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Boyas y ‘big data’: el Gran Hermano del clima oceánico
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Boyas y ‘big data’: el Gran Hermano del clima oceánico

La COP25 ha permitido rubricar el compromiso internacional en la preservación de los océanos mediante la llamada COP Azul. Miles de sensores y gestión de big data sirven para monitorizar y combatir la emergencia climática.



Entre 2014 y 2016, un equipo de la Universidad de Yale estuvo mirando cómo comprábamos los españoles. No bucearon en el océano de datos estadísticos oficiales. Echaron un vistazo a las tarjetas bancarias. En concreto, a lo millones de movimientos de las del BBVA.

Lejos de estar haciendo un estudio económico, estaban tomando el pulso a la emergencia climática y la salud. Llegaron a la conclusión de que España gasta entre 25 y 41 millones de euros menos en los días en los que la contaminación por ozono sube. Una caída del 10%. Y eso, tirando de los big data.

Llegar a tales conclusiones sólo es posible cruzando millones de datos agregados de compras con otros climáticos. La segunda pata de historias como esta está en los cielos y en los océanos.

Aunque tradicionalmente hemos usado los satélites para conocer el tiempo, cada vez más agencias como la NASA o la ESA están volcadas en sus programas de monitorización de la emergencia climática. Los datos de satélite, eso sí, a veces llegan de más abajo.

3.800 boyas inteligentes, los ojos del mar

A ellos se ha sumado la tecnología marina. Los océanos se han convertido en un termómetro (literal) del cambio. Nos han dado la voz de alarma, entre otros, desde la cumbre de París hasta ésta, contándonos que «las cosas han ido a peor», explica a Newtral Pablo Rodríguez-Ros, del Instituto Scripps de Océanos la Universidad de California-San Diego (EE.UU.).

Este investigador ha venido a la Cumbre del Clima de Madrid junto a un artefacto más parecido a una televisiva bomba del Boom que a una cámara de Gran Hermano. Pero hace más lo segundo que lo primero.

«Todos conocemos las boyas que hay en los puertos, de las que se sirven los barcos. Pero esta es científica –señala a una boya del proyecto Argo–. Nos sirve para medir cosas en superficie y es capaz de bajar al fondo, hasta 6.000 metros de profundidad y subir de nuevo», explica el investigador junto al artefacto, de los que hay en funcionamiento unos 3.800 en los océanos.

Situación de las boyas de Argo en cada momento | Scripps

En la bajada y en la subida, la boya «va midiendo características y propiedades del agua. Si tenemos muchas de estas boyas, podemos reconstruir cómo es el océano, su temperatura, sus distintas corrientes marinas, etc. Son esenciales para el estudio del cambio climático».

Mediante una antena, es capaz de transmitir los datos en tiempo real a los satélites, normalmente tipo Iridium. Se puede hacer un seguimiento de las boyas (aquí puedes ver dónde y en qué estado está cada una ahora mismo). La información se recopila en centro de datos, que son como los centros de control de pantallas del tráfico, pero de las aguas.

Estos envían la información en 24 horas a dos servidores espejo en Francia y EE.UU., desde donde se distribuyen por FTP a los usuarios y al Centro de Información Argo. A partir de ahí, se pueden cruzar con los de centros de investigación ambiental, como los NCEI-NOAA (algo así como lo que englobaría a nuestra AEMET, pero en EE.UU.).

Calor y acidificación en tiempo real

En el último informe del IPCC de Océanos y Criosfera explican cómo los mares son más importantes en el clima de lo que se pensaba hace años.

Los gobiernos de España y Chile sellaron el martes pasado un compromiso por los océanos en el marco de la Cumbre del Clima de Madrid COP25, denominada COP Azul.

Ambos presentaron el informe Ocean for Climate, elaborado por la iniciativa ‘Because the Ocean’, una foto fija de un proceso que marca cómo hasta el 90% del calor terrestre termina en las aguas. Hecho que pondrán sobre la mesa de los políticos firmantes del Acuerdo de París.

Tal y como explica Rodríguez-Ros, «la mayor parte del calor acumulado por el CO2 antropogénico se está quedando en lo océanos. Al ser un fluido, se dilata, sube su nivel. Combinado con que en zonas polares, como Groenlandia, se están produciendo derretimientos de hielo, este se suma a la subida del nivel del mar».

La acidificación afecta a los mariscos. El cambio de Ph en el Ecuador termina afectado al mar de Galicia.

En paralelo, otro de los problemas más graves que sufren los mares son los relacionados con la acidificación. «Implica que aquellos organismos que en su estructura tienen carbonato cálcico (concha) pueden tener problemas de desarrollo. Esto tiene impacto potencial en la actividad pesquera del marisco, por ejemplo», señala el científico.

No hay fronteras para los océanos y eso hace que los impactos sean globales. El cambio climático genera daños lejos de donde se generan los problemas lejos. Galicia se hace un poco más ecuatorial, por ejemplo.

«Se ha demostrado que cuando se acidifica la capa superficial, viaja desde el Ecuador hasta Islandia. De ahí, se enfría y viaja a profundidad hasta el sur, el banco de Galicia, afectando a sus corales profundos».

En España, desde los años setenta

Desde 1973, España usa boyas oceanográficas. Sabemos que en la segunda mitad del siglo XX, la temperatura del mar Mediterráneo ha subido casi medio grado. Es mucho para tan poco tiempo.

Durante esas décadas, el nivel del mar bajó debido a circunstancias atmosféricas, pero desde los años dos mil eso está cambiando marcadamente.

Hoy, la medición de estos parámetros tan rápidamente supone una esperanza para la comunidad internacional de científicos, que pueden elaborar más y mejores informes oceánicos sin necesidad de grandes campañas (que también se siguen haciendo).

«Argo es el futuro y es el presente. Tratamos de hacer una ciencia cada vez más sostenible en sí misma», precisa Rodríguez-Ros.

Como en los tiempos del Argo mitológico, los mares son amenaza y esperanza para los pueblos. La ventaja hoy es que no están al albur del capricho de los dioses, sino en la voluntad de los humanos.


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