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Momentos estelares
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Momentos estelares

Si fuera el mismísimo Stefan Zweig quien, por cuestiones azarosas que ahora no vienen al caso, tuviera que contar esta historia, y si el mismísimo Stefan Zweig concluyera que esta merece un relato al estilo de sus Momentos estelares, empezaría hablando del instante exacto en que el protagonista, un joven futbolista, entró en el despacho de su entrenador. A continuación, desgranaría los acontecimientos dramáticos de la siguiente semana y lo haría saltando imperceptiblemente entre ellos, haciendo que el lector se apropiara de la historia y comprendiera no solo su trascendencia individual sino los ecos universales de la misma.

Sería en el despacho del entrenador donde el protagonista, recién aterrizado en el fútbol profesional, apenas el día anterior firmaba su contrato, y lleno de ilusión recibía un seco y premonitorio: “¿Y tú de qué juegas?” para su asombro más absoluto. El lector comprendería al instante el efecto de tal pregunta en el protagonista y sus esperanzas, y me atrevo a aventurar que empatizaría de inmediato con él, aunque esto sería meritorio del autor y no tanto del joven futbolista. Una vez sembrada la incertidumbre en el corazón del héroe y, como hemos dicho, de los lectores, el autor plantearía su caída sin artificios, ya fuera por no perder la verosimilitud o bien porque la historia en sí no requiere de exageración alguna. Así que el lector vería al joven protagonista debutar en primera división con el alma encogida de emoción (mayormente pánico) y con el cuerpo del revés a causa del insomnio, consecuencia lógica de los nervios y de haber compartido habitación con un fumador compulsivo. Lo veríamos saltar al campo en tal estado de angustia, disparar a puerta a la primera ocasión y estar a punto de romper la escuadra del estadio olímpico. Lamentarse, buscar el aire con desesperación, correr detrás del rival que se escapa, lanzarse al suelo a por la pelota, medir mal, fatal, ver al árbitro correr hacia él demasiado serio, demasiado rápido, levantando la roja en lo alto del estadio como un pulgar hacia abajo. Lo veríamos frente a la negación y la humillación de abandonar el campo entre la mofa rival. A continuación, lo veríamos en la soledad del vestuario arrasado por la aceptación y la culpa.

Las cenizas del héroe serían en ese punto valoradas en su justa medida por los lectores. Si bien algunos compasivos mantendrían la esperanza en su resurgimiento, la mayoría serían conscientes de lo irremediable de la situación. De todas maneras, el autor, sin alteración alguna de los acontecimientos, narraría lo que no es sino una historia verdadera, la del levantamiento más inesperado, principalmente para el propio protagonista. Y es que el destino tiene a bien presentarnos al joven futbolista ante su última y envenenada oportunidad y no falta de elementos épicos. Un estadio holandés abarrotado, la lluvia incesante sobre un césped ya embarrado, una situación desesperada y la clasificación en juego. La prórroga, la pelota al alcance y medio campo por delante, la finta final y el disparo con el último gramo de fuerza. El portero que la alcanza, pero no lo suficiente, el contacto con la red y el silencio. El guión que nadie podría escribir sin caer en la inverosimilitud propia de los argumentos exagerados, pero del que Stefan haría cuenta mostrando toda su verdad.

Una vez leáis los Momentos estelares de la historia de la humanidad de Stefan Zweig, quizás fantaseéis con vuestro propio momento estelar narrado con semejante magisterio por el genial escritor austriaco. El resultado de mi propia fantasía es lo explicado anteriormente. En cualquier caso, sea cual sea el peso de vuestro ego, disfrutaréis de todas y cada una de las memorables historias relatadas en el libro. Preparaos para viajar, entre otros, de Cicerón a Händel, de Waterloo a ‘El Dorado’, de Amundsen a La Marsellesa y de la imperial empresa de Núñez de Balboa en su huida hacia el Perú hasta la no menos salvaje tarea de telegrafiar la primera palabra a través del océano.

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