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Canción triste del centro político en España
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Canción triste del centro político en España

Albert Rivera ha abandonado la política con el mismo mensaje que reivindicó en sus inicios: en España existe un electorado de centro. Volvemos atrás para ver qué políticos aspiraron a liderar este espacio y, sobre todo, qué respuesta encontraron en las urnas

La centralidad ha sido una melodía buscada y muy irregular desde la Transición. Desde este escenario, con la UCD, Adolfo Suárez logró la mayoría parlamentaria en los primeros compases de la democracia. Tiempo después, Rosa Díez entró en escena con notas sueltas que hablaban de regeneración. Ahora, tras cuatro años de ascenso, un Ciudadanos descompuesto trata de ver cómo seguir tocando esa canción. La canción -recurrentemente triste- del centro político en España. 

Para la profesora de sociología electoral de la UNED Lourdes López, estos intentos tienen una explicación: “El centro se ha perseguido porque se necesita esa centralidad, que se considera positiva” frente a opciones más escoradas. Partiendo de un pasado en formaciones muy significadas a ambos lados del espectro ideológico, quienes lo han intentado pretendían lo mismo: “Buscar una posición que se convirtiera en un pilar”. 

La UCD de Adolfo Suárez

Era finales de los 70 cuando el cántico del centro empezó a sonar con fuerza al son de la democracia llegada a España tras la muerte de Franco y con Adolfo Suárez como artífice. Este, en los años previos, había sido director general de RTVE y ministro secretario general del Movimiento. Su partido, la Unión de Centro Democrático (UCD), apostó en la campaña de las elecciones generales de 1977 por identificar la centralidad con “la vía segura” hacia un estado de derechos y libertades, y el mensaje caló en el electorado. Suárez logró 6,3 millones de votos (34,4%) y se convirtió en el presidente del Gobierno de la legislatura constituyente.

Justo después de que los españoles ratificaran en referéndum la Constitución, se convocaron unas nuevas elecciones para el 1 de marzo de 1979. En esta cita con las urnas buscaba “la legitimidad popular” para encarar los “objetivos prioritarios” de ese momento histórico y, como rezaba su eslogan electoral, este intento fue un “dicho, y hecho”. Los ciudadanos le dieron la confianza y UCD volvió a ser la fuerza más votada, quedándose a las puertas de la mayoría absoluta.

La estrategia de asociar el centro a la gestión había funcionado hasta entonces, pero este equilibrio duró poco tanto dentro de la formación como en el Gobierno. Suárez quiso remarcar su perfil centrista con gestos como la redacción de una Ley de Divorcio, pero este no fue compartido ni por los sectores más conservadores de UCD ni por la jerarquía eclesiástica. Al tiempo, crecía el desempleo y se acentuaban las diferencias entre Suárez y el Rey Juan Carlos I. El 29 de enero de 1981 Suárez presentaría su dimisión para -argumentó- evitar que esta inestabilidad fuera a más: “No quiero que el sistema democrático sea un paréntesis en la historia de España”.

Leopoldo Calvo Sotelo le sustituyó al frente del Ejecutivo, después de que su sesión de investidura quedara interrumpida por el golpe de Estado del 23-F. Sin embargo, tampoco fue capaz de lograr la estabilidad y casi un año y medio después convocó elecciones anticipadas.

Elecciones de 1982: el inicio de la ‘travesía en el desierto’

En los comicios de 1982 se enfrentaron los que hasta hace poco habían sido compañeros de partido. El centro estuvo representado por Landelino Lavilla en el cartel de UCD y Adolfo Suárez en el del recién creado Centro Democrático Social (CDS), el partido con el que el expresidente del Gobierno se proponía “asegurar el progreso”. 

Esta división, lejos de hacer crecer la representación parlamentaria de este espectro ideológico, supuso una pérdida considerable: de los 168 diputados de la anterior legislatura se pasó a 13, once de UCD y dos de CDS. En contraposición, el PSOE logró la mayoría más amplia registrada hasta la actualidad: 202 escaños.

Este fracaso generó en la siguiente cita nacional con las urnas un nuevo intento de aglutinar los votos del electorado de centro. Fue la conocida como ‘Operación Roca’, encabezada por Miquel Roca que se presentó bajo las siglas de CIU, pero con el respaldo del Partido Reformista Democrático (PRD). El resultado de esta formación fue, sin embargo, muy negativo: solo logró el respaldo del  0,91% de los electores.

Tanto en estos comicios como en los siguientes, la candidatura del CDS siguió presente, pero sin alcanzar la relevancia del centro político en los primeros años de la Transición. Tras el batacazo de 1982, la formación logró 19 escaños en 1986 y 14 en 1989, pero las sucesivas mayorías socialistas le relegaron a un papel intrascendente.

En opinión de la profesora López, no se puede entender el fracaso de uno sin tener en cuenta el éxito de otro: “El centro ha tenido una representación en unos momentos y en otros la ha perdido. Depende de la polarización política y de la volatilidad del electorado, que son normales e históricas en España”. 

En esta línea, un pésimo registro de CDS en las elecciones municipales y autonómicas de 1991, provocaron la última y definitiva dimisión de Suárez. En la comparecencia en la que lo anunció su adiós de la política, afirmó: “Debo asumir la responsabilidad absoluta de este resultado”.

El ‘viaje al centro’ de Aznar

En la década recién empezada de los 90, fue el PP el que  tras su refundación quiso llenar el vacío dejado en el centro político. Este viraje, materializado en la incorporación de distintos partidos regionales centristas bajo las nuevas siglas, se dio por culminado en el congreso del partido en 1999. 

En él, José María Aznar reconoció el interés electoral detrás del giro: «Podemos decir que estamos en el Gobierno porque estamos en el centro. Y si no estuviéramos en el centro no estaríamos en el Gobierno». Durante su discurso, el líder justificó el cambio en el aumento de la diversidad del país, que ya había sido abordada en la ponencia ‘La España plural’: «Somos muchos más de los que éramos, representamos un universo mucho más plural y estamos obligados a dar respuesta a eso.”

El intento de UPyD

A ojos de los ciudadanos, Unión Progreso y Democracia (UPyD) fue el partido que, liderado por la exsocialista Rosa Díez, en 2008 volvió a ocupar la centralidad. Lo demuestra un dato: en la escala ideológica recogida por el CIS, donde el 1 es el máximo a la izquierda y el 10 el máximo a la derecha, la formación de Rosa Díez se mantuvo en una media de 5 en las dos legislaturas que estuvo presente en el Congreso. 

La presencia en esta Cámara fue muy inferior a la que lograría después Ciudadanos, pues logró un diputado en las elecciones de 2008 y cinco en las de 2011. Sin embargo, entre las reclamaciones que UPyD hizo en sus primeras apariciones en la tribuna parlamentaria se encuentran muchas de las exigencias que años más tarde haría el propio Rivera. Algunos de los ejemplos son la reforma de la Ley electoral o el cambio en la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). 

Las similitudes entre ambos eran tales que, incluso, negociaron para concurrir juntos a las elecciones del 2015, pero las conversaciones no llegaron a dar fruto… entonces. En los comicios del 10-N, Ciudadanos y UPyD acordaron que los dos candidatos del partido magenta quedaran integrados en las listas naranjas.

Ciudadanos, el partido que volvió a reivindicar el centro

Albert Rivera se estrenó, así, en solitario el 20-D. Y lo hizo bajo un lema – “Con ilusión”- y un resultado que le llevó asegurar que se había abierto “una nueva era política” en España. El balance fue de 40 escaños y 3,5 millones de votos. 

Cuatro años, tres comicios generales y una redefinición ideológica después (de socialdemócrata a liberal progresista), quien se ha presentado como el último referente del centro ideológico en la política española presentaba hace una semana su dimisión con unas palabras muy similares a las pronunciadas por Adolfo Suárez en 1991. Tras perder 47 escaños (el 82,4% de su representación en el Congreso) y ver su grupo parlamentario reducido a 10 asientos, Albert Rivera alegó a “la responsabilidad” para dejar su cargo: “Cuando hay éxitos en un proyecto colectivo, los líderes debemos saber que estos son de todos, pero los malos resultados son del líder”. 

El exdirigente de Ciudadanos se fue apelando a la misma idea con la que en su día emprendió la expansión nacional de su partido: reivindicando que existe un electorado de centro. Al principio, Rivera trató de ocupar este espacio en nombre de la regeneración y de la gobernabilidad frente al bloqueo político. Así, firmó en apenas seis meses sendos acuerdos para investir a Sánchez y Rajoy en 2016 con idéntico argumento: “Poner encima de la mesa aquello que nos une y no a buscar lo que nos divide”. 

Con el tiempo, la agudización de la crisis en Cataluña, la llegada del PSOE a la Moncloa tras la moción de censura y la irrupción de VOX hicieron virar paulatinamente a Rivera hacia la derecha, tal y como reflejan la hemeroteca y la posición ideológica en la que le situaron los ciudadanos en el CIS. Siendo el 5 la posición central, el registro del partido varió del 5,54 de media en mayo de 2014 al 7,1 del barómetro del pasado mes de octubre.

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