Newtral


Rousseau vs. Wollstonecraft: la feminización de la política
Siguiente

Rousseau vs. Wollstonecraft: la feminización de la política

De cara al debate protagonizado por cinco políticas el 7 de noviembre, cuatro expertas analizan qué significa feminizar la política en un momento en el que hay mayor paridad que nunca en el parlamento y, sin embargo, ni uno solo de los principales partidos tiene a una mujer como candidata a presidir el país

El cuestionamiento de «lo natural», disputar aquello que se nos viene dado, es un motor histórico de cambio. Lo fundacional —a pesar de que pronunciarlo sea casi como hacer una reverencia— a menudo debe ser revisado y actualizado. El paradigma también envejece.

Rousseau es considerado uno de los padres de la democracia moderna: «Su obra El contrato social [1762] sienta las bases del que será el sistema jurídico-político actual», dice Argelia Queralt, nueva letrada del Tribunal Constitucional desde hace unas semanas y, hasta ahora, profesora de Derecho Constitucional en la UB especializada en cuestiones territoriales y de género.

Los hombres voluntariamente renuncian a un estado de natural inocencia para someterse a las reglas de la sociedad a cambio de beneficios mayores

«El contrato social» de Jean-Jacques Rousseau

«Sin embargo, Rousseau y otros filósofos y teóricos, considerados prohombres porque hicieron grandes aportaciones, también deslizaban ideas como que las mujeres somos perniciosas o ciudadanas de segunda».

La educación de las mujeres siempre debe ser relativa a los hombres. Agradarnos, sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos cuando somos jóvenes y cuidarnos de adultos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables. Estas son las obligaciones de las mujeres durante todo el tiempo y lo que debe enseñárseles en su infancia

«Emilio o De la educación» (Rousseau, 1762)

Por ello, analiza Queralt en conversación con Newtral, «el sistema jurídico-político sobre el que se construye parte de nuestra democracia está basado en esa división que entiende a la mujer como un ser subordinado a los hombres». Un contrato social —con su respectiva división de funciones— en el que a las mujeres no se les preguntó si estaban o no de acuerdo.

Tres décadas después, en 1792, la escritora feminista Mary Wollstonecraft publicaba Vindicación de los derechos de la mujer, que arremete contra algunas de las asunciones que Rousseau tiene o elabora sobre las mujeres; construcciones arbitrarias cuyo objetivo es mantener al hombre como eje vertebrador del mundo.

«Hasta que no se eduque a las mujeres de modo más racional, el progreso de la virtud humana y el perfeccionamiento del conocimiento recibirán frenos continuos», apuntaba Wollstonecraft en Vindicación de los derechos de las mujeres, un texto tan fundacional para el feminismo como el de Rousseau lo es para la democracia.

Este freno para el progreso que señalaba la escritora feminista es similar al que señalan las expertas en política y género cuando tratan de diagnosticar los fallos de la política actual: la exclusión de las mujeres de este ámbito retrasa el avance de una sociedad igualitaria. ¿Qué significa feminizar la política y qué queda por hacer?

¿Más paridad o más poder?

El próximo jueves 7 de noviembre, LaSexta televisará un debate —de cara a las elecciones 10N— protagonizado por cinco políticas de primera línea: Ana Pastor (PP), María Jesús Montero (PSOE), Inés Arrimadas (Ciudadanos), Irene Montero (Unidas Podemos) y Rocío Monasterio (VOX).

El encuentro tiene lugar en un momento histórico: la decimotercera legislatura —que finalizó en septiembre con la nueva convocatoria de elecciones— tuvo el Congreso más paritario de la democracia (166 diputadas). En 40 años —de 1979 a 2019—, la Cámara Baja ha pasado de tener un 5% de mujeres a tener un 47%, según datos del Ministerio de Igualdad. Es decir, ha pasado de ser el Congreso de los Diputados a ser, realmente, el de Diputados y Diputadas.

Además, con la constitución de la nueva Cámara tras las elecciones del 28 de abril, una mujer, Meritxell Batet (PSC), tomaba el cargo como presidenta del Congreso, dándole el relevo a otra mujer, Ana Pastor (PP), que había ejercido la función hasta ese momento.

También la formación de un consejo ministerial feminizado de mano de Pedro Sánchez en 2018 supuso un antes y un después: por primera vez, había más ministras que ministros —de 17 ministerios, 11 estaban ocupados por mujeres—.

2018 fue también el año de las «portavozas», término que acuñó Irene Montero (Unidas Podemos) para visibilizar a las mujeres en política y que Adriana Lastra (PSOE) aplaudió y respaldó. Y en 2019, la vicesecretaria socialista Carmen Calvo apareció públicamente, tras las elecciones del 28A, con una camiseta que decía: «Yes, I am a feminist» —Sí, soy feminista—.

Sin embargo, los partidos que se han disputado el Gobierno —o aquellos que tienen ahora una posibilidad real de alcanzar la presidencia— no han tenido ni una sola mujer candidata a presidir el país.

Esta innegable feminización de la política —cuantitativa, es decir, numérica— entraría dentro de la «representación descriptiva», tal y como explica a Newtral el politólogo Andrés Santana: «Las cuotas pueden funcionar de diferentes maneras: generalmente se pide que haya un porcentaje de mujeres en las listas de los partidos y un porcentaje de hombres. Pero esto es en las listas de los partidos, no afecta al liderazgo. Por tanto, en el número uno puedes tener siempre a un hombre».

Consistiría, por tanto, en forzar —como una responsabilidad— que las mujeres ocupen tantos puestos de poder como los hombres. «Según este principio, habría plazas específicas que solo podrían ocupar mujeres para garantizar así que ellas asciendan en la misma proporción que los hombres», apuntaba la politóloga Berta Barbet para el reportaje «Diccionario para entender la política con perspectiva de género».

¿Y cómo sería un gobierno paritario? «Se puede conceptualizar de diferentes maneras, pero la idea es que el poder quede repartido a partes iguales —50/50—. Es decir, que en los diferentes niveles hubiese, al menos, el mismo número de hombres que de mujeres. Lo ideal sería, incluso, que en las situaciones en que solo hubiese un cargo, como la presidencia del Gobierno, el puesto se dividiese en dos mitades o periodos, uno ocupado por un hombre y el otro, por una mujer», añadía Barbet.

Políticas públicas feministas

Sin embargo, feminizar la política va más allá de la representación descriptiva: «Que haya mujeres en política no garantiza necesariamente que las mujeres sean mejor representadas desde el punto de vista de sus intereses. Puede ser que una mujer en política tome decisiones o defienda políticas que, en principio, podrían ir en contra de sus intereses como mujer», apunta Andrés Santana.

Un ejemplo de ello sería la reafirmación de Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz del Partido Popular, en el debate celebrado el pasado 1 de noviembre cuando arremetió contra la idea de consentimiento que defiende el feminismo. «No todo lo que no sea un sí es un no», dijo Álvarez de Toledo en referencia al lema «solo sí es sí», que ha vuelto a estar en el debate público después de la sentencia de Manresa. Una sentencia que califica de «abuso sexual» y no de «agresión sexual» los delitos contra la libertad sexual de una menor de edad por parte de cinco hombres por estar la víctima bajo los efectos del alcohol.

Aunque, puntualiza Santana, «existe cierta evidencia de que el hecho de que haya más mujeres en política aumenta la probabilidad de que se defiendan más y mejor intereses útiles para las mujeres».

«Los partidos siguen siendo una máquina de selección de hombres»

Argelia Queralt también comparte la visión del politólogo: «La paridad o este equilibrio en la representación tiende a poner soluciones a ese defecto originario del pacto social de finales del siglo XVIII. Así que, desde mi punto de vista, la paridad es un fin en sí mismo y debemos felicitarnos por el hecho de que muchas mujeres hayan decidido dar el paso adelante. Sin embargo, lo deseable es que se impliquen también en la lucha específica de los derechos de las mujeres».

Para la letrada del Tribunal Constitucional, un debate solo de mujeres es consecuencia de la lógica masculina de partidos: «Una parte de la sociedad exige cada vez con más fuerza la presencia de mujeres en política, pero como los números uno continúan siguen siendo hombres, se genera la necesidad de crear otro espacio para mostrar a las mujeres. Es una muestra de la anomalía que supone».

La filósofa y exdiputada de Más Madrid Clara Serra, que dejó su cargo en la Asamblea de Madrid cuando Íñigo Errejón estaba fundando Más País, también señala la «ambivalencia» de una debate de esta índole: «La sociedad quiere ver a mujeres haciendo política pero los partidos todavía se resisten y no se adaptan a las demandas de la sociedad».

«Lo ideal sería que hubiese habido mujeres en el debate electoral principal y que en ese debate, el feminismo hubiese sido una cuestión central», añade Serra.

«A las mujeres políticas se les suelen asignar roles basados en los estereotipos de género. Por ejemplo, dándoles carteras de familia, educación y sanidad, mientras que las carteras de economía, interior y defensa son para los hombres»

Para la exdiputada, autora de dos tratados feministas —«Manual ultravioleta» y «Leonas y zorras»—, el hecho de que los candidatos sean todos hombres «es una prueba de que mientras la sociedad ha cambiado y la gente demanda que haya más mujeres haciendo política, las estructuras de los partidos todavía se resisten». «Los partidos siguen siendo una máquina de selección de hombres», apunta.

Para Argelia Queralt, «hacer políticas públicas feministas no es incompatible con que todos los líderes sean hombres». «Ahora bien, quiero mujeres liderando partidos por una cuestión democrática. Y porque hay muchas mujeres capaces de hacer que las estructuras, pensadas por y para los hombres, cambien».

El rol de la mujer en política

En el libro Down Girl, la filósofa feminista Kate Manne apunta que «la misoginia es el brazo policial del patriarcado», sancionando a las mujeres que escapan a «ese rol que la sociedad patriarcal les ha asignado para disciplinarla».

La politóloga Emanuela Lombardo, profesora en la Universidad Complutense de Madrid y especializada en analizar la cuestión de género en el ámbito político, comparte la visión de Manne: «A las mujeres políticas se les suelen asignar roles basados en los estereotipos de género. Por ejemplo, dándoles carteras de familia, educación y sanidad, mientras que las carteras de economía, interior y defensa son para los hombres», explica en conversación con Newtral.

El politólogo Andrés Santana opina que, al menos en España, «se enfatizan aspectos de menor relevancia en el caso de las mujeres; aspectos como la vestimenta que en el caso de los hombres no es más que una cuestión anecdótica que no va ni en su favor ni en su contra».

La norma informal del candidato ideal está basada, según Lombardo, «en rasgos estereotípicos de la masculinidad como la ambición, la agresividad o la competitividad». «Además, existen barreras informales importantes para las mujeres políticas como, por ejemplo, que se consigan acuerdos políticos fuera de los espacios de la política formal: en las cañas y en otros momentos en los que las mujeres suelen tener acceso más limitado debido a las responsabilidades del cuidado de menores y familiares dependientes», prosigue Lombardo.

«Todavía se pide a las mujeres que, a cambio de que entren en política, demuestren que van a ser muy buenas y muy virtuosas»

Argelia Queralt, sin embargo, difiere en este análisis: «Que feminizar la política suponga que todos seamos más conciliadores me genera un punto de rechazo. A las mujeres se nos ve así: más calmadas, menos agresivas. Asumir eso casi es hacerle una concesión al rol de género».

Clara Serra señala, igual que Lombardo, la necesidad de disputar las propias «lógicas competitivas de los partidos»: «Lo de los tiempos es una cuestión muy importante: las feministas que hemos estado en partidos identificamos muy claramente que la construcción de estructuras de partidos con prisas y a velocidades muy rápidas siempre dificulta la participación de las mujeres. Por ejemplo, cuando haces procesos de primarias o elaboración de listas o de programas casi de un día para otro, siempre aparecen hombres dispuestos a encabezar esas responsabilidades. Las mujeres necesitan más tiempo para pensárselo, para combatir inseguridades o falta de confianza, y eso se nota mucho».

A todo esto se suma la fiscalización sobre la actuación de las mujeres en política y la asunción de que un error cometido por una mujer representa al conjunto de mujeres: «Hay una vigilancia y una duda continuas sobre la competencia de las políticas. La interpretación de las cualidades son desiguales: la asertividad o ambición se interpretan en un político como ‘confianza en sí mismo’, y en una política como ‘agresividad’», apunta Emanuela Lombardo.

Según Serra, también la izquierda cae en esta trampa: «Todavía se pide a las mujeres que, a cambio de que entren en política, demuestren que van a ser muy buenas y muy virtuosas. Como si tuvieran que ganarse el derecho a hacer política».

Por ello, la exdiputada y filósofa defiende «el derecho a hacer las cosas tan mal como las hacen muchos hombres»: «Y también tenemos que aceptar que haya mujeres políticas que no concuerdan con nuestra visión del feminismo. El objetivo final es conseguir cambiar la política misma».

1 Comentario

  • Quiero decir que no estoy de acuerdo con Emanuela Lombardo de que las mujeres, en política, en relación con las carteras que ocupan por roles de género. En 2004, hace ya 15 años, la Vicepresidenta era una mujer, Administraciones Públicas y fomento. En el 2008 hubo 2 vicepresidentas primero y 1 vicepresidenta segunda, en Asuntos exteriores, en defensa, en económia y hacienda , ciencia e innovación. Con Rajoy hubo una vicepresidenta y portavoz, en Fomento, En empleo y seguridad social, en defensa. Esta claro que si se mira los cargos ocupados por las mujeres antes del 2004, Emanuela tiene razón, pero a partir de ese momento la participación de las mujeres en los gobiernos a aumentado y en carteras importantes. Aunque no entiendo que ser ministra de Educación o Sanidad sea algo inferior a otros ministerios, y esos ministerios también han sido ocupados por hombres. En política autonómica han existido varias presidentas de autonomías. Esta claro que deben aumentar su presencia en todos los ámbitos, pero también deben mostrar la valía para cualquier puesto, no solo por el hecho de ser mujer tener más derecho que un hombre a ocupar un puesto, ni por el hecho de serlo tenga menos derecho a ocuparlo.

¿Quieres comentar?

Relacionados

Más vistos

Siguiente