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La Vanidad
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La Vanidad

Leí hace poco una reflexión de Richard Dawkins sobre la muerte. Decía que nosotros, que algún día vamos a morir, somos los afortunados. Que la mayoría de la gente nunca va a morir porque nunca va a nacer tampoco. Si tenemos en cuenta las posibles combinaciones para formar el ADN humano, la excepcionalidad de vivir es evidente, y podemos imaginar que dentro de todas esas personas que no van a nacer se encuentran científicos más brillantes que Einstein, poetas mejores que Lorca y atletas más rápidos que Bolt. Sin embargo, ustedes y yo con toda nuestra mediocridad estamos aquí.

Lo cierto es que la muerte, o más bien la ausencia de ella, se ha convertido en un asunto ineludible desde que la comunidad científica ha pedido el turno a las religiones apostando por el camino más directo. Si no lo podemos explicar, vamos a evitar que suceda. Al fin y al cabo el paso al más allá no deja de ser incluso para los más devotos algo desconcertante y pocas personas se negarían al menos a retrasarlo un poco.

El crecimiento exponencial de la biotecnología y el auge de la inteligencia artificial ofrecen herramientas cada vez más complejas y potentes a científicos cada vez mejor preparados. Cada innovación tecnológica posibilita a su vez avances superiores en capacidad, tamaño y velocidad, y la cadena sigue de manera que la evolución no es lineal sino acelerada. Debemos esperar que los años futuros traigan mejoras a un ritmo muy superior al que estamos acostumbrados. La singularidad, ese punto en el tiempo donde la progresión geométrica de la evolución tecnológica colapsa, es algo que cada vez más científicos ven en un horizonte cercano.

Desde un punto de vista social, las prioridades también han cambiado. En el mundo industrial del siglo XX donde los países dependían de la salud general de su población (básicamente para aumentar la mano de obra y contar con un ejército numeroso en caso de guerra) se dedicaba la máxima atención de los recursos a la cura o prevención de epidemias y la fomentación de la natalidad. Los mayores avances médicos han ido encaminados en esa dirección. El aumento de la esperanza de vida es fruto de la reducción de las muertes prematuras gracias principalmente a las vacunas y la penicilina. Sin embargo, hoy en día vemos como la ingeniería y la robótica han tomado el testigo en la producción industrial. A su vez, las guerras masivas con soldados en las trincheras dejan paso a conflictos informáticos y armas químicas.  En un mundo donde la mano de obra humana es cada vez más prescindible y la guerra no necesita soldados, la mirada pragmática del poder, principalmente las grandes corporaciones, apunta a destinar los recursos económicos hacia nuevos asuntos. Curar el envejecimiento se ha convertido así en la prioridad de algunos de estos monstruos que no acostumbran a fracasar en sus propósitos.

Desde luego no pretendo profundizar en un asunto tan complejo, pero admito que me da por pensar de manera ociosa en algunas situaciones asociadas a la utópica (o no) vida eterna. Principalmente me interesa saber qué podemos perder como individuos. Sin duda existen circunstancias de la vida fuertemente asociadas a la mortalidad. Valores, propósitos, emociones que se desvanecen ante la perspectiva de la infinidad.

Lo primero que imagino es qué sería de la creación artística. No hay motivo más verdadero para el arte que trascender. La trascendencia del artista a través de su obra como explicación del origen del arte allá en las cavernas y de su vínculo con la cultura y la existencia humana hasta hoy, que permite que todos conozcamos a Picasso, Brahms, Cervantes o Miguel Ángel. La atemporalidad del arte es algo esencial y también es la principal motivación del artista. Éste pinta, escribe o compone con la esperanza de ser recordado cuando no esté. Si dotamos al humano de trascendencia biológica eliminamos la pulsión artística de crear para permanecer en el tiempo más allá de la muerte.  Sin la cualidad de hacer al artista inmortal, ¿qué podemos esperar del arte?

Otra pregunta que me hago es cómo afectaría la inmortalidad a nuestra asunción de riesgos. Qué papel jugaría el miedo a perder algo tan valioso como la eternidad en nuestro comportamiento. Todos hemos dejado alguna vez de hacer algo porque nos parecía demasiado peligroso. Esto supone que hemos evaluado el riesgo de la situación que se nos presenta en comparación con el valor que damos a nuestra vida y no hemos alcanzado el umbral compensatorio. Sin embargo, cada día convivimos con situaciones cotidianas que, de manera muy excepcional, ponen nuestra salud en juego. Conducir, coger un avión o cruzar la calle suponen un riesgo que por supuesto estamos dispuestos en la mayoría de los casos a asumir. Digamos que ahora, de alguna manera sabemos que tarde o temprano vamos a morir igualmente.

Pero si no fuera así, si en el otro lado de la balanza tuviéramos la eternidad, la toma de decisiones se distorsionaría hasta el punto de desnaturalizar cualquier proceso. De repente, la perspectiva de una vida ilimitada modifica un lado de la ecuación, alargando sobremanera el valor de lo que podemos perder.

En este caso quizás incluso las tareas cotidianas de conducir, volar o cruzar la calle ya no superen el umbral compensatorio. ¿Cómo vivir con el miedo a perder algo tan valioso por una mala caída o un atragantamiento? Quizás nos volveríamos hipocondriacos, huraños y por supuesto terriblemente desconfiados. Quizás evitando la muerte engrandecemos su figura, y hacemos que su sombra asome en cada paso haciendo invivible la eternidad.

Elucubraciones aparte, la reflexión de Dawkins alumbra con elegancia y optimismo la excepcionalidad de la vida. Además me ha hecho recordar a aquel amigo rebelde que, acusado por el cura del pueblo de no creer en dios, le dijo que no era en absoluto ateo, más bien antiteo. Si existiera dios, cosa que desconocía, estaría en contra. Y cuando el alarmado sacerdote le preguntó entonces por la vida eterna contestó sin inmutarse: “me parece el colmo de la vanidad”.

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