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Argentina vuelve a la carga para despenalizar el aborto
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Argentina vuelve a la carga para despenalizar el aborto

A dos años del «pañuelazo» que inició el debate legislativo sobre el derecho al aborto en Argentina, la lucha por la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo vuelve a la carga con otro «pañuelazo» internacional. Hablamos con Ofelia Fernández —a sus 19 años es la legisladora más joven de Argentina—, una de las activistas que lidera el movimiento #SeráLey

Ofelia Fernández. Foto: Hannah Muela

«Ni una menos». No lo gritaban las madres y abuelas argentinas de la Plaza de Mayo cuando comenzaron a reclamar a sus desaparecidos y desaparecidas a finales de los 70, pero venían a decir aquello: ni una hija menos, ni una nieta menos. La fórmula inversa estaba en el reverso del cántico: ni una abuela más, ni una madre más sin su tribu.

Aquellas mujeres se reunían en la plaza bonaerense con un pañuelo blanco atado a la cabeza para señalar a un estado represor y dictatorial —al mando del militar Jorge Rafael Videla— que había desmembrado a sus familias.

Marcha de las Abuelas de Plaza de Mayo | Foto: Archivo Hasenberg/Wikipedia

A principios de 2018, cuatro décadas después de la constitución de las Abuelas de Plaza de Mayo, cientos de miles de argentinas volvieron a salir a la calle. Esta vez llevaban pañuelos verdes atados en sus cuellos y muñecas, y reclamaban la despenalización del aborto en Argentina. Ahora sí, recitaban «ni una menos» como un cántico antiguo, aunque hubiese sido acuñado poco antes, en 2015, para exigir el fin de los feminicidios; esta vez lo hacían para visibilizar a las mujeres que mueren en abortos clandestinos.

De nuevo, como a finales de los 70, la maternidad vertebraba las protestas, situándola como una elección. No a la maternidad arrebatada, decían las madres y abuelas de Plaza de Mayo; no a la maternidad forzada, decían las argentinas proaborto.

Una de las caras más visibles de esta lucha por legalizar la interrupción voluntaria del embarazo es la de Ofelia Fernández, una activista —y militante del movimiento estudiantil desde los 12 años— que en las sesiones previas a la votación de la ley de aborto legal —en mayo y junio de 2018—, intervino en el Congreso de la Nación de Argentina, donde dijo: «Hablamos del derecho al aborto como hablamos del derecho a la libertad y a la decisión. Desde que empezó este debate se viene diciendo: el aborto clandestino existe y mata. El Estado, hoy, es cómplice teórico y ejecutor femicida. Este pañuelo [señalando el suyo verde, atado al cuello] es nuestro uniforme».

Este movimiento proaborto liderado por mujeres jóvenes fue bautizado como «la revolución de las hijas», un término que pone el acento en la generación actual y que, a la vez, evoca un pasado en el que mujeres de generaciones anteriores labraron un discurso necesario sobre el que trabajar en el presente.

Aquella ley fue aprobada en el Congreso pero rechazada en el Senado en agosto de 2018. Meses más tarde, en mayo de 2019, el proyecto de ley volvía a ser registrado en el Parlamento. Ahora, de cara a la apertura de sesiones legislativas el próximo 1 de marzo, el movimiento feminista —también llamado #SeráLey o «marea verde»— vuelve a la carga: ha organizado un «pañuelazo» internacional para exigir la aprobación inmediata de la ley este miércoles 19 de febrero —#19F—.

Esta movilización —que rodeará el Congreso de la Nación y que se replicará en pueblos y ciudades, también de otros países— pretende marcar el comienzo de una serie de protestas que culminen con una ley que permita la interrupción voluntaria del embarazo.

Desde aquella lucha iniciada en 2018, la carrera política de Ofelia Fernández no ha hecho más que crecer. A finales de 2019, logró un escaño como diputada en la ciudad de Buenos Aires —un cargo similar al de concejala— por el partido Frente de Todos —liderado por Alberto Fernández—. Se convertía así, a sus 19 años, en la legisladora más joven de Argentina.

En una reciente visita a España, organizada de cara al 8M, hablamos con Ofelia Fernández sobre los próximos intentos legislativos de despenalizar el aborto —«será ley en 2020», dice— y sobre cómo esta lucha ha trascendido a otros niveles discursivos en el feminismo de la cuarta ola.

Ofelia Fernández, en 2018, con el pañuelo verde proaborto atado en la muñeca | Foto: Facebook Frente Patria Grande

PREGUNTA. Tanto la revolución de las madres y abuelas de Plaza de Mayo como la revolución de las hijas ponen en jaque la idea tradicional de maternidad. ¿Hay una continuación entre aquel movimiento y este?

RESPUESTA. El término «la revolución de las hijas» es muy potente pero a mí al principio no me gustaba. Decía: «No, por qué de las hijas si yo a mi mamá la estoy educando cotidianamente en el feminismo». Hasta que una entiende que es hija de una historia, de una construcción, de un legado de compañeras que permitieron que mi generación recibiera determinada información y pudiese dar el paso necesario.

Por tanto, es un recorrido. El recorrido de las madres y abuelas de la Plaza de Mayo si bien no tuvo que ver con el feminismo en términos de agenda, tuvo que ver con poner la maternidad en otro lugar, con empezar a encontrar activismos políticos. Son madres y abuelas que no hicieron sus reclamos solo como «soy una madre desesperada», sino como «lo soy, pero además me voy a ocupar de demostrar que a mis hijos no les desaparecieron unos locos, se les desapareció como parte de un plan sistemático».

Su tarea era reivindicar su derecho como madres o como abuelas a saber dónde están sus hijos y nietos, pero de alguna manera pusieron en jaque la propia maternidad a la hora de dar esa pelea. No lo estudiamos como tal hasta que el feminismo se masificó, pero construyó una nueva noción de la maternidad.

«La lucha por el aborto en Argentina fue una pedagogía que ha ido mucho más allá del derecho al aborto o del cuestionamiento de la maternidad»

P. ¿Qué otros elementos convergen en 2018 para que haya un movimiento feminista en Argentina que logra que el debate sobre el aborto llegue al Parlamento?

R. Yo creo que hay una serie de elementos que se combinaron y que permitieron mejores condiciones para desarrollar algunas preguntas. Pero fue sobre todo la persistencia de un grupo de mujeres —de generaciones anteriores— que logró interpelar a una nueva generación que ahora se ocupa de invertir ese sentido.

Y el aborto aparece en función de eso: a medida que nosotras pasamos del «Ni una menos, vivas nos queremos» al «Libres nos queremos», y de ahí al «Desendeudadas nos queremos», nos damos cuenta de que tenemos capacidad de intervención política con reivindicaciones como la del aborto, que es un asunto urgente de salud pública.

Con esto hablo de que de repente hubo varios feminicidios en apenas unos días [en Argentina no existe un registro oficial como en España, pero se calcula que son asesinadas más de 200 mujeres al año] y eso nos interpeló no solo para conmovernos, sino para darnos cuenta de que teníamos que organizarnos políticamente.

Ese primer «Ni una menos», que como reivindicación política es muy baja —estás pidiendo que no te maten, no es que estés pidiendo grandes cosas—, es el motor que nos permitió hacernos muchas más preguntas: por ejemplo, cómo se llega a esa cumbre que es el feminicidio, a quién pertenecen nuestros cuerpos, qué violencia sistemática se produce. Ese pensamiento, que fue muy potente y muy rápido, culminó con la cuestión del aborto, que fue la lucha que terminó por consolidar el feminismo como un movimiento político.

Entonces, la lucha por el aborto en Argentina es una pedagogía que ha ido mucho más allá del derecho al aborto o del cuestionamiento de la maternidad. Porque la lucha por el aborto nos permitió preguntarnos por qué estábamos obligadas a ser madres de la manera en que quiere el sistema. Sí, nos dio la posibilidad de pensar qué derecho necesitamos para invertir esa relación. Pero también nos permitió pensar la cuestión de clase: cuando hablamos de que las que mueren en abortos clandestinos son las que no tienen guita, nos permite hablar también de una gran desigualdad de clase.

P. La cuestión de clase y el derecho al aborto tienen que ver con la defensa de «vidas dignas», como decís en las manifestaciones. ¿Os reapropiáis del término «provida», acuñado por los movimientos antiaborto?

R. Sí, nosotras siempre decimos que somos «provida». Siempre hicimos un juego con eso: las que defendemos la vida somos nosotras, ustedes son antiderechos. Esa era la dialéctica del conflicto.

Creo que es interesante que nosotras recojamos algunas cosas, ciertas discusiones que nosotras descartamos pero a las que podríamos darle nuestra perspectiva. Por ejemplo, pasa mucho que cuando se debate sobre el aborto, los que están en contra hablan de adopción. Yo defiendo que ninguna mujer tenga que parir para darlo en adopción si no tiene ganas de desarrollar un embarazo, pero ya que sacan esa cuestión, desde el feminismo nos vamos a ocupar también de ella.

Digo, mostremos esa disposición porque a ellos, en realidad, no les importan los pibes que están en orfanatos. Si hablamos de adopción, habría que hablar de que esos niños dados en adopción a menudo no llegan a tener una familia, tienen pésimas condiciones de vida, terminan en la pobreza… Entonces, ya que ellos intentan mostrar una cara sensible o empática hacia la vida, nosotras tenemos que ganarles de mano. Porque son genuinas esas preocupaciones.

Y lo mismo ocurre con la discursiva contra la Iglesia, que a veces el feminismo se pasa de mambo y termina alejando a ciertas mujeres que pueden tener un lugar en el movimiento. La cuestión es cómo ganamos la batalla a la moral conservadora. Si no planeamos interpelar a las mujeres religiosas, desde su espiritualidad legítima, no vamos a terminar nunca con la moral conservadora. Para mí ese es el problema cuando vas y cuentas que pintaste una iglesia. ¿Cómo hacés para después hablarle a esas mujeres, que muchas tienen vidas miserables, si vas y le pintarrajeás el único lugar al que ella va y pide que cambie su vida? Porque son pobres casi todas esas mujeres. Ganar a la Iglesia es ganarnos primero a esas mujeres.

«Tenemos que hacer feminismo que no es solo de pancartas sino que revierte en una mejora material y efectiva en la vida de esas mujeres. Eso es el feminismo popular»

P. ¿Y cómo se «gana» a esas mujeres?

R. La clave es no ponernos en un lugar de juicio de la espiritualidad en sí misma. Si le prendés fuego a la puerta de la catedral, no le estás haciendo mucho daño a una institución como la Iglesia que tiene un presupuesto enorme y que puede pintarla de vuelta. Una vez hice un chiste en una charla, que después subieron a Youtube, en la que yo decía: «Dios existe y odia a las feministas: ¿por qué siempre llueve en las marchas?». Fui después a una escuela donde los niños y niñas están en situación de calle, y me dijeron muy tristes: «Pero ¿por qué decís eso?».

Hay que encontrar una manera de que nosotras tengamos la misma presencia que la Iglesia, que si te das cuenta, utiliza mucho el término evangelizar como sinónimo de convencer: asociamos a lo evangélico la capacidad de convencimiento. Y nosotras tenemos que convencer.

Para eso nosotras también tenemos que salir de algunos lugares cómodos y de alguna simbología que nos sirve solo a nosotras. Tenemos que hacer feminismo que no es solo de pancartas sino que revierte en una mejora material y efectiva en la vida de esas mujeres. Eso es el feminismo popular.

Hay una serie de cuestiones en las que si no estamos nosotras, posiblemente la Iglesia siga mostrándose ahí como la única alternativa. Y están, de hecho. Porque a los pibes que tienen adicciones, la Iglesia les dice que cometen un pecado, y su salvación pasa por entregarse a Jesucristo. Las feministas tenemos que hacer un contrarrelato que diga: «Luchá contra un sistema».

Ofelia Fernández votando en las elecciones de octubre de 2019 en las que fue elegida diputada | Foto: Twitter

P. Decíamos antes que el movimiento de «la revolución de las hijas» bebe del movimiento de las madres y abuelas de Plaza de Mayo. En la lucha por el aborto, ¿cómo se relacionan estas generaciones?

R. Creo que tiene que existir un reconocimiento a esta nueva generación y que lo hay. La revolución de las hijas tiene que ver con eso, con poner a las más jóvenes en el centro de un proceso revolucionario como es el feminismo. Casi por una cuestión «científica»: las pibas de mi edad o más jóvenes vamos a morir más tarde, somos las que vamos a heredar este mundo.

Si bien creo que nosotras ya tenemos una nueva manera de pensar y de transitar la vida, y eso es algo vanguardista, también tenemos que tener la humildad de entender qué proceso a nosotras nos ha permitido dar las discusiones que damos hoy.

Es nuestro momento en el sentido de que somos el ejemplo de la posibilidad. Pienso que la generación que se viene va a ser más tremenda: me impresionan las nenas que tienen 11 y van con el pañuelo del aborto. Hay pibas de 11 años que ya están preguntándose cuestiones que yo no me pregunté hasta la Secundaria. Pienso en mi prima, que tiene 6 años, y me habla de que no la tienen que tocar si no quiere. Así que ahora tenemos como una oportunidad y una responsabilidad, pero en el futuro no podemos ser tercas ni construir política desde el ego. Las generaciones deben nutrirse las unas de las otras.

P. A esas futuras generaciones, a las nenas de 11 años que mencionabas, ¿les dejaréis de legado la ley del aborto en Argentina? ¿Será ley en 2020?

R. Yo pienso que sí. Contamos con el respaldo explícito del presidente Alberto Fernández, pero la batalla se dará el 8M.

Situación actual

La legalización del aborto se debatió en el Congreso de la Nación —en la Cámara de Diputados de Argentina— por primera vez en 2018 con el objetivo de modificar una ley que se remonta a 1921. Sin embargo, el proyecto —que permitiría la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana 14, como en España— decayó al ser paralizado en el Senado por un estrecho margen —7 votos de diferencia—.

Las elecciones celebradas en octubre de 2019 renovaron parcialmente las dos cámaras legislativas, pero no está claro si este cambio ha alterado sustancialmente la correlación de fuerzas de las que depende que el aborto seguro y gratuito sea ley.

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