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Clásicos

En blanco y negro las historias calan de otra manera. Quien las escucha se siente pronto testigo de una excepcionalidad, la del longevo recuerdo imponiéndose al olvido y la intrascendencia. Lo mismo que sentimos cuando, ahogados en el océano de imágenes digitales de nuestra era, encontramos en el cajón de la casa vieja una fotografía de cartón desgastado y entendemos inmediatamente el valor de las reliquias, envuelto en el misterio de la conservación, que no es tanto el cómo sino el por qué.

Y es que a las historias reales antiguas, las de la infancia de nuestros padres o abuelos, les pasa como a los grandes clásicos de la literatura: han superado el filtro de los años y se han impuesto al resto, perdurando como señal de grandeza. La longevidad demuestra su calidad. Su valor ha debido ser aprobado al unísono por las personas y por el tiempo, seleccionando a los elegidos sobre la mediocridad y las modas. Por este motivo me gusta leer los clásicos por encima de todo. Y por el mismo motivo me gusta escuchar las viejas historias de mis padres que después de tantos años aun viven en sus memorias como la fotografía en blanco y negro al fondo del cajón.

Son historias de un pueblo andaluz, de mediados del siglo pasado, que es lo mismo que viajar a otro mundo. Allí mi madre es una niña que se llena los bolsillos de las allozas que recoge de los campos camino de la escuela y que no puede contenerse el día que los civiles entran en la clase con cualquier cuento, pero con los tricornios afilados, y moja de puro miedo sus piernas hasta los calcetines, porque siente que vienen a por ella por lo de las allozas y ha oído historias. Es la misma niña que sube la calle del agua hasta el cine y se cuela, es minúscula, por el ventanuco de la taquilla con la merienda de papá, que reparte entradas al otro lado, y con la ilusión de echar un vistazo a una de esas pelis de besos. La niña que espera impaciente que los polluelos rompan el cascarón para meterles en la boca un grano de pimienta, o que pasa la tarde desfarfollando las panochas para llenar el colchón.

Allí mismo mi viejo es un zagal brutote, como todos, que atiende en la zapatería el día que corre la noticia y se lanza disparado camino arriba, adelantando a medio pueblo que se dirige en la misma dirección para llegar el primero a ver entre el polvorín, a medio desenterrar, a la Dama. La estatua que habría de poner al pueblo en el mapa y que tantas veces admiraríamos muchos años después, expuesta en un lugar preferente del museo arqueológico de Madrid, la encuentra cubierta hasta el pecho de arena y es gigantesca a sus ojos.

El encuentro, en algún momento, de esos dos chiquillos, hace que yo pueda escribir esto hoy. Un fruto de infinitas casualidades si nos remontamos en el árbol de la vida. Por eso me gusta escuchar sobre sus vidas mucho antes de que fuera yo acaso una idea, como un vencedor que se regocija repasando los acontecimientos previos al torneo.

Al mismo tiempo uno se pregunta cuáles de sus recuerdos merecerán ser conservados y qué responsabilidad tenemos sobre esto. Qué acabaré contándole a mi hija de mi presente y qué valor tendrá para ella. También me pregunto qué libros contemporáneos, más allá de las modas, serán un día clásicos. Y solo se me ocurre Patria.

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