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COVID-19 en África, los puntos ciegos de los virus en el Sur Global
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COVID-19 en África, los puntos ciegos de los virus en el Sur Global

Con más de 160.000 contagios notificados, la diversidad de países de África se enfrenta a problemas comunes de infradiagnóstico de COVID-19 y similitud en los síntomas con enfermedades endémicas. El hemisferio sur se enfrenta ahora a su ola de gripe estacional, pero también de malaria en latitudes más ecuatoriales.

Coronavirus y confinamiento en una barriada de Ciudad del Cabo, Sudáfrica | N. Bothma, Epa

En la calle, los viandantes caminan desprovistos de mascarillas. En general reina una cierta normalidad en Mogadiscio, capital de Somalia. «Desde que el Gobierno impuso el toque de queda (para contener el virus), nuestros negocios siguen funcionando, pero nuestras ventas diarias están bajando», confiesa el comerciante Abshir Gab a Muktar Abdi a Irene Escudero, los ‘ojos’ de Efe en la capital somalí.

La mayoría de los habitantes vive ajena al virus, sobre todo la población asentada desde hace años en las afueras, llegada tras perder cosechas por la sequía o la lluvia o huyendo de ataques yihadistas y conflictos intercomunitarios.

«África es muy resiliente», dice a Newtral.es la investigadora Elena Gómez-Díaz, experta en malaria en este continente. «Tenemos mucho que aprender de ellos en cuestión de epidemias». Pero las cifras se les están torciendo en los últimos días. En África y en buena parte del llamado ‘Sur Global’.

Más de 1.500 nuevos contagios al día en Sudáfrica, 609 en Camerún, 169 en Etiopía, 120 en República Democrática del Congo… Estas cifras son pinceladas en un mapa que se tiñe de infecciones mientras Europa y Asia clarean sus coordenadas poco a poco, según se adentran hacia el verano.

Sin que el calor sirva para barrer al coronavirus, el frío parece gustarle y el hemisferio sur inaugurará este mes su invierno con la mirada puesta en su trágico paso por los vecinos del norte.

La OMS ha manifestado su preocupación por el continente africano, apenas una semana después de que fuese una de las regiones del mundo en la que se había puesto más esperanza.

Contagios silenciosos e infradiagnóstico

Para el máximo responsable de la Organización, el etíope Tedros Adhanom, la creación temprana de una coalición dentro de la Unión Africana fue «clave para acelerar rápidamente los esfuerzos de preparación» ante el nuevo coronavirus. Pero las cosas se están complicando, quizás silenciosamente.

«Seguramente no estamos viendo la imagen completa, con la malaria ya tenemos ese problema», asegura la investigadora Gómez-Díaz, que inicia ahora un proyecto que la llevará, en los próximos meses, a analizar a unas 2.000 personas en Burkina Faso y Guinea Ecuatorial. «Hay ahora unas enormes desigualdades en cuanto a quién se hacen los test», por ejemplo.

Si en Europa, y particularmente en España, ha sido motivo de polémica el número de pruebas que se han estado realizando, en África a las limitaciones de las redes sanitarias de sus países se ha sumado la suspensión de vuelos que conectan sus capitales con los centros de producción de los tests y sus suministros, fundamentalmente fabricados en Asia y Europa.

El mes pasado, John Nkengasong, director de los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades en Addis Abeba (Etiopía), escribió en Nature sobre cómo los países africanos están siendo excluidos del mercado para el diagnóstico de coronavirus.

Esto ha devenido en guerras de cifras, que no son patrimonio de los países europeos. Como ejemplo, el de Guinea Ecuatorial, que ha pedido la salida de la OMS de su país, enfadado su gobierno con las cifras que publica esta organización.

Así todo, los contagios no parecen evidenciarse de una manera tan masiva como en las latitudes del norte, «donde limitar la movilidad, para nosotros, sí ha sido más dramático que en países de África que tenían menos (econónicamente) que perder», según Gómez-Díaz, quien recuerda cómo Sudáfrica, más parecida a la estructura de ciudades de Europa, está siendo más azotada.

¿Se ha protegido mejor África, en su conjunto, hasta la fecha? ¿Ha podido influir la temperatura de sus regiones ecuatoriales y meridionales? ¿O, sencillamente, ha sido imposible medir al mismo ritmo que en Asia, Europa y Norteamérica –ya de por sí calificado de insuficiente en algunos países–?

A la COVID-19, se suma el rebrote del ébola y del sarampión en República Democrática del Congo

Si las «muertes por todas las causas» se han disparado en España durante la crisis del coronavirus, en países africanos como la República Democrática del Congo (RDC) la irrupción de COVID-19 está comprometiendo su lucha contra otras enfermedades.

Ya registra el mayor brote de sarampión de todo mundo, al que se suma la resurrección del ébola en el país, cuya expansión comenzó hace dos años en la parte más oriental. 

En todo el mundo, la interrupción de los programas de vacunación pone en riesgo a más de 80 millones de bebés. Y «tratamientos por tuberculosis están paralizándose», añade el experto en esta enfermedad e investigador en una de sus vacunas Carlos Martín Montañés.

A eso se añade el riesgo que supone la destrucción de ecosistemas en regiones boscosas. «El 70% de las enfermedades infecciosas humanas viene de virus, bacterias o parásitos animales», precisa la doctora Nerea Irigoyen., en videollamada desde Reino Unido, con quien Gómez-Díaz compartirá proyecto en África.

Para esta viróloga hay puntos calientes en el planeta. Uno es: la destrucción forestal en la Amazonía. Otro está en las selvas ecuatoriales en África, donde las industrias madereras «se están cargando los bosques y nos estamos exponiendo a nuevos animales, nuevos virus, con los que no habíamos tenido relación».

Con la pérdida de biodiversidad, si un virus pierde a su hospedador (animal) natural va a intentar ‘saltar’ al ser humano.

Nerea Irigoyen, jefa de investigación en virología. Univ. Cambridge

Con la pérdida de biodiversidad, perdemos protección. «Al final, el virus busca un nuevo hospedador. Si pierde a su hospedador natural, sí va a intentar ‘saltar’ al ser humano».

Aquí nos mata la ‘pirámide’ de población. Allí, la ‘pirámide’ social.

Egipto carga con la losa de la mortalidad en esta pandemia en lo que a África se refiere. Con más de 1.100 muertes y cerca de 30.000 contagios conocidos, sus tasas de letalidad se parecen a las que se vieron en la ciudad china de Wuhán.

Gómez-Díaz, que trabaja actualmente en el Instituto de Parasitología y Biomedicina Lopez-Neyra (IPBLN), pone un ejemplo gráfico (y geométrico) de cómo difiere la percepción de la mortalidad entre los países europeos y los que están en vías de desarrollo: la pirámide.

En Europa, el impacto en la mortalidad se ha visto ligado a las poblaciones más mayores. El grueso letal se ha agrupado en los mayores de 70 años, una población que en España supera los 6,5 millones de personas. «En el Sur, estas desigualdades están más ligadas al estatus económico y el acceso a los recursos por distintas clases o grupos sociales» apunta la investigadora.

En Burkina Faso, «donde vamos a trabajar, se han hecho apenas 5.000 test en todo el país. Nosotras planteamos hacer 1.000 test en unos meses. No tenemos muy clara cuál es la situación en estos países».

Malaria + coronavirus, ¿cóctel fatal o amortiguador de la pandemia?

Elena Gómez-Díaz, experta en malaria | FBBVA
Elena Gómez-Díaz, experta en malaria | FBBVA

Los síntomas de malaria se pueden fácilmente confundir con los de COVID-19. «Es algo de lo que se habla poco, pero puede estar ocurriendo», asegura Gómez-Díaz.

La malaria, como la gripe, todavía mata más que la COVID-19. Especialmente en países pobres. Más de 400.000 personas fallecieron, esencialmente en África, por el también llamado paludismo en 2018.

Un mosquito es portador del verdadero parásito, el ‘plasmodium’, que entra en la sangre humana tras la picadura. Ahora se enfrentan al inicio de su ola epidémica, coincidiendo con la aceleración del coronavirus.

Sabemos que el parásito de la malaria se vale de una estrategia similar al SARS-CoV-2 para entrar en células. La cuestión es si pueden coexisitir en una misma persona malaria y COVID-19 a la vez. Y si, tanto el parásito como el coronavirus, tienen sed de sangre. Literalmente.

A esta pregunta pretende responder el equipo formado por Gómez-Díaz y su compañera en la Universidad de Cambridge Nerea Irigoyen. En los próximos meses trabajarán con voluntarios en Burkina Faso y Guinea Ecuatorial. 2.000 personas en total para comprobar cuánta gente ha padecido COVID-19 y malaria a lo largo de un año.

Eso, tras un trabajo de laboratorio que ya está en marcha, conforme a un proyecto recientemente concedido por el CSIC. «Queremos ver de qué forma afecta al sistema inmunitario, cómo responde contra la COVID-19 cuando coexistan en el mismo individuo», dice Gómez.

Aunque los coronavirus suelen gustar de las células del aparato respiratorio, puede que también ‘aniden’ en la sangre. Sabemos que pueden multiplicarse allá donde las células tengan un tipo de cerradura llamada receptor ACE2.

¿Coronavirus oculto en nuestra sangre?

Hay de estas en órganos como los riñones, el corazón o el cerebro. ¿También podría entrar el virus en los glóbulos rojos de la sangre, como hace el ‘plasmodium’? ¿Y si, aunque no se pueda reproducir en células de la sangre, se queda ahí, latente, como un reservorio? ¿Y si se puede reproducir en glóbulos rojos inmaduros, que sí tienen los ingredientes que necesita el coronavirus para reproducirse?

«No creo que eso pueda ocurrir durante muchos meses, pero que una infección pueda durar hasta un mes en una persona, generando varios brotes, como hemos visto en políticos famosos… no digo que sea eso lo que haya pasado, pero es un escenario de posible causa», asegura la doctora.

Su proyecto también «nos permitirá cómo los programas y tramatientos contra la malaria se están viendo afectados por la crisis de la COVID-19», dados los confinamientos, toques de queda y cierre de rutas aéreas.

Malaria: empieza la curva doble

Fiebre, dolor de cabeza, dolor y fatiga muscular… a los centros sanitarios de la amplia franja subsahariana empiezan a llegar síntomas que, en nuestras latitudes, clasificamos como posibles casos de COVID-19. Allí no quedará otra que la doble sospecha, incluyendo a la malaria, que se manifiesta igual, a falta de una radiografía y o tests específicos.

«Ahora comienza la temporada fuerte de malaria». Con la COVID-19 el virus comparte, además de sintomatología, la puerta ‘trasera’ de entrada del ‘plasmodium’ a las células: el receptor CD-147. Esta es una de las razones por las que los antipalúdicos se han convertido en candidatos a tratamiento o preventivos de la enfermedad por coronavirus.

La viróloga Nerea Irigoyen | U. Cambridge
La viróloga Nerea Irigoyen | U. Cambridge

«Aunque ahora se cuestione más el uso de la hidroxicloroquina, hay otros antimaláricos, como la ivermectina». Si se llegan a recomendar para su uso «puede poner en riesgo los programas de malaria, pues pueden acelerar la aparición de resistencias a este parásito», como ocurrió con la cloroquina, que en varias regiones del mundo se ha acostumbrado a este fármaco y no muere con él.

De los antivacunas del ‘Norte’ al té amargo de Madagascar

La ministra de Educación de Madagascar, Rijasoa Andriamanana, ha sido cesada del cargo. ¿Problemas con la gestión de la epidemia? Más bien… tras proponer gastar unos 1,8 millones de euros en caramelos para los escolares malgaches. La idea era hacerles más soportable el sabor amargo de un té usado en el país como (falso) remedio contra la COVID-19.

No es generalizado, pero es una piedra más en la lucha contra las epidemias: Si en los países más ricos se impone el chamanismo antivacunas o pseudomedicinal, en algunas comunidades pobres de África y América Latina pervive la costumbre de ir al curandero antes que al médico de la zona (si es que lo hay), «lo que dificulta que se diagnostique», recuerda Gómez-Díaz.

Pero tan peligroso como el virus es el afropesimismo. Así denunciaban en abril un grupo de intelectuales la visión norcéntrica de una pandemia que «cuando miras cuántos genomas del cuántos se han secuenciado te das cuenta que la mayor parte son de países del norte», pone como ejemplo Elena Gómez-Díaz. «No sabemos si el virus allí es más virulento o menos, o la gente tiene una mayor o menor predisposición genética»

La investigadora apunta a la importancia dotar de recursos no solo a países menos favorecidos. La experiencia demuestra que, en las epidemias, ni todo el dinero del mundo sirve si no se implica a la comunidad y se confía en ella y sus redes.

Tecnología de diagnóstico en los CDC de Nigeria | AGECID

Un ejemplo sería tener de tu parte a las personas mayores. Son menos que en Europa, pero se las considera en África muy influyentes. Algo parecido ocurre en poblaciones musulmanas con los clérigos.

«En Mogadiscio al principio eran reticentes a cerrar mezquitas y al toque de queda y forzaron al Gobierno a retroceder. Es Ramadán, la gente sigue yendo a las mezquitas», explica a Efe el analista independiente somalí Abdullahi Abdille Shahow.

Hay líderes espirituales que son fuente de bulos. Pero las comunidades religiosas también sirven para combatirlos.

En realidad, son una parte vital para combatir bulos como que el coronavirus. Allí han circulado ideas como que el coronavirus no afecta a los africanos o que tomar el sol matinal cura la enfermedad. Algunos de ellos, difundidos por grupos e imanes yihadistas.

“Los países de África han acumulado una gran experiencia al abordar enfermedades infecciosas como la poliomielitis, el sarampión, el ébola, la fiebre amarilla, la gripe y muchos más. El conocimiento y la experiencia de África en la supresión de enfermedades infecciosas ha sido fundamental para ampliar rápidamente una respuesta ágil al virus”, recalcaba la semana pasada Tedros.

A lo que añade Gómez-Díaz: «Si se les proporcionan los recursos científicos y se coopera con las instituciones, estoy segura de que van a salir, igual que han salido de otras epidemias horribles».

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