29 años, pero una mierda me casaría ahora. Me ‘amigaría’ [en referencia a tener un novio sin compromiso]. Por eso yo quería que Olga fuese libre como yo no lo fui, yo no quería atarla. Me acuerdo que una vez tenía 14 años y estaba en los cohetes con sus amigos y me dijo si se podía quedar en la traca. Y mi marido y yo dijimos: ‘Pues que se quede’. No como a mí, que a punto de casarme y ya con 29 años, mi familia me obligó a pedirles permiso para irme con mi novio al baile”.
De madre “caída”, hija “bastarda”: el estigma de no tener padre
Si como decía Paquita pasar por uno de los centros del Patronato era una mancha en toda la cara, una hija era el pecado hecho carne. A los centros de maternidades para “mujeres caídas e inmorales” llegaban aquellas jóvenes que se habían quedado embarazadas fuera del matrimonio. Como explica María Palau, coautora del libro Indignas hijas de su Patria (Institució Alfons el Magnànim, 2023) junto a la también periodista e investigadora Marta García, la casuística era muy variada: “Tenemos testimonios que relatan violaciones, muchas de ellas dentro del núcleo familiar, y hay también mujeres que no planearon ese embarazo pero luego fue deseado y quisieron seguir adelante. Hay maternidades forzadas y otras que no lo son para nada. Vemos que, a menudo, las familias las internaban por vergüenza, para esconder el embarazo”. Como apostilla Carmen Guillén, el embarazo se interpretaba como un fallo de la familia, que “no había conseguido controlar a la hija”.
Un caso que encajaría aquí es el de Cristina Soria, quien se enteró hace tan solo cinco meses de que su madre, Inés Soria, estuvo internada en el Patronato. Cuando se quedó embarazada con 22 años, sus padres la enviaron desde Torrevieja (Alicante) a la maternidad de Peñagrande, en Madrid, para que la gestación transcurriese fuera de su entorno habitual. Inés se quedó embarazada de su entonces novio, un militar que se desentendió por completo de la situación. “Yo creo que mi padre biológico, que siempre he sabido quién era y que se llamaba Belardo, dijo: ‘Genial, con Inés me lo paso bien, hasta incluso tengo sexo que ella no me lo prohíbe, pero para casarme no’. Porque luego sí se casó y formó una familia”, cuenta Cristina.
Aunque esta alicantina asegura que nunca ha sufrido el estigma de ser hija de una madre soltera bajo el franquismo —”a los seis meses de nacer yo, mi madre regresó conmigo a casa de sus padres, mis abuelos, y tuve una infancia feliz y tranquila por lo general”, dice—, la familia de Belardo sí le hizo sentir que su nacimiento era una mancha en el inmaculado expediente del susodicho. “Cuando nací, en 1965, mi madre le envió una carta a mi padre biológico, a Belardo, para informarle de que yo había nacido y de que me llamaba Cristina”, explica.
Él ni contestó, pero su hermana Araceli sí le envió a Inés una carta como respuesta. La misiva decía lo siguiente: “Nos alegramos mucho de que la niña haya venido ¿felizmente…? ¿Has adelantado algo con tu anuncio? Me da la impresión de que tienes muy poca dignidad. Si la niña ha nacido ha sido porque tú has tenido la culpa. Y que sea la última vez que a esta casa llegan noticias de ese tu pueblo porque carta que llegue, carta que se te devolverá sin abrir. No queremos saber nada, y repito, que sea la última vez que abres la boca o escribes algo. Eras ya mayorcita para saber lo que hacías así que te aguantas con lo que te ha llegado. Y si eres un poco cristiana, déjanos vivir en paz, que mi hermano tiene 29 años y sabe lo que hace. Luego vuelvo a repetirte que no te molestes ni en escribir ni en gastar para sello porque esa peseta del sello la guardas en la hucha y el día de mañana, con ese dinero puedes formar a tu hija como Dios manda, e inculcarla mejores ideas, por lo visto, de las que tú tienes”.
A diferencia de la experiencia de Cristina siendo hija de una madre soltera en los años 60 y 70, Yolanda creció con la idea de que su mera existencia era un error. A las muchachas como ella, dice, las llamaban “bastardas”, término del que ella se apropia en su libro autoeditado La oveja negra y su bastarda (2025), donde cuenta precisamente su historia y la de su madre para denunciar la cárcel moral que era el Patronato. “En el colegio me decían que mi padre no me quería y en las fotos de clase, me ponían detrás o me apartaban a un lado. Era una exclusión constante”, relata Yolanda.
Eso condicionó completamente su manera de proyectarse como futura madre: “Yo sé que no habría sido madre soltera porque para mí habría sido como fallar a mi madre. De alguna manera, era lo que se esperaba de mí, que yo repitiese su patrón, como si ella no hubiese podido evitarlo”. Pero, además, Yolanda quería evitarle el posible sufrimiento de vivir señalada como la “bastarda” a su futura criatura, como le ocurrió a ella, que estuvo siempre bajo sospecha por ser hija de María de los Ángeles: “Yo tenía 14 años cuando salí del colegio y me puse a estudiar peluquería porque en ese momento había que trabajar y buscarse la vida. Y me acuerdo que una de las niñas de la academia me dijo: ‘Mira, que mis padres quieren invitarte a comer’. Y yo pensé: ‘Porra, ¿y eso?’. Y me dice: ‘Es que quieren saber si eres adecuada para que yo me junte contigo’. Así que fui a la comida, aguanté el chaparrón y cuando la niña me dijo que sus padres me consideraban adecuada, le dije que no me interesaba estar con personas que me quieren evaluar”.
Así condicionó el Patronato la relación de las madres con sus hijas
Hay una verdad incómoda entre estas madres y sus hijas, y es que por las circunstancias en que se dieron estos nacimientos —en una España sin posibilidad de abortar legalmente—, muchas de estas mujeres tuvieron que seguir adelante con embarazos no deseados, a pesar de que a día de hoy sean hijas muy queridas. Como explica Carmen Guillén, “el relato suele partir de un episodio traumático, por eso también muchas de estas mujeres han tardado tanto en poder contar lo que vivieron y muchas no lo harán jamás”. Pero, además, “asumir como hija que eres producto de una violación o que no fuiste deseada puede ser un proceso muy difícil de asimilar”, añade la historiadora.
En la misma línea se pronuncia la periodista e investigadora María Palau: “Mientras tu madre estaba embarazada de ti y tú ibas a venir al mundo, estaba siendo víctima de violaciones de derechos humanos”. Las supervivientes han relatado torturas como tener que hacer cruces en el suelo con la lengua, fregar estancias del centro durante horas y horas, ser encerradas en celdas de aislamiento varios días, someterlas a electroshock en psiquiátricos, ser forzadas a casarse con un hombre, obligarlas a trabajar durante horas sin estar dadas de alta ni recibir remuneración alguna o coaccionarlas para firmar adopciones. Por eso, dice Palau, para las hijas, “asumir todo esto también tiene que ver con reconstruir su propia identidad”. “Por ejemplo, una de las hijas nacidas en Peñagrande me dijo en una entrevista: ‘Yo no fui un bebé robado, pero a mí me robaron a mi madre porque ella nunca pudo tener una maternidad sana conmigo’”, añade Palau.
Paquita dice abiertamente que su hija Olga fue “una equivocación” y que ella “no la hubiera tenido”. Olga entiende perfectamente el sentir de su madre: “Tú imagínate la vida que había tenido, y cuando por fin sale, se casa y se queda embarazada enseguida. No me sabe mal que diga que en realidad no quería tenerme, es que es normal”.
Cristina piensa que, en el caso de su madre, “si hubiese sido fácil, habría abortado”. “A mi madre el embarazo le fastidia. Tengo unas fotos de ella, antes de nacer yo, que está en Londres en los 70, así como muy chula, muy alocada. Mi madre era de familia de dinero y vivía bien, tenía cierta libertad, se lo pasaba en grande. Siento que yo fui un problemón para ella y lo entiendo”.
A pesar de experimentar una libertad mayor que muchas mujeres de su época, Inés, la madre de Cristina, también estuvo supeditada a la voluntad de sus padres. Primero, obligada a internar en el centro de maternidad Peñagrande del Patronato. Y después, cuando le impusieron que su hija Cristina debía regresar a España con ellos.
Cristina tenía 14 años cuando su madre se casó con un sueco y se fue a vivir allí. Recuerda que fue un año fantástico. Pero al terminar el curso, sus abuelos decidieron que su nieta debía cursar los estudios en España y que ellos se harían cargo de ella. “Siempre me he preguntado si mi madre peleó por mí o acató la decisión sin más. Me pregunto por qué no dijo: ‘Mi hija se queda conmigo, qué se va a ir mi hija. Ya me habéis expulsado a Madrid, he tenido que dar a luz en una circunstancias sobre las que ni Dios me quiere preguntar, cobardes’”, expresa Cristina.
Yolanda no tiene ningún reproche hacia su madre, más bien hacia sí misma: “Recuerdo que me cabreaba con ella porque no estaba contenta como otras madres ni era afectiva conmigo. Me he reconciliado conmigo misma por haber sido un poco dura. Pero es que mi madre tuvo depresiones toda su vida e intentos de suicidio. Una niña no entiende por qué su madre no tiene ganas de vivir. A una niña no le gusta ver a su madre tan triste”.
“Me da pena haberme enterado de que mi madre estuvo en el Patronato cuando ella ya tiene alzhéimer”
Paquita, que como tantas otras jóvenes fue catalogada de “inadaptada”, ha conseguido encapsular la rebeldía por la que la internaron y mantenerla intacta: lleva el pelo violeta, uñas moradas, un camafeo y una blusa estampada. “Cosas que las monjas no me habrían dejado llevar”, reconoce. Además, dice palabrotas durante toda la conversación, evidenciando que a pesar de que fue internada por “malhablada”, las monjas no lograron “corregirla”. “Una mierda para ellas”, sentencia.
Aunque Olga ha echado en falta que su madre hubiese sido “algo más cariñosa” con ella —algo que achaca a la experiencia traumática de la represión en el Patronato—, sabe que el mayor regalo que le ha hecho no es darle la vida, sino la posibilidad de vivirla. “Con su forma de ser y con su transparencia, mi madre me ha enseñado a ser libre, y a pensar y a desear lo que yo quisiera”, dice.
Yolanda dice que recuperar la memoria de María de los Ángeles le ha dado paz, pues ha podido entender por qué la suya no era una relación como las de otras madres con sus hijas: “Nosotras hemos vivido el no ser lo mismo que ellas, porque ellas para la sociedad eran mujeres que no tenían que haber existido y nosotras, entonces, tampoco. Hemos heredado su dolor y muchas veces no han podido querernos como hubiésemos querido que nos quisiesen”.
Cristina se enteró hace tan solo cinco meses de que su madre dio a luz dentro del Patronato. En concreto, en la maternidad de Peñagrande, en Madrid. Fue de casualidad, cuando su hija le preguntó dónde había nacido exactamente. Cristina siempre respondía que había nacido en Madrid, pero la realidad es que no sabía dónde. Su hija le sacó el certificado de nacimiento completo y ahí aparecía una dirección: calle de Isla Malaita, 13, donde había estado situada la maternidad perteneciente al Patronato dirigida por la orden religiosa de las Cruzadas Evangélicas.
“Me da mucha pena haberme enterado tan tarde, ya con mi madre con alzhéimer y en cuidados paliativos. Mira que siempre vi fotos mías de bebé en un sitio que no me cuadraba nada con mi entorno, un lugar que no reconocía, y podría haberle preguntado. Pero supongo que había aprendido a pasar por encima de ese tema”, cuenta Cristina.
Cree, sin embargo, que el hallazgo ineludible sobre su propio pasado le habría “dado fuerzas” para abrir la conversación. También para decirle a Inés que ahora la entiende algo mejor: “Conocer la existencia del Patronato me ha aportado una gran luz sobre el comportamiento de mi madre. No me lo ha justificado todo, y nuestra relación ha sido la que ha sido, pero esa pieza me faltaba. Porque ahora recuerdo que una vez mi madre sí contó que las monjas la obligaban a limpiar con el bombo a punto de dar a luz, y que cuando había acabado, la monja le daba una patadita al cubo para que cayese el agua sucia y así, vuelta a limpiar. Hay cosas de la personalidad de mi madre que claramente fueron fruto del Patronato. En cualquier caso, hablar con ella de todo esto es una fantasía que ya no se podrá hacer realidad”, añade. Quizá, como vino a decir la escritora Anne Carson, no hace falta saberlo todo de las madres, a veces basta con saber un poco más.
Hay cargas inmerecidas e insoportables, como la culpa que debemos arrastrar las mujeres por la transgresión de Eva —la primera contaminada por el pecado y contaminadora del mismo—. Otras, sin embargo, sostienen la belleza del mundo, como un árbol cargado de fruta madura, un pecho cargado de leche para su criatura o un cielo cargado de nubes a punto de romper. Y están aquellas que no elegimos pero aceptamos, que llegan casi de imprevisto, como la responsabilidad que recae sobre estas hijas de desenterrar lo que sus madres se llevaron consigo a la tumba. La hija que ahora alza la voz y acaba con el silencio como herencia está alumbrando a su propia madre. Porque como dice María Palau, “cuando no haya supervivientes que puedan contar lo que allí ocurrió, estarán sus hijas y estarán sus nietas”. Si hubo entonces una madre cargando a su hija en brazos, hay ahora una hija que carga con su madre entre ellos.