Cuando nació mi hijo Ariel, perdí la cuenta de las veces que me recordaron el reto que tenía por delante: educar a un futuro hombre feminista. También le felicitaban a él por tener una madre feminista. “Qué bien esta nueva generación de niños que van a mamar el feminismo desde pequeños”, escuchaba. Poco después de su nacimiento se estrenó la serie Adolescencia, que narra la historia de un niño de 13 años, Jamie, que asesina a una compañera de clase después de haber comenzado a tener contacto con la comunidad incel en internet. Y, recientemente, unas amigas me enviaron un post que se viralizó en Instagram sobre el miedo que sentimos las madres al educar a la próxima generación de hombres. “Da miedo pensar que tu hijo —tu niño, el que ahora te busca la mano para cruzar la calle o se duerme encima de tu pecho— pueda algún día convertirse en un agresor. Porque los agresores también tienen madres. Y muchas de esas madres seguramente hicieron todo lo posible. Seguramente fueron cariñosas, presentes, cuidadosas. Seguramente les dieron amor. Y aun así, algo falló”, se leía en las cartelas.
El temor a no saber hacer de mi hijo un buen hombre a mí también me sobresalta de cuando en cuando. Es imposible salir indemne de la maternidad —de la vida, diría—. Los miedos son espectros que conversan con nosotras desde el más allá y conviene escucharlos. No solo porque el catálogo de temores propios nos enseña bastante sobre nuestra fragilidad, sino porque lo hace también sobre el mundo que nos rodea —toda época tiene sus miedos contemporáneos—. Sacudirse la vergüenza de encima y poder enunciarlos en voz alta es bastante liberador, pues le da permiso a nuestra imperfección para ser y existir. Sin embargo, este miedo a que tu hijo se convierta en un agresor, de la forma en que se está formulando y proyectando, para mí tiene que ver más bien con un nuevo ideal de la buena madre que con una forma de movilización colectiva.
Que las madres con hijos varones tememos ver a nuestras criaturas captadas para una especie de ejército incel no es algo que debamos silenciar ni ridiculizar, sino tratar como lo que es: un síntoma de lo hostil que resulta la vida en un contexto en el que hemos comenzado a visibilizar las interminables violencias masculinas. Sin embargo, se está usando para instaurar una narrativa puramente reaccionaria: que las madres son, en última instancia, responsables del comportamiento de sus hijos. Aunque pueda parecer inofensivo, hacer hincapié en la idea de la “madre feminista” es otorgar la dimensión feminista únicamente a la madre. Y esto es problemático por dos cosas. En primer lugar, porque refuerza la idea de que los hijos pertenecen a los padres y que son una especie de proyecto personal con el que demostrar tu valía a través de la pureza conductual de tus criaturas. Y si los hijos pertenecen a los padres, entonces toda decisión sobre su educación compete solo a los progenitores. Así se acaban comprando discursos que rechazan hablar de sexualidad y diversidad en las aulas, que defienden el pin parental, que abogan por el homeschooling o que criminalizan el acceso a las pantallas. Toda medida es insuficiente para evitar que tu hijo se contamine del mundo. Se idealiza el hogar como un espacio de seguridad, cuando sabemos que la familia puede ser un ámbito de violencias indecibles, y se presenta el exterior como un espacio de inseguridad. Así es como en nombre de la infancia se normalizan políticas de extrema derecha basadas en la idea de evitar lo comunitario y apostar por la familia nuclear. Además, frente a la incertidumbre colectiva, el control sobre los hijos calma las ansiedades sociales de los padres.
En segundo lugar, si la dimensión feminista se atribuye a la madre, implica atribuirle una competencia exclusiva a ella en la crianza. Y como ya apuntaba este artículo científico de la American Psychological Association (APA) en 1985, las cargas que no son compartidas generan una asociación directa entre el trabajo hecho por la madre y el resultado, que es la conducta del hijo. Cualquier posible problema será culpa de la madre. Y esa culpa, advertía ya la APA, puede resultar “devastadora”.
Unos años antes, en 1982, la psiquiatra Stella Chess ya desarrollaba en este artículo científico lo que ella denominó como la “ideología de culpar a la madre” (‘blame the mother’ ideology). Chess apuntaba que en su práctica clínica había visto cómo el punto de partida para diagnósticos médicos, psicológicos y psiquiátricos en la infancia y en la adolescencia se situaba en la madre. Es decir, su comportamiento o actuación se entendía como fuente originaria del problema en cuestión. Esta psiquiatra lo resumía con una frase que un colega de profesión incluyó en el informe de un paciente menor de edad: “To meet Johnny’s mother is to understand his problem” —conocer a la madre de Johnny es entender su problema—.
Hay multitud de evidencia científica sobre la culpabilización materna como ideología. En este artículo, su autora, la investigadora Joanna Wilson Scott, sostiene que “las madres son frecuentemente utilizadas como el principal factor traumatizante, demonizadas y despersonalizadas para reafirmar la humanidad de sus hijos violentos”. Es decir, frente a los hijos “monstruosos”, la madre “monstruosa” se presenta como última responsable de su comportamiento por ser el vector de transmisión de dicha malignidad. Y este otro paper, en línea con este, ahonda precisamente en cómo “la culpabilización materna sigue siendo un motivo central en las narrativas culturales dominantes sobre la masculinidad violenta”.
Esta otra publicación científica explica cómo “el personal de los distritos escolares de Estados Unidos suele culpar a las madres cuando sus hijos con discapacidades enfrentan dificultades educativas”. Y este otro artículo académico indaga en la atribución de culpa materna cuando los menores de edad son víctimas de abuso infantil por no haber sido suficientemente protectoras. También hay evidencia sobre cómo se culpa a las madres de los adolescentes que perpetran tiroteos masivos en escuelas de Estados Unidos, como muestra este otro paper.
Todo esto demuestra que las madres son todavía conceptualizadas como responsables de la decadencia humana o de lo contrario: pueden ser salvadoras o corrompedoras. Son una fábrica de moral. Por eso me preocupan narrativas como la de “ser madre feminista de un niño”, porque en el fondo establece un estándar demasiado exigente e inalcanzable. Ocurre algo parecido con la narrativa de la “crianza respetuosa”, donde lo respetuoso, a tenor de las recomendaciones de instagramers y tiktokers, es dar teta en exclusiva, hacer colecho y llevarle a un colegio Montessori. ¿Qué significan realmente “respetuosa” y “feminista” en esos contextos? Si hay un tipo de crianza respetuosa y feminista, significa que otras no lo son. Y eso no solo es dejar fuera a muchas madres, sino condenar a esos hijos a ser supuestamente peores hombres.
Me preocupa también este fatalismo de género según el cual no podemos esperar de nuestros hijos mucho más que que no se conviertan en agresores. Me preocupa que se dejen de lado otras cuestiones que no parecen tan fundamentales como la desigualdad de género, como pueden ser el racismo, la aporofobia o la LGTBIfobia. Porque si la mayor preocupación de una “madre feminista” es que su hijo no sea un agresor machista, me pregunto cuál es la preocupación de una madre de un chaval de 14 años de ascendencia paterna marroquí al que le pegan una paliza unos nazis en Torre Pacheco. Me pregunto también por las familias y seres queridos de Abderrahim El Akkouh y de Haitam Meijri, muertos ambos presuntamente a manos de la Policía.
Nos guste o no, nuestros hijos serán gracias al mundo y a pesar de él. Lo que hacemos importa, y muchísimo, pero no es absolutamente determinante. Y asumir eso alivia la culpa materna, pero supone también asumir una verdad aterradora: que no sabemos quiénes serán nuestros hijos en el futuro. Como escribía la escritora italiana Veronica Raimo, “para empezar a ser persona, hay que tener secretos con la familia”. Es sano y hasta deseable no saberlo todo de nuestros hijos. Y hasta de una misma.