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¿Genes COVID? ¿Grupo sanguíneo A? Por qué hay quien enferma gravemente
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¿Genes COVID? ¿Grupo sanguíneo A? Por qué hay quien enferma gravemente

Hay regiones del genoma relacionadas con la respuesta descontrolada del sistema inmune. Justo el que termina matando en los casos graves de COVID-19. Puede que haya también una relación con el tipo de sangre.

Genética y COVID-19

Sara puso nombre, en marzo, a las trágicas muertes en población joven que se han dado en el triángulo maldito de la COVID-19, en La Mancha. La médica de familia de Mota del Cuervo apenas contaba 28 años cuando se convirtió en la segunda víctima sanitaria de la región.

A apenas 5 km de allí, la tragedia se cebaba en esas fechas con otra familia. Los últimos días de marzo cinco miembros empiezan a mostrar síntomas de COVID-19. Todos fallecen en apenas una semana. Tres de ellos entre los 50 y 63 años.

En común, muertes fulminantes de personas no ancianas que compartían una genética y espacios de encuentro. Algo que se ha podido ver de cerca en pueblos donde es más sencillo poner cara al virus y trazar vínculos.

Tormenta inflamatoria ante virus | M.V.

A partir del octavo día de infección se reduce la carga viral pero o se recupera o se entra en una espiral de destrucción por las propias defensas del organismo.

Menores de 65 años. Incluso jóvenes y niños. Sin hipertensión, sin diabetes, sin obesidad, sin EPOC ni otras afecciones respiratorias crónicas. En suma, sin los reconocidos factores de riesgo para padecer COVID-19 grave. ¿Por qué se quedan fuera de esa estadística que dice que el 80% de los contagios desarrollan síntomas leves?

«En casos como estos puede haber varias explicaciones: las costumbres sociales y proximidad [que pueden exponer más a] una carga viral, pero también la genética». Quien así lo analiza es la doctora Marta López de Diego, microbióloga del CNB-CSIS que, desde Madrid, junto a un equipo dirigido por Anna Planas del Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona (IIBB-CSIC), está inmersa en descubrir qué hay en nuestro libro de instrucciones genético para predisponernos a enfermar gravemente con el coronavirus.

Apenas niños menos de 10 años y cinco menores de 18 han muerto por COVID-19 durante esta crisis. Cifras que suman el 0,1% de los fallecimientos, que empieza a escalar en los siguientes tramos de edad.

Por más que se diga que esta es una enfermedad de mayores (casi 9 de cada 10 muertes se producen por encima de los 70 años), hay alrededor de un 10% de muertes ‘jóvenes’, algunas sin patologías conocidas, que la genética trata de explicar.

«En buena parte de los casos, más que el virus en sí, la muerte deriva de una reacción excesiva del propio sistema inmune», algo que para López de Diego es algo que «se da más en población mayor».

Para Planas, «La edad avanzada y la presencia de enfermedades crónicas aumentan el riesgo de padecer una reacción grave y necesitar ingreso en UCI e incluso de fallecer». Pero ahí hay algo más que desgaste y envejecimiento.

El porcentaje de jóvenes sanos devastados por la COVID-19 está en el terreno «actualmente desconocidosa», recalcaba Planas en las presentación de su proyecto, llamado InmunoGen.

Los genes antivirales

«Sabemos que hay ciertos genes antivirales, por así decirlo», señala López de Diego a Newtral.es. «Tienen acción contra muchas infecciones y las rutas de señalización y activación es muy común». En concreto, se están fijando en una zona del genoma que regula la función inmune innata, que «codifica una proteína importante para combatir infecciones». 

Esta labor detectivesca empieza en los hospitales. Y no es un paso fácil. Tan difícil como lidiar con el virus es con la protección de datos. Una muestra tomada alguien enfermo es un tubo lleno de big data no sólo sobre el presente, sino sobre el futuro de una persona.

En nuestros genes pueden estar escritos nuestros cánceres, cardiopatías o simples miopías futuras. Información sensible para lo bueno y para lo malo. Incluida nuestra predisposición a enfermar gravemente de COVID-19.

Una de las complicaciones de este tipo de proyectos es lidiar con las autorizaciones de pacientes. En los casos más graves es más difícil por razones obvias. La persona debe consentir la toma de muestras de secreciones que luego se congelan y pasan a formar parte de un biobanco.

En este caso, están usando muestras de pacientes de menos de 60 años sin patologías previas que enfermaron muy gravemente de COVID-19, a comparar con otro centenar de personas sanas cuyo COVID-19 apenas quedó en un catarro. De ahí, a la secuenciadora genética.

Un abordaje paralelo es el que plantean desde la Universidad de Stanford, centrándose en la sangre que circula por el cuerpo y la secuenciación del ARN de células. En esencia, para ver qué interruptores genéticos se encendían y apagaban cuando hacía acto de presencia el coronavirus ante pacientes graves (cuatro de siete infectados).

Según han publicado en Nature Medicine, han visto cómo en estos casos se terminan ‘desconectando’ las defensas más especializadas y que dan una respuesta más proporcionada a la infección.

La sangre a la que le gusta el SARS-CoV-2

Otro equipo internacional, dentro de la iniviativa COVID-19 hg, está sobre una pista parecida. Con estudios de asociación del genoma completo (GWAS) de 1.980 pacientes con insuficiencia respiratoria de Milán, Monza, Madrid, Donostia y Barcelona, vieron que quizás haya algo en la sangre del grupo A que le guste al SARS-CoV-2.

En el macroestudio ha participado el Centro de Investigación Biomédica en Red (CIBER/ ISCIII).

Por lo visto en 1.610 muestras de Italia y España, quien pertenecía al grupo sanguíneo A tenía un 50% más de probabilidad de necesitar un respirador. Al contrario, la sangre tipo O parece funcionar como protectora. Al menos eso se desprende de un estudio recién publicado en NEJM cuyo borrador fue publicado a comienzos de junio. Futuros estudios tendrán que confirmar estos extremos.

Algunos trabajos apuntan a una relación entre sangre tipo A y un incremento del riesgo de desarrollar COVID-19 grave de hasta el 50%.

Todo glóbulo rojo de cualquier sangre es casi idéntico salvo dos cosas: la presencia o ausencia de un par de antígenos. Uno es el RH (+ o -) y el otro, una molécula de azúcar en su superficie. La tipo O carece siempre de él. La A o B lo tienen. De manera que las defensas del organismo pueden reaccionar a ese antígeno atacándolo, si no lo reconocen como propio –por eso no vale cualquier sangre para un receptor, salvo la tipo O negativo–.

Jacques Le Pendu, de la Universidad de Nantes, investigó un modelo in vitro del SARS-CoV de 2002. Vieron que los anticuerpos que atacan al azúcar de la sangre tipo A también bloquean la cerradura de acceso a las células de la que se vale el coronavirus. Y esos anticuerpos son típicos en alguien del grupo O. Estas determinaciones del tipo de sangre ABO se producen en el cromosoma 9.

La otra región genómica que identificaron los investigadores aparece en el cromosoma 3 humano y contiene varios genes de interés. Uno es SLC6A20 , que codifica una molécula que va directa a la misma cerradura que abre el ‘pincho’ (proteína S) del coronavirus: la puerta ACE2 de entrada a las células.

Según Andre Franke, genetista molecular de la Universidad de Kiel (Alemania) y coautor de este trabajo, el lugar donde se encuentra el gen de tipo sanguíneo también contiene un tramo de ADN que actúa como un interruptor que enciende unos genes que produce una proteína que desencadena fuertes respuestas inmunes.

Dos genes en este grupo codifican los receptores relacionados con el sistema inmunitario (CXC6 y CC9). Ambas proteínas funcionan como reclutas de células T, en casos de gripe, que son como las fuerzas especiales del ejército de defensas de nuestro organismo: muy finas en su trabajo y efectivas.

Son la diferencia con los macrófagos que inicialmente se desatan en la infección y, cual artillería, devoran cuando se pone a tiro, terminando en una tormenta de citoquinas que, descontrolada, arrasa al paciente.

Hasta la fecha, no se había localizado una región concreta que arrojase indicios tan claros de que hay unos genes que faciliten que un contagio termine mal. Y, ciertamente, no todo el futuro está escrito con las cuatro letras de nuestro ADN. A veces, es una cuestión de trazo, sutiles matices y combinaciones genéticas y ambientales determinan cómo y cuándo enfermaremos.

Hay una docena de estudios en marcha sólo en España. Futuros resultados, como en el que trabajan las doctoras Planas y López de Diego, aportarán más pistas de cara a desarrollar tratamientos o proteger a grupos concretos de población más vulnerable.

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