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El pueblo más pintado
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El pueblo más pintado

 

La carretera asciende serpenteando entre el paisaje volcánico del Cap de Creus hasta llegar al cruce de caminos. Al girar a la derecha vemos de nuevo el mar. Desde allí, el descenso a Cadaqués es suave e invita a hacerlo despacio. Mi autobús se balancea frente al hipnótico mar de fondo y las pequeñas casitas blancas van apareciendo poco a poco a medida que nos acercamos. El primer edificio que veo es la tosca iglesia de Santa María que corona el pueblo y a continuación un brillante manto de paredes encaladas.

La estación se encuentra en la misma entrada al pueblo, junto al aparcamiento de coches, y es que Cadaqués necesita ser caminado. Un paseo asfaltado recorre el sinuoso litoral, comunicando el casco viejo con la zona residencial de Portlligat, pero incluso allí el tráfico es de transeúntes que entran y salen de las terrazas y los pequeños hostales. El resto de edificios son viviendas diminutas con  balcones negros, alguna extravagancia arquitectónica de vanguardia y el casino, una mole desgastada establecida en mitad de la playa que provoca al viajero cierta nostalgia. También hay, allí donde el mar gana terreno a la roca, dos o tres calitas sobre las que descansan boca abajo los cascos de pequeñas barcas de pesca.

Hacia el interior del pueblo suben las escalinatas y las rampas de piedra por tranquilas callejuelas blancas que reciben y aceleran la brisa. Hay tiendas de artesanía y galerías de arte en el camino hacia la iglesia. También un refugio para gatos callejeros y un puesto de intercambio de libros. Al llegar arriba, el mirador me regala una vista preciosa de la costa y los tejados que invita a la contemplación y el descanso. Cuando las campanas dan la hora me pregunto sobre la relación del tiempo y la orografía, como si las montañas del camino protegieran al pueblo del vertiginoso avance del reloj al otro lado.

Al bajar entro en la farmacia y veo una enorme pintura. Es un paisaje realista del pueblo visto desde el mar sin mucha gracia, pero me sorprende verlo en una farmacia, donde las paredes suelen estar cubiertas de estantes y carteles. A partir de entonces comienzo a ver imágenes similares por todos lados. Es como si antes no me hubiera dado cuenta de este detalle tan evidente.  Descubro que, más allá de Dalí, hay una poderosa relación de Cadaqués con la pintura. En cualquier establecimiento que entro,  encuentro el pueblo representado en una tela o un mural. Bajo diferentes perspectivas y estilos, tropiezo con sus paisajes blancos en los hoteles y las cafeterías, en las panaderías, al aire libre y por supuesto en los museos y galerías. En las callejuelas del casco antiguo, dibujantes anónimos han decorado las cajas de plástico de los contadores eléctricos con escenas populares. Cadaqués inspira al pintor y me pregunto por qué. Imagino que el empuje nace más allá de su incuestionable encanto y plasticidad. Descubro que los pueblos pintados, igual que las ciudades escritas, evocan algo esencial pero inaccesible para el viajero.

La relación de la literatura con las ciudades es permanente. El lenguaje permite introducirnos en sus profundidades y reconocer detalles que la pintura se ve obligada a obviar, como si el escritor dispusiera de un pincel diminuto, casi atómico y pudiera hacer visibles detalles a cualquier escala. El otro elemento es la dinámica de los acontecimientos, que permite al escritor usar los tiempos para narrar. Las historias de los personajes no dejan de ser historias de las ciudades donde sucede la acción.

Por eso, siempre que leo una novela que se asienta en un lugar determinado, siento que el escritor me habla de ese lugar a través de la historia y de esa manera las imágenes de pueblos y ciudades desconocidas se instalan en mi cabeza, aun a riesgo de perderme en los tiempos pasados (y futuros) y en escenarios de ficción.

La primera vez que viajé a Moscú y San Petersburgo, mi inconsciente esperaba los carruajes de los tiempos de Tolstoi y Ana Karenina. Me ocurrió lo mismo con París y Hemingway (París era una fiesta) o Cortázar (Rayuela). Nadie que vaya a los San Fermines hoy en día encontrará algo parecido a la Pamplona de Fiesta. En las novelas hay ciudades y reinos inventados como el Mongibello de Highsmith (El talento de Mr. Ripley), el Pali de Huxley (La isla) o el Macondo de Márquez (Cien años de soledad) , sin entrar en la literatura fantástica.

También ciudades magistralmente alteradas como el Madrid inundado de Rafael Reig en Sangre a borbotones o Todo está perdonado. Después de un año en Barcelona ha sido necesario releer a Mendoza (Sin noticias de Gurb o La ciudad de los prodigios), mientras suspiro por introducirme en el Nueva York de Paul Auster o el DF de Bolaño (Los detectives salvajes). Los libros de viajes me inspiraron para conocer la costa pacífica de Sudamérica (Relatos de motocicleta) o los Campos de Níjar de Goytisolo. El mundo fantástico de Murakami (Haruki) no evita el contacto crítico con las ciudades japonesas, principalmente Tokio (Tokio Blues) y nadie que haya leído a Fante (Pregúntale al polvo) o Bukowski (cualquiera) encontrará en Los Ángeles nada parecido…

No puedo evitar superponer la imagen de la ciudad leída con la de la imaginada, contada, incluso contemplada. Ninguna vale más que otra y mi recuerdo no distingue entre las reales y las ficticias, como si desconfiara de la propia mirada.

Sin embargo, hay pinturas que nos dicen algo de un lugar que no podría ser descrito por tantas palabras como fueran usadas. No es una cuestión de profundidad sino de sentido. A mí me sucedió con el cuadro que me hizo visitar Cadaqués por primera vez, “La muchacha en la ventana” de Dalí. Todo lo que se ve del pueblo es un barquito difuminado al fondo, a través de la ventana, pero el resto de elementos, la muchacha de espaldas, las cortinas o el vestido, ejercen un magnetismo radical.

Mis cavilaciones me entretienen y enseguida me veo en el autobús remontando el camino. Desde el cruce lanzo un último vistazo atrás y creo entender que una misma idea atrajo a Lorca y a Dalí al mismo lugar. La naturaleza de esa idea, lo que llamamos inspiración, quedaría desperdigada a través del tiempo en la obra de los artistas.

2 Comentarios

  • Recientemente he leído «No digas que fue un sueño», y la manera en la que se describe la atmósfera de Alejandría es increíble. También me siento inmerso en los paisajes estadounidenses leyendo «Hojas de Hierba». Y en «San Manuel Bueno, Mártir» Lucerna de Valverde aparece retratado como el alma común de todos los habitantes del pueblo.
    Ahora estoy leyendo «El talento de Mr. Ripley» que recomendaste en un artículo anterior. ¿Otros libros para iniciarme en la novela negra?
    ¡Saludos pirata!

  • La Barcelona de Mercé Rodoreda, si no la has leído, es imprescindible ahora que llevas ya algún tiempo aquí (Mirall trencat, Aloma, el carrer de les Camèlies o La Plaça del Diamant). No sé cómo andarás de catalán pero seguro que eres capaz.

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