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Cuidarse más o comer por ansiedad: así ha afectado el confinamiento a nuestra alimentación
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Cuidarse más o comer por ansiedad: así ha afectado el confinamiento a nuestra alimentación

Cambiar de peso, dedicar más tiempo a la cocina, comer peor, culpabilidad por atracones… No hay una única conducta alimentaria, pero nuestros hábitos sí se han visto modificados durante el confinamiento. Te lo explicamos

Ilustración: Carlos Palanca (Newtral)

«Sinceramente, me preocupaba más engordar que contagiarme de coronavirus», cuenta Gabriela, de 28 años. Reconocer que el enemigo era su propio cuerpo en una pandemia mundial fue el paso definitivo para ir a terapia: «Hablaba con amigas y me decían lo mismo, que también estaban preocupadas por estar cogiendo peso durante el confinamiento. Pero luego entraba a Instagram, veía a un montón de gente haciendo ejercicio en casa y comiendo sanísimo y pensé que el problema era yo. Así que hace un mes contacté con una psicóloga», añade. 

Gabriela dice que nunca se ha sentido cómoda del todo con su físico y define su relación con la comida como conflictiva: «Siempre me ha dado mucha vergüenza que me vieran comer porque la gente pensaría: “Mira cómo come, normal que esté gorda”. El confinamiento me dio barra libre para comer todo lo que quería porque no tenía que ver a nadie. Pero luego llegó el momento de desconfinarse, pensar en salir a la calle me daba ganas de llorar», relata. 

Toni, de 33, hacía videollamadas con sus padres cada domingo. A finales de abril, su madre le dijo: «Cómo te has puesto»: «Me lo dijo sin mala intención, pero me hizo sentir muy mal porque yo ya era consciente de ello», reconoce. «Siempre he tenido algo de sobrepeso, al entrar en la universidad empecé a ser más restrictivo y adelgacé bastante. Llevo muchos años controlándome, pero en marzo mi empresa nos hizo un ERTE, así que al verme en casa sin nada que hacer me dio por comer. Pensaba: “Por un día no pasa nada”». 

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Ingesta emocional y el mito del peso controlable

Toni regresó a su puesto de trabajo a finales de mayo, donde algunos compañeros comentaron su cambio de peso: «Me lo decían entre risas, pero no es agradable. He empezado a ir al gimnasio pero la sensación de no estar a gusto con mi cuerpo otra vez me genera ansiedad y la ansiedad la calmo comiendo».

«La idea de que el peso puede determinarse a voluntad. Pero no funciona así, hay muchos elementos que determinan el peso que uno tiene», explica el psicólogo Juan Ramón Barrada

Esto que relata Toni se conoce como ingesta o alimentación emocional. «A veces la comida es una fuente de regulación emocional, es decir, afrontar emociones con atracones o con la sobreingesta de alimentos que suelen ser muy grasos y azucarados», explica a Newtral.es Juan Ramón Barrada, profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Zaragoza (UNIZAR) que ha investigado sobre alimentación e imagen corporal. Barrada alerta de que en estos casos «la comida pierde parte de su función más saludable para ser una estrategia de cómo hacer frente a emociones negativas». 

Uno de los mecanismos por los que la alimentación puede ser fuente de malestar es «el mito del peso controlable»: «Es la idea de que el peso puede determinarse a voluntad. Pero no funciona así, hay muchos elementos que determinan el peso que uno tiene. Tener un objetivo imposible puede implicar frustración, que a su vez se relaciona con la aparición de potenciales desórdenes alimentarios«, explica el psicólogo y profesor de la UNIZAR. 

Según explica a Newtral.es Carlos Moratilla, psicólogo clínico y terapeuta especializado en la prevención y tratamiento de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), «comer puede cumplir una función de alivio del malestar psicológico»: «Cuando esta circunstancia se da, no estamos pensando en las consecuencias, sino más bien en el alivio que nos va a suponer. Es como si nuestro cuerpo pensase: “Esto funciona, así que te lo voy a pedir en circunstancias similares en el futuro”». 

Compensaciones y restricción alimentaria

«Lo que peor he llevado del confinamiento es no poder hacer compensaciones», cuenta Carmen, de 36 años. «Suelo darme atracones, pero para no sentirme culpable por engordar, luego salgo a correr o no como casi nada al día siguiente. En mi día a día era más fácil porque entre el trabajo, ir al gimnasio, salir a tomar algo… Estaba distraída. En casa no podía hacer esas compensaciones o me costaba muchísimo más, así que no podía evitar comer comida basura pero no conseguía eliminar el sentimiento de culpa», añade. 

El psicólogo e investigador Juan Ramón Barrada señala que lo conveniente es evitar la restricción alimentaria, ya que «suele estar orientada a conseguir algo muy complicado». Pero, sobre todo, porque «puede desregular las señales fisiológicas internas de saciedad y de hambre»: «Si de un modo muy frecuente estoy a dieta o hago restricciones alimentarias, estoy machacando esas señales porque estoy aprendiendo a no atenderlas, lo cual genera un potencial problema».

«Hay que recuperar la actividad poco a poco, pero no con el objetivo de la operación bikini, que es una idea muy dañina», apunta el psicólogo Carlos Moratilla

«Yo estaba deseando volver a Madrid, en casa de mis padres me he descontrolado con la comida», dice Marta, de 21 años. Cuando se decretó el cierre de centros educativos, Marta, estudiante universitaria, regresó a su casa, en Albacete. «Estoy acostumbrada a mis rutinas y a cantidades más pequeñas de comida, en Madrid me organizo yo a mi manera. Pero en casa, me he atiborrado. Si te digo la verdad el peor momento fue probarme el bikini el otro día y ver que no me valía».

En este sentido, el psicólogo y terapeuta Carlos Moratilla recomienda una vuelta a la normalidad paulatina: «Hay que recuperar la actividad poco a poco: retomar las relaciones sociales, el trabajo y los estudios, el ejercicio… Pero no con el objetivo de la operación bikini, que es una idea muy dañina. Trataría de evitar dietas muy restrictivas o machacarse en el gimnasio para recuperar el peso anterior al confinamiento. Esa dinámica refuerza ideas que tienen que ver con las personas valen tanto en función de su peso».

Carlos González, psiquiatra en CITEMA —un centro integral de tratamiento de los trastornos alimentarios y emocionales— explica a Newtral.es que «es habitual que nos regulemos a través del mundo que nos rodea»: «El verano, que es un momento de enseñar más cuerpo y que puede suponer exponernos más, para muchas personas es una situación muy complicada, y activa mucho el malestar».

Cocinar más durante el confinamiento

Laura tiene 34 años y durante el confinamiento ha comido mejor: «Me aficioné a cocinar, en parte, a que no podía pedir comida a domicilio cuando quería algo rico», cuenta. «En mi caso, creo que mi vida no cambió tanto. Ya trabajaba en casa y el nivel de curro no aumentó ni disminuyó. Creo que hubo algo de priorizar el autocuidado en relación a las circunstancias. Como si al ser una situación difícil me tomase un tiempo para las cosas que normalmente no me concedo». 

Así, la crisis sanitaria habría evidenciado la importancia de la salud, situando esto como una prioridad. En este sentido, Diana Díaz-Rizzolo, dietista-nutricionista, investigadora biomédica y profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), señala, en conversación con Newtral.es, que «con la pandemia se ha puesto de manifiesto la importancia de luchar contra enfermedades crónicas, que pueden empeorar un diagnóstico de COVID-19»: «Hemos aprendido que estar sano de base puede ayudar a sobrevivir o no en una pandemia», añade. 

Como Laura, Eduardo, de 29 años, también considera que sus hábitos alimentarios han mejorado durante el confinamiento: «Vivo con mi pareja desde hace años, pero nuestros horarios hacían que llegásemos ya tarde a casa. Normalmente comprábamos rápido en algún súper 24 horas e íbamos improvisando cada día. Con la pandemia, como tenías que salir lo menos posible, hacíamos compras más grandes y pensadas. Y teníamos tiempo para cocinar. Ha sido volver a la oficina y otra vez noto que como peor o que no tengo tanto tiempo para la alimentación como me gustaría», explica.

«Lo relevante del consumo de productos insanos es que desplaza el consumo de productos sanos. Es más importante lo que dejas de comer que lo que comes», apunta el dietista-nutricionista Joan Carles Montero

Al contrario que ellos dos, Sara, de 32, asegura haber empeorado su alimentación: «Las dos primeras semanas empecé muy bien, en parte porque el confinamiento lo llevaba bien. Ya a finales de marzo empecé a tener mucha ansiedad y la calmaba comiendo patatas fritas, helados, chucherías… Todo lo que se me antojaba. Sentía que estaba justificado porque era una situación extraordinaria. El problema es que el confinamiento ha acabado y ahora tengo la necesidad de seguir comiendo esas cosas, por lo que muchas veces a media mañana me como un paquete de patatas y a mediodía casi no tengo hambre por lo que me hago un sandwich y ya».

«Hay alimentos diseñados para provocarnos ese placer. Todo lo que sea un producto muy palatable, como los productos grasos y azucarados, suelen provocar una sensación que no te da la fruta, por ejemplo. Son productos más sabrosos, más untuosos… Pero, además, pueden crear cierta dependencia», analiza el dietista-nutricionista Joan Carles Montero

«Lo relevante del consumo de productos insanos es que desplaza el consumo de productos sanos. Es más importante lo que dejas de comer que lo que comes», añade Montero en conversación con Newtral.es.

Cambios en los hábitos, ¿y en el peso?

Un estudio publicado recientemente por el Grupo Colaborativo de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria apunta un cambio en los hábitos alimentarios de la población española durante el confinamiento: «Los cambios más frecuentes se refieren a mayor consumo de fruta (27%), huevos (25,4%), legumbres (22,5%), verduras (21%) y pescado (20%) y reducción en el consumo de carnes procesadas (35,5%), cordero o conejo (32%), pizza (32,6%), bebidas alcohólicas destiladas (44,2%), bebidas azucaradas (32,8%) o chocolate (25,8%)».

La dietista-nutricionista Diana Díaz-Rizzolo detalla que «acorde a los primeros estudios realizados, se observa que en las primeras semanas de confinamiento sí que podrían haber empeorado las conductas y estilos de vida, pero que al cabo de varias semanas, estas conductas empezaron a mejorar». «Se ha visto en algunas investigaciones en España [Díaz-Rizzolo cita el mencionado anteriormente pero también este] que se ha producido una disminución significativa del consumo de carne roja, de carnes procesadas, de bollería… Y que ha aumentado la ingesta de frutas, verduras, legumbres…», añade. 

Díaz-Rizzolo aclara que todavía no hay estudios sobre el peso: «Sobre si ha habido un aumento de peso en la población no tenemos datos en España aún». Cita un estudio realizado en el Líbano que concluye que «la población no habría ganado peso durante el confinamiento, pero la gente consideraba que sí había engordado»: «Es decir, la percepción de las personas era errónea, consideraban que habían ganado peso. Pero los datos no demostraban eso».

Según esta dietista-nutricionista, esto podría deberse a que, en general, se ha dedicado más tiempo a la cocina: «Quizá las cantidades eran más grandes o incluso comíamos más veces al día, pero la calidad de los ingredientes y alimentos era mejor. Todo esto, insisto, es todavía una hipótesis».

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