Cuando Chernóbil es tu vida y no una serie

Por Mar Tomico

Nina Kvitkovska nació a cien kilómetros del desastre nuclear y rehizo su vida en Cantabria tras ser acogida por una familia: «He llegado y espero no irme nunca”

Sábado 26 de abril de 1986. 1:27 de la madrugada. Una sucesión de errores en el reactor número 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin de Chernóbil, en la actual Ucrania (antigua Unión Soviética), desencadenaron la mayor catástrofe nuclear de la historia de la humanidad. Es considerado, junto al de Fukushima en 2011, el accidente más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (EIAN) con nivel 7. Sus consecuencias no murieron cuando se apagaron las llamas, sino que todavía hoy se dejan sentir entre sus habitantes condenados a padecerlas.

Nina junto a su hermano Tymofiy, su madre biológica y de acogida

Nina Kvitkovska nació cuatro años después de aquello en la ciudad de Bucha (Ucrania), a unos 100 kilómetros de Chernóbil. En su casa nunca se habló demasiado del tema. “Yo he sabido muchas más cosas sobre Chernóbil cuando llegué aquí, que el tema se habla más abiertamente. Allí no se habla casi”, afirma. Ella llegó a España por primera vez en 2002 gracias a la asociación de familias de acogida vasca Chernóbil Elkartea.

Entonces no sabía cómo gestionar las emociones de una niña de 12 años que viajaba a un país que tampoco sabía situar en el mapa. “Cuando nos bajamos del avión no sabía muy bien a qué venía. Todos los niños saludaban a la gente, así que yo también lo hacía. Nos ponían en fila y nos iban entregando a las familias de acogida. Cuando mi familia me abrazó me di un susto. Alguien desconocido de repente te abraza, te da besos, te lleva de la mano y no sabes a dónde”.

Sus veranos en España le hicieron ver que no quería vivir en su país. Poco a poco se fue impregnando de nuevas costumbres y modos de vida, lo que provocó un distanciamiento con su ciudad natal: “Yo cada vez que volvía a Bucha me sentía más incómoda, más fuera de lugar”, señala. Algo tan básico como querer un yogur o una fruta y poder tenerlo al instante es uno de los detalles que más le sorprendieron de aquella primera visita. También el mar. Nina antes de venir a España tan solo lo había visto una vez.

Una adolescente de solo 36 kilos

Nina junto a su padre de acogida

En Ucrania y Bielorrusia las consecuencias de lo ocurrido se siguen manifestando hoy en día en aspectos tan esenciales como lo que producen las tierras de cultivo, que todavía están contaminadas: “Yo medía 1,75 y pesaba 36 kilos cuando vine por primera vez a España, y ese verano engordé 12 kilos. No era porque en mi país pasara hambre, sino por el tipo de comida, ya que allí se comen los alimentos procedentes de la tierra contaminada”. Aunque ella actualmente no ve su salud afectada por Chernóbil, nos cuenta que antes de quedarse embarazada se hizo pruebas por el miedo de tener alguna patología que pudiera afectar a su hija. Aunque nació después del accidente y ha pasado más de la mitad de su vida a miles de kilómetros de su hogar, Chernóbil todavía marca decisiones cotidianas. 

Con 15 años Nina se vino definitivamente a vivir a España, y estuvo con su familia de acogida hasta los 18. Terminó sus estudios de la ESO, repitiendo el tercer curso para poder aprender mejor el idioma. También cursó un grado medio en peluquería y en administración, y hoy cuenta con su propio negocio. En Castro Urdiales (Cantabria) vive con su marido y su hija, y también acoge a niños que se ven en la situación en la que ella estuvo un día. Uno de ellos fue su propio hermano, Tymofiy, a quien se trajo a España con 14 años y estuvo viviendo con ella y su pareja hasta que se independizó. Hoy vive feliz aquí y no quiere regresar a Ucrania donde todavía vive el resto de su familia.

Ella también acoge

Actualmente Nina colabora junto a otras familias con ACOBI Castro Urdiales (Asociación de Acogida de Menores Bielorrusos), una asociación sin ánimo de lucro que promueve la acogida de niños menores que sufren las consecuencias de la catástrofe nuclear de Chernóbil.

Su historia es una de tantas que se encuentran a camino entre la oportunidad, la renuncia y la decisión. La oportunidad de conocer otra realidad que ha convertido en suya. La renuncia a una vida de la que nunca puede desprenderse del todo. La decisión de crear algo nuevo de cero. Es el precio de lo ocurrido, la consecuencia de Chernóbil. Su historia es una de tantas que están sanando en el Cantábrico.

Fotos familiares cedidas por Nina Kvitkovska.

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