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‘Spasibo’: El Chernóbil que sanó en el Cantábrico
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‘Spasibo’: El Chernóbil que sanó en el Cantábrico

Cientos de niños descubren cada verano a orillas del mar que existe otra forma de vida alejada de sus miedos. Víctimas inocentes de la mayor catástrofe nuclear de la historia. 

“Qué habrían visto esos ojos. Serguei. Olga. Natacha”. La periodista cántabra Marta San Miguel recuerda en ‘Una forma de permanencia’ (Libros del KO) los veranos de los noventa en los que la capital de Cantabria, y también Castro Urdiales y Vizcaya, recibían a centenares de niños rusos, bielorrusos o ucranianos que sufrían las consecuencias del accidente de Chernóbil. Qué habrían visto esos ojos, pero también que veían: mar, ocre y verde. Salud, oxígeno y esperanza. Y también qué decían esos ojos: “Spasibo”. En ruso: Gracias.

Desde esos años noventa, diversas asociaciones no han fallado a su cita estival con los afectados por Chernóbil. A más de 3.000 kilómetros del epicentro de la catástrofe, un grupo de familias vizcaínas se unieron en 1997 con el propósito de acoger en sus casas a niños que crecían rodeados por las consecuencias del mayor desastre nuclear de la historia. Así es como nació ACOBI, que hoy también cuenta con una sede en Castro Urdiales (Cantabria).

Gracias a esta iniciativa y a una noche de desvelo, Leyre Ramos, varios años después, encontró revisando sus redes sociales un mensaje de la asociación donde se buscaba a una familia de acogida. A la mañana siguiente, tras hablar con Rafa, su marido, y con sus dos hijos, no hubo más dudas. Fue así como llegó Aliaksandra Ramanenka, cariñosamente conocida como Sasha, a sus vidas. Esta niña de 10 años procedente de Komarin (Bielorrusia), situada a unos 40 kilómetros de Chernóbil, hoy es una más.

La vida cuando no tienes nada

Sasha llegó a España por primera vez hace tres veranos con la maleta vacía pero la ilusión intacta. A su llegada a España no conocía el idioma. Tampoco sabía lo que era tener una muñeca con brazos y piernas. Y es que cuando el tener resulta ajeno, el valor de lo recibido reside en el mero hecho de su posesión, no de lo que es. Quizá por eso Sasha no quiere más juguetes, prefiere su vieja muñeca rota.

“¿Lo más gratificante? El amor que recibes y das, el saber que estás ayudando a una persona dándole calidad y esperanza de vida”, señala Leyre a Newtral. Es tan simple como ayudar a una niña que ha crecido en un entorno auténticamente tóxico a llevar una vida normal, con todo lo que ello implica: alegría y pequeñas riñas, rabietas infantiles y altas dosis de felicidad. Aún así, cada año que pasa, los hijos de Leyre son más conscientes de la situación y comprenden mejor la realidad de Sasha, lo que implica una mayor involucración en el cuidado y bienestar de la que, al menos por unos meses, es su hermana.

Leyre explica que Sasha es muy abierta y cariñosa, algo que no suele ser habitual entre este tipo de casos por las circunstancias de las que proceden: “Hay que tener la mente muy abierta porque suelen ser niños con problemas que tienen unas vivencias complicadas. Algunos vienen de orfanatos: estamos hablando de una población con una pobreza tremenda. Hay muchos adultos que se han dado al alcoholismo”.

Supervivientes sin saberlo

Antes de viajar a España y cuando regresan de nuevo a su país, los niños son sometidos a unos análisis para comprobar los niveles de becquerelios en su cuerpo. Mireia Markaida, una de las fundadoras de ACOBI Castro Urdiales, cuenta a Newtral cómo en algunos casos resulta casi increíble el descenso de la radiación tras los dos meses que pasan alejados de las zonas afectadas donde viven.

Esos números -el descenso de radiación- es la muestra de cómo el Cantábrico sana. Durante dos meses, los niños de Chernóbil pierden su apelativo y son solo eso, niños. Con sus juegos, aprendizajes y sonrisas. Sin temer al simple hecho de respirar, sin miedo a dar un bocado a una manzana. Para Sasha, para Nina y para cientos como ellos, el mar intenso del norte de España es un paréntesis en su corta vida, y una manera de llenar sus maletas vacías de algo tan importante como incontable: salud.

Leyre, como madre, destaca lo importante que es tener presente el saber que esto tiene un principio y un final, “no porque no se quiera, sino porque no se puede”. Después de todo, cuando acaba el verano los niños regresan a sus lugares de origen habiendo aprendido que la vida no es el tiempo que transcurre entre la radiación y la miseria. La vida es -o debería ser- vida.

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