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No todo son anticuerpos: puede que tengamos más inmunidad de la pensada
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No todo son anticuerpos: puede que tengamos más inmunidad de la pensada

En teoría, apenas un 5,2% de la población española está protegida temporalmente frente al SARS-CoV-2. Pero esta cifra sólo mide la presencia de anticuerpos en su sangre, que delatan una infección pasada. La protección podría ser mayor gracias a otras células, pero aún no se ha podido medir.



En el hospital Monte Sinaí de Nueva York decidieron a finales de abril hacer test de anticuerpos en sangre a más de 1.300 personas. Aquellos ensayos en busca de infecciones por SARS-CoV-2 pasadas incluyeron a personal del centro, como el doctor Carles Cordón-Carbó o su colega Florian Kramer.

Entre aquellas personas que donaron unos mililitros de su sangre para el experimento, había muchas que estaban convencidas de que aquel catarro o gripe rara de febrero había sido COVID-19. Otros, como el doctor Cordón-Carbó no habían tenido el más mínimo síntoma.

Resultó que entre los sintomáticos, no llegaba a un 40% el número de personas que tenían anticuerpos propios de quien ha superado la enfermedad. El catarro había sido eso… catarro. Sorprendentemente, el médico, por el contrario, sí que tenía. Pocos anticuerpos eso sí. Aunque, al repetirse en análisis dos semanas después «los tenía disparados». ¿Qué pasa aquí con los anticuerpos?

«No está claro si existe una diferencia en las respuestas de anticuerpos encontradas en individuos que presentan COVID-19 grave, leve y asintomático y cuánto duran las respuestas de anticuerpos», explica Krammer, quien a principios de junio publicaba una carta en Science reflexionando sobre la experiencia con los test en sangre en su hospital.

Otro trabajo, en Nature, esta vez con apenas 37 pacientes de China, mostraba que la cantidad (técnicamente, los títulos) de anticuerpos en personas asintomáticas o muy leves descienden marcadamente hacia el segundo o tercer mes, una vez superada la infección.

Directamente pasaron a dar negativo en anticuerpos de memoria IgG el 40% de las personas durante su convalecencia temprana, antes de tres meses tras la infección. Está por ver si este fenómeno es generalizado.

«Tampoco está claro si los títulos de anticuerpos (vinculantes o neutralizantes) se correlacionan con la protección contra reinfecciones», añade Kramer. Es decir, los anticuerpos nos dan información valiosa. Pero quizás tampoco sea necesario fiarlo todo a los anticuerpos. Hay protección más allá.

La memoria de nuestras células contra los catarros y la COVID-19

Para empezar, siempre tenemos «algo de inmunidad entrenada, no hay pruebas concluyentes pero hay al respecto una corriente de opinión [entre expertos]», como Jorge Carrillo, quien habla así para Newtral.es desde el Institut de la Recerca del Sida de Barcelona (IrisiCaixa).

Cuando padecemos infecciones por algún virus, nuestro repertorio de células de defensas puede acordarse del patógeno en los siguientes encuentros con él. Pero, también, con otros nuevos que se le parecen. Es quizás el caso de los coronavirus.

Otros cuatro coronavirus circulan actualmente en la población humana. Por lo general, causan síntomas leves y juntos son responsables de aproximadamente una cuarta parte de todos los resfriados estacionales.

Una teoría, no demostrada pero con indicios, es que se genera algo de protección frente al SARS-CoV-2 tras pasar por catarros generados por viejos coronavirus. No nos vuelve inmunes por completo, pero algo queda.

«Los coronavirus tienen algún parecido. Es fácil que tengas cierto grado de inmunidad humoral (por ejemplo, la que dan los anticuerpos), pero también de tus lifocitos», explica Carrillo.

Esto, que puede ocurrir con otros coronavirus y hasta otros patógenos, sería aún más claro tras una infección por el propio SARS-CoV-2. Es decir, que algunos linfocitos, que son células del ejército de las defensas, guardarán memoria y capacidad de ataque futura, más allá de que haya o no anticuerpos en sangre.

El Equipo T tiene memoria

En California, dentro del laboratorio del doctor Alessandro Sette, en el Centro de Investigación de Vacunas e Infecciosas de La Jolla Institute, decidieron ver qué pasaba en los cuerpos de diez pacientes con COVID-19 grave de Roterdam (Países Bajos).

Todos desarrollaron anticuerpos, pero los investigadores se fijaron en los linfocitos T. Esas células se habían puesto en marcha para combatir el SARS-CoV-2, lo cual es normal en la mayoría de infecciones. La cuestión es que esas ‘fuerzas especiales’ fueron directas a atacar a la llave con la que el virus se abre paso: la proteína S de sus pinchos.

Se pueden tener muy pocos o ningunos anticuerpos y, aún así, contar todavía con protección de memoria contra el coronavirus.

«Hay datos sólidos que sugieren que la respuesta de las células T también es importante para la protección e inmunidad frente al SARS-CoV-2 y posiblemente sea independiente de la respuesta de los anticuerpos», explica a Newtral.es desde California Sydney Ramirez, del equipo de Sette, y coautora del estudio, publicado en Cell.

O sea, en un análisis puedes tener un índice de anticuerpos muy bajo –quizás porque pasaste una COVID-19 muy leve o hace mucho tiempo– y tener cierta protección pese a todo. Gracias a las células T y otras que actúan como recordatorio. Porque se entrenan y tienen siempre a mano la lista de los más buscados.

Algunas de las células que nos defienden de patógenos | M.V.

Ellas son, al fin y al cabo, la primera línea de defensa específica y en muchas ocasiones impiden que enfermemos cuando empieza a multiplicarse el patógeno en las células. Hay linfocitos T colaboradores (CD4+) que no atacan, pero alertan. Y linfocitos T citotóxicos, fuerzas especiales que matan células infectadas. Y linfocitos T de memoria, como patrullas.

En otro trabajo preliminar, el Grupo de Estudio Karolinska COVID-19 (Suecia) vio que había linfocitos T específicos de SARS-CoV-2 en familiares e individuos que daban negativo en anticuerpos, pero con antecedentes de COVID-19 asintomático o leve.

Este otro estudio, también pendiente de revisión, observó que pacientes que se habían infectado en el pasado daban negativo en los test de anticuerpos, tenían muy pocos. Pero, si buscaban en sus linfocitos, había protección.

Lo más llamativo es que 8 de cada 10 no infectados también gozaban de defensas entrenadas para el SARS-CoV-2. Quizás no las mejores, pero tenían algo de protección. Una vez más, la hipótesis de la inmunidad cruzada de los viejos catarros, según Ramírez.

Si sólo observamos los anticuerpos, es posible que nos falte una parte importante de lo que constituye la inmunidad protectora

Alba Grifoni, La Jolla Institute (California)

«En ratón de laboratorio se ha demostrado que las respuestas de células T (en concreto la tipo CD4 colaboradora) eran importantes para la protección independiente de las respuestas de anticuerpos», apunta Ramirez en la misma línea que su colega Alba Grifoni: «Si sólo observamos los anticuerpos, es posible que nos falte una parte importante de lo que constituye la inmunidad protectora contra el SARS-CoV-2, que es la respuesta de las células T».

Podríamos pensar que arañamos algún dígito de cara a la ansiada inmunidad de grupo natural. Pero, ¿cómo lo medimos? Aquí no vale un pinchazo y un análisis de sangre.

«El problema de estas técnicas [para medir respuestas de linfocitos] es que no tenemos test rápido –asegura Jorge Carrillo–. Tienes que hacer cultivo y estimularlas, hacer varias réplicas, y el numero que puedes obtener es limitado».

El misterio de los linfocitos entrenados entre quienes no han pasado COVID-19

[Actualizaciones]: ¿Quién entrena a nuestras defensas? Los patógenos. Una buena lucha contra ellos, hace semanas o hace años. La memoria inmunitaria puede variar bastante según el tipo de causante de la infección. Pero, ¿y si no somos capaces de reconocer al entrenador?

Un equipo alemán ha descubierto que pacientes sanos, que nunca han tenido COVID-19 y carecen de anticuerpos específico, tienen células T que reaccionan al SARS-CoV-2. ¿De dónde les viene la memoria de un virus que nunca han visto antes?

La teoría, publicada este 29 de julio en Nature, se centra en catarros producidos por coronavirus antiguos. «Detectamos células T CD4 + (son linfocitos colaboradores, no los que atacan directamente, sino los que recuerdan y ayudan a los que matan) reactivas al SARS-CoV-2 S en el 83% de los pacientes con COVID-19 pero también en el 35% de los pacientes sanos», explican.

Estas células T también fueron a por muestras de coronavirus de catarros comunes. Sugiendo que fueron ellos los que, alguna vez en el pasado, las entrenaron. Quizás no eviten desarrollar COVID-19, pero sí que sea más leve, gracias a los resfriados del pasado, a los que, por cierto, son propensos los más pequeños.

Extrapolando –algo bastande atrevido–, ¿un tercio de la población es relativamente inmune a padecer COVID-19 y se nos está escapando del radar de los anticuerpos?

Esto no es del todo nuevo, pero hay una parte que no cuadra con otro trabajo publicado el pasado 15 de julio. Un equipo de la Escuela de Medicina Duke-NUS (Singapur) explicó en Nature los sorprendentes resultados de analizar las células T de una treintena de pacientes recuperados de COVID-19, otros tantos del SARS de 2003 y otro grupo que no se había expuesto a ninguno de los dos.

Las células T de quien se había expuesto al SARS-CoV-2 y al SARS-CoV se acordaron del patógeno, y fueron directss a una proteína que tiene el virus (NP) para inactivarlo.

Según publican los autores, «sorprendentemente, también detectamos con frecuencia células T específicas de SARS-CoV-2 en individuos sin antecedentes de SARS, COVID-19 o contacto con pacientes con estos».

Pero, a diferencia de lo que vieron los alemanes, las células T específicas reconocieron fragmentos de proteínas con bajo parecido con coronavirus humanos del resfriado común. Más bien similares a betacoranavirus animales. ¿Nos hemos estados infectando silenciosamente durante años de virus presentes en el mundo animal?

Este equipo concluye que la infección con betacoronavirus induce inmunidad variada y de larga duración gracias a las células T que van a la proteína estructural NP. 

Entonces… ¿podemos confiarnos?

Definitivamente, no. Nuestro conocimiento del SARS-CoV-2 es todavía limitado. Es cierto que más de siete meses después de los primeros casos conocidos por este coronavirus, no se han visto reinfecciones (sí reactivaciones).

«No sería descabellado pensar que una persona puede tener cierto nivel de inmunidad al SARS-CoV-2 durante varios meses (por ejemplo, siete). Sin embargo, no está claro qué se necesita para protegerse de la reinfección en este momento», asegura Sydney Ramirez.

«Las respuestas inmunitarias que nosotras (y otros equipos) hemos detectado en personas recuperadas de COVID-19 pueden no ser de inmunidad esterilizadora«. O sea, que pueden volver a caer enfermas, pero quizás de manera más leve.

Dado que no sabemos si existe un cierto título de anticuerpos que nos garantice protección, sería difícil decir que todas las personas estén a salvo durante un período de tiempo específico. «Para muchas vacunas sí que hay datos que indican qué título de anticuerpos después de la inmunización es protector», precisa Jorge Carrillo.

Ahí es donde se enfocan ahora todos los esfuerzos ya que, como explicaba aquí el vacunólogo Carlos Martín Montañés, del Grupo de Genética de Micobacterias en la Universidad de Zaragoza, la primera vacuna que tengamos quizás no sea la mejor. Pero si protege eficazmente a un número importante de personas ya habremos avanzado mucho.

Y, desde el punto de vista epidemiológico, no sólo habremos reducido el número de susceptibles a enfermar-contagiar. Se sumarán a las que, de manera silenciosa, también estén protegidas por una u otra razón.

Además: todo sobre el coronavirus, en 10 vídeos: La Covidpedia

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