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De Marisol Paíno a Caster Semenya: la humillación de las deportistas por su cuerpo
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De Marisol Paíno a Caster Semenya: la humillación de las deportistas por su cuerpo

La reciente normativa de la IAAF impide competir a aquellas atletas que superen ciertos niveles de testosterona. La solución pasa por medicarse si quieren participar en eventos deportivos. Esto afecta a deportistas como Caster Semenya, que se ha negado a intervenir su cuerpo con fármacos. El cuestionamiento del sexo y el género en mujeres deportistas viene de lejos

La atleta Caster Semenya corre y no se arrodilla. No es solo un gesto deportivo, sino un acto simbólico con el que ha querido poner en jaque, de nuevo, la normativa que cuestiona los cuerpos de las mujeres en el ámbito del deporte. 

La ausencia de Semenya en las eliminatorias de 800 metros femeninos, que se disputaban en el Mundial de Atletismo que se celebra en Doha y que finaliza este domingo, se debe a la negativa de la deportista de medicarse para reducir sus niveles de testosterona, tal y como obliga la nueva norma de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF).

El caso de Semenya se remonta una década atrás, cuando ya en 2009 tuvo que someterse a pruebas de “verificación de sexo”, entre las cuales estaba desnudarse ante un tribunal médico. Finalmente, se ha concluido que la mediofondista tiene hiperandrogenismo: sobreproducción de testosterona.  

Caster Semenya en la portada de Athletics Weekly (2018)

El Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) falló el pasado mayo a favor de la IAAF, impidiendo que aquellas atletas cuyos cuerpos produzcan más testosterona de la que la medicina considera habitual no pueden competir. A menos que reduzcan el nivel de dicha hormona a través de una intervención farmacológica o, incluso, quirúrgica. Quien quiera competir en categoría femenina debe tener un nivel de testosterona inferior a 5 nanomoles por litro de sangre. El propio TAS reconoce en la sentencia que la normativa de la IAAF es “discriminatoria” pero que es “una discriminación necesaria y razonable” para “preservar la integridad del atletismo femenino”.

“En unos años nos daremos cuenta de que lo que han hecho con muchas de nosotras, y ahora con Semenya, es una aberración”, explica María José Martínez Patiño a Newtral.

Patiño es profesora e investigadora del Research Group GIES 10 de la Universidad de Vigo, y forma parte del panel de expertas y expertos de la Comisión Médica del Comité Olímpico Internacional (COI). Pero antes, en los 80, Patiño fue una destacada atleta española.

La atleta María José Martínez Patiño (1989)

Dice que empezó con 12 años a entrenar y se “enamoró de la velocidad, de correr rápido”. Consiguió participar en el Primer Mundial de Atletismo, celebrado en Helsinki en 1983. La Selección Española acudió con 27 atletas: 24 hombres y tres mujeres. Ella era una de esas tres. También fue la primera mujer becada para entrar en una residencia de deportistas, la Joaquín Blume. Gracias a eso pudo mantenerse económicamente y dedicarse a entrenar, ya que no contaba con el apoyo familiar. 

En Helsinki, Patiño pasó su primera “verificación de sexo” a través de “un análisis de la saliva”. “Me dieron un carné con el que podía competir”, explica. Pero tan solo dos años después, otro análisis, esta vez sanguíneo, detectó que la atleta tenía cromosomas XY. Determinaron que era un hombre. Quedó excluida de la Universiada de Kobe en 1985. Su diagnóstico fue el de síndrome de insensibilidad a los andrógenos: aquellas personas con cromosomas XY pero resistentes a los efectos de los andrógenos, consideradas hormonas sexualmente masculinas.

“No valoraron nada más: ni niveles hormonales, ni me hicieron análisis ginecológico. Yo me miraba al espejo y lo único que veía era una mujer. Estuve casi tres años sin apoyo ninguno. Viví una soledad tremenda. A veces iba a entrenar yo sola a oscuras, cuando no había nadie. Nadie creía en mí, y nadie creía que yo volvería a competir”, explica Patiño en conversación telefónica. 

Personas intersex

Ella forma parte del colectivo de personas intersex: “Se suele decir que la intersexualidad es una característica sexual, no una orientación ni una identidad. Son características sexuales que pueden afectar a cromosomas, fenotipos, genitales, gónadas u hormonas. En algunas de esas características sexuales o en varias hay una variación que no se ajusta a lo que normativamente entendemos como hombre y mujer. Al no ajustarse son patologizadas, consideradas errores de la naturaleza que tienen que ser corregidas a través de la cirugía o intervención médica”, apunta a Newtral Daniel J. García López, doctor en Derecho y cuya investigación se centra en los márgenes de la sexualidad jurídica. 

“A día de hoy, se sigue considerando una patología y no una diversidad humana más. Esto justifica o legitima las intervenciones quirúrgicas neonatales, es decir, mutilaciones genitales a bebés, o también los controles de identidad de género exclusivamente a mujeres en el deporte”, señala García López.

El doctor en Derecho critica el binarismo que castiga los cuerpos no normativos: “El TAS y otros organismos deportivos están diciendo que aquellos cuerpos que generan testosterona por encima de determinados niveles ya no son cuerpos de mujeres. No pueden competir en categorías de mujeres pero tampoco en las de hombres. Obviamente hay una mayoría de personas que reúnen ciertas características, pero de ahí no se puede construir un ‘deber ser’, es decir, una norma a partir de la cual aquellas personas que no reúnan esa mayoría de características quedan excluidas”. 

Tanto Patiño como García López señalan que hay muchas cuestiones, no solo genéticas, que podrían considerarse ventajas competitivas: “Si eres hombre y tienes unas piernas más largas, tienes más probabilidades de correr más o dar zancadas más largas. Pero no por ello te van a cortar las piernas”, apunta el doctor en Derecho.

“Y también la clase social puede ser una ventaja”, apunta la exatleta María José Martínez Patiño. “¿Por qué una variación biológica, como en mi caso o en el de Semenya, se considera una ventaja pero otros rasgos genéticos y variaciones no? A las mujeres que a ojos de los demás parecemos ‘masculinas’ nos piden probar nuestra feminidad, y eso es muy injusto porque no hay un solo tipo de mujer”, añade.

En España, el de Patiño no fue el único caso mediático que hacía un escrutinio sobre el cuerpo de la mujer. Marisol Paíno debutó en la Liga Femenina de Baloncesto en 1976.

“Su equipo, el Celta de Vigo, pasó de ser uno más de la competición a ser candidato a ganarlo todo. Pero cuando el Celta ganó al Evax Picadero, el dominador de la Liga en los años previos, en su casa y con una gran actuación de Paíno, la delegada del equipo, Nuria Argüelles, firmó el acta bajo protesta. La acusaba de ser un hombre”, explicaba este artículo de La Vanguardia acerca del caso. 

Portada de Don Balón (1976), que cuestiona el sexo y genero de Marisol Paíno

Ese año, 1976, el semanario futbolístico Don Balón dedicó una de sus portadas a Paíno. La fotografía de la deportista en plena cancha iba acompañada de un titular: “¿Hombre o mujer? Estalló la polémica”. Una crónica de enero de 1977 de El País recogía las declaraciones de la jugadora, que se vio obligada a dar explicaciones: “La menstruación la tuve por primera vez a los doce años, con lo que queda patente mi condición femenina. Luego, unos trastornos de ovarios me llevaron a hacer tratamiento adecuado y, sin duda, las hormonas pueden haber sido clave en la duda que ahora se plantea”.

Jugó seis años más, hasta que en 1982 la Federación implementó la verificación de sexo. Paíno se negó a la humillación y se retiró.

La testosterona como patrimonio masculino

Igual que a Paíno, a Martínez Patiño la situación de discriminación también le pasó factura. Desde que fuera excluida por su condición en 1985, la atleta se dedicó a recabar pruebas médicas que demostrasen que era una mujer. Consiguió, incluso, que se revocara la prueba del cromosoma. El 4 de octubre de 1988, una llamada lo cambió todo: la IAAF la readmitía

“Mi vuelta a la competición fue en Austin, Texas, en 1989. Allí, por suerte, me sentía anónima. Pero al volver a España, el acoso mediático fue implacable. Casi no podía salir a la calle. Yo ya sabía que estaba en el declive de mi carrera deportiva porque esos casi tres años de parada me impactaron muchísimo en lo personal y en lo profesional. Empecé a prepararme para los Juegos de Barcelona pero no conseguí clasificarme. No había llegado a las marcas que me había propuesto: anímicamente no estaba bien, me sentía agotada, así que decidí retirarme. Cuando te pasa algo como lo que me pasó a mí, de algún modo siempre queda la duda, el estigma”, relata Patiño.

La atleta María José Martínez Patiño (1989)

Una de las claves a la hora de abordar este asunto es que históricamente se haya considerado la testosterona como una hormona exclusivamente masculina, como indica este artículo publicado en el New York Times por Katrina Karkazis, investigadora en la Asociación Global de la Justicia en la Salud de la Universidad de Yale y coautora de Testosterone: An Unauthorized Biography.

“Etiquetar la testosterona como la hormona sexual masculina indica que está restringida a los hombres y es ajena al cuerpo de las mujeres, lo que confunde el hecho de que las mujeres también producen y necesitan testosterona como parte de un funcionamiento saludable”, escribe Karkazis.

La investigadora ha sido asesora en el equipo legal de la atleta Dutee Chand, diagnosticada con hiperandrogenismo como Caster Semenya. Chand también suspendida, pero fue readmitida finalmente: no se verá afectada por la reciente normativa de la IAAF, establecida para las pruebas a partir de los 400 metros, ya que disputa los 100 y 200 metros, y no los 800 como Semenya.

La activista e investigadora sobre cuestiones de género en el deporte Payohsni Mitra, una de las representantes de Dutee Chand, explica a Newtral que “la diversidad biológica de las mujeres está desafiando la masculinidad hegemónica”: “El deporte, como muchos otros espacios, está copado por hombres. Parece que tengan miedo de que les estemos desafiando”.

Susan K. Cahn, profesora de Historia en la Universidad de Buffalo y autora del libro Coming On Strong: Gender and Sexuality in 20th-Century Women’s Sports, señala en conversación con Newtral que “el propio hecho de que solo se estudien las ventajas de la testosterona, una hormona considerada masculina, traza una hoja de ruta muy clara sobre qué consideran la superioridad atlética y biológica, y que esta no pertenece a las mujeres”.

Al hilo de lo que plantea Cahn, tratar de analizar la capacidad atlética en una única dimensión puede resultar problemático, como señala este estudio de 2004 publicado en el Journal of Sports Sciences y que la investigadora Katrina Karkazis cita en su artículo del New York Times:

“Se analizó la testosterona y los diferentes tipos de fuerza entre levantadores de pesas de élite no profesionales y entre ciclistas u hombres de buena condición física que no fueran atletas. Los levantadores de pesas tenían más testosterona que los ciclistas y mostraban una fuerza más explosiva. No obstante, los ciclistas, que tenían niveles de testosterona más bajos que los otros dos grupos, tuvieron una calificación más alta en ‘carga de trabajo máxima’, un tipo de fuerza de resistencia. En estos tres grupos, no hubo relación entre la testosterona y la fuerza explosiva, y se registró una relación negativa entre la testosterona y la carga de trabajo máxima”. 

Otro análisis publicado este año en la revista The International Sports Law Journal cuestiona la evidencia científica en la que se basa la IAAF para implementar su normativa: “En este documento examinamos elementos clave de la base científica ofrecida por la IAAF en apoyo de sus regulaciones, en base a un subconjunto de datos de rendimiento que nos proporciona la IAAF [y que contó con 1.102 atletas mujeres]. Identificamos fallos significativas en los datos utilizados por la IAAF que conducen a resultados poco fiables”.

Uno de los ejemplos que destacan en sus conclusiones es que en seis de las once carreras, las mujeres con menos testosterona tuvieron mejor resultado que las que tenían niveles más elevados de la hormona.

Dice María José Martínez Patiño que «cuando se hace una norma de tanto calado, la evidencia científica debe ser irrefutable». Y añade: «Ahora mismo el mensaje que están lanzando es que hay cuerpos que valen más y cuerpos que valen menos».

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