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Cuando la ciencia importó
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Cuando la ciencia importó

Nunca se había hecho ciencia a tanta velocidad. Hablamos con la comunidad científica española para evaluar el coste que tiene investigar en estas condiciones.



Hay un ser diminuto que vive en las salinas de Santa Pola (Alicante). Una arquea, prima de las bacterias, capaz de prosperar en un entorno tan extremo como ese sin convertirse en una mojama. Tuvo que ser un paseante recurrente de este enclave quien se detuviera a mirarla más allá del microscopio.

El biólogo Francis Mojica descubrió en sus genéticas entrañas que las letras que conforman el ADN de la Haloferax mediterranei formaban repeticiones palíndromas. Si Darwin no juega a los dados, en esa capicúa repetición estaba pasando algo importante. Era 1993 y, sin querer, estaba entornando una revolución genética que hoy, como tantos otros abordajes, nos puede servir para detectar, romper o domesticar coronavirus.

Mojica, que estaba abriendo la puerta al corta-pega genético CRISPR, en realidad no estaba encerrado en un oscuro laboratorio de biotecnología, persiguiendo la nueva bomba atómica. Estaba paseando cerca del mar. Y en contacto con equipos científicos entusiastas de medio mundo, haciendo ciencia básica, es decir, investigando sin que se visibilice una aplicación directa o inmediata en la sociedad. Hoy, el CRISPR, como los inventos de Margarita Salas hace tres décadas, pueden tener aplicación ante la COVID-19.

Este caso ejemplifica cómo son los tiempos y formas de la ciencia actual. Y también la percepción que se tiene por la sociedad o la política. Hace unos meses pocas personas sabían de la existencia de un laboratorio de coronavirus en el norte de Madrid. Hoy esperamos que los biólogos, esos que trabajan con los bichos nuevos y viejos, nos saquen de esta. Y pronto.

Nunca se habían publicado tantos borradores de trabajos científicos, algunos de calidad más que discutible. Nunca que habían publicado tantos artículos en revistas de impacto internacional por el ‘procedimiento acelerado’, con patinazos incluidos. Nunca se habían volcado las redes sociales en temáticas de investigación de esta forma, y con el peligro del cóctel de bulos, pantallazos descontextualizados, troleos y sesgos, incluidos contra los propios científicos y, especialmente, científicas.

España se sitúa por encima de la media de países europeos en su interés por la salud (8,1 sobre 10) en el caso de salud medio ambiente (7,5). Pero también hay recelos. Supera a los países de su entorno alrededor de la idea de que “el mundo actual está lleno de riesgos para las personas” y que “todo es más complejo e incomprensible”. Esto, según un trabajo de la FBBVA publicado antes de la pandemia.

En Newtral.es, desde el inicio de la crisis del coronavirus, hemos hablado con biólogas y biólogos que llevan años haciendo ciencia básica –y aplicada–, pero tan invisible al ojo como las arqueas, bacterias y virus que campan en sus placas de petri. En estos meses, la ciencia importó. Salió de su confinamiento presupuestario. Y ahora mira con prudencia y esperanza a un futuro mientras se le exige un resultado acelerado. Esta es la visión de ocho investigadores en biología que han tenido que poner el foco, en tiempo récord –y lejos a veces del laboratorio– en combatir la COVID-19.

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