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Pellizco
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Pellizco

El otro día me fui a la cama tan cansado que soñé. Me refiero a uno de esos sueños vivos, realistas, que permanecen frescos en la memoria durante semanas. En situaciones normales raramente sueño. Mis noches avanzan con la marcha rápida del letargo, y el reposo es casi siempre bastante decente, sin demasiada acción. Solo en circunstancias excepcionales de cansancio u otros aturdimientos, los sueños irrumpen alejados de la lógica diaria pero poderosos y capaces de alterarme hasta las primeras horas del desvelo. En estos casos, como he dicho, mi memoria es capaz de retenerlos con gran fidelidad. De hecho puedo recordar días después cada unos de los detalles de manera precisa. Incluso diría que los detalles es lo único que veo cuando reviso el sueño, como si este estuviera compuesto solamente de ellos.

Lo que soñé el otro día, para el caso, no importa.  Basta saber que, sin llegar a ser uno de esos dominados por el terror que llaman pesadillas, fue un mal sueño, estresante y agotador, nada agradable en definitiva. No había nada trágico, pero sí un acumulado de pequeños problemas que iban haciendo crecer mi ansiedad. Llegado a un punto, poseo un recurso que vengo utilizando desde hace tiempo. Desconozco si es una habilidad universal, pero yo la tengo y la uso sin falta cada vez que el sueño excede cierto límite. El truco consiste en resolver la tensión lanzando una pregunta desde lo que queda de mi yo consciente. Me digo: ¿Acaso estaré soñando? Y esa pregunta desmorona, dado el caso, la trama febril del sueño, aliviando los problemas y desencadenando una transición suave hacia el mundo real. La pregunta es recurrente en situaciones excepcionales durante la vigilia, cuando sucede algo tan extraordinario que necesitamos comprobar que no estamos soñando. Es el conocido pellizco de control. Pero no tanto, como a mí me pasa, durante el sueño, donde nuestro personaje onírico a menudo está demasiado ocupado para entrar en este tipo de cuestiones.

Sin embargo, y esto es lo que hace excepcional el asunto, el otro día durante el sueño, al hacerme la pregunta liberadora me mentí. Cuando la trama se hizo insoportable y recurrí a mi vía de escape me dije que de ninguna manera estaba en un sueño y me invité a seguir con el asunto que concernía, que por supuesto rodó como una bola de nieve, creciendo a la vez que mi vértigo. Cuando más tarde desperté, rendido e impotente, entendí que el mundo onírico se las ingenia para esquivar de cualquier control consciente, incluida nuestra propia censura y por supuesto mi truco de escape. Y esto es precisamente lo que lo convierte en algo tan indescifrable como el propio funcionamiento del cerebro, del que seguimos ignorando tanto.

Al grave magnetismo del inconsciente han sucumbido psicólogos, filósofos, y científicos de todas clases. También narradores fundamentales de nuestra literatura. No me refiero a quienes han hecho del tema el motor de su obra y el componente fundamental de personajes como el Segismundo de Calderón de la Barca (La vida es sueño), sino a aquellos que a mí más me entusiasman, los capaces de reconocer la violencia de la simbología onírica y la duplicidad más humana manifestada en la mítica dualidad del día y la noche. De entre todos, el japonés Haruki Murakami (especialmente en Sputnik, mi amor; Kafka en la orilla; After Dark; 1Q84; y la reciente La muerte del comendador), excelente narrador de universos de doble fondo, capaz de crear personajes y escenarios imborrables compuestos por la doble sustancia mágica de los sueños y la más salvaje realidad cotidiana. O al revés.

“A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glorioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era una mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo.”

Sputnik, mi amor. H.Murakami

 

 

 

 

 

 

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