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El penitente
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El penitente

El corredor reduce su marcha tratando de coger aliento, y finalmente se detiene. Toca su rodilla con los dedos y siente el dolor, que al tacto es accesible, un dolor casi cálido, pero que en la mecánica de la carrera se vuelve insoportable. La frota de arriba abajo, dobla y estira la pierna mientras echa un vistazo alrededor. El camino parece igual en ambas direcciones. Serpentea  entre el paisaje volcánico de rocas oscuras y pequeños arbustos, superando pequeñas colinas con el mar tranquilo a derecha e izquierda. Hace una media hora que el sol asomó débilmente por la espalda dibujando al frente una sombra gigantesca. Alarga la mirada hacia delante, aún a sabiendas que le quedan algunos kilómetros. Ni rastro del faro. Se dice que debería volver y es fácil encontrar las razones, pero cuando se pone en marcha lo hace en la misma dirección. Es una cuestión de orgullo, o quizás de conciencia, desde luego una estupidez. Enseguida siente el pinchazo en la rodilla que le obliga a cojear en las primeras pisadas y procura llevar sus pensamientos a otro lugar.

Recuerda que apenas hace una semana paseaba por las callejuelas del centro de Madrid con excelente ánimo, disfrutando de una de esas mañanas frías que alzan los chaquetones y guardan las manos en los bolsillos, y que invitan a no detenerse demasiado. Caminaba en busca de un quiosco con el entusiasmo que le producía la memoria de la noche anterior, la pelota volando directa a su objetivo, la euforia y las palmadas en la espalda. Iba atento a todo, admirando cada detalle entre el bullicio comercial de la ciudad. Las prisas de los oficinistas de corbata y bufanda con sus pisadas violentas que van y vienen sobre la acera. Clap, clap, clap. Los niños uniformados que salen cargados con sus mochilas de los portales, repeinados y con los ojos hinchados del madrugón. La viejita que recoge flores de una acequia. La curiosa actividad de los balcones, con las tenderas y las plantas que chorrean, y su particular fauna de perros enjaulados, palomas y gorriones. La emoción hacía cada detalle hermoso. Quería saludar a todo el mundo, echarles una mano si hace falta. Sacó del bolsillo un cuaderno y tomó unas notas para su artículo. Hablaría de todo aquello y recomendaría “Con y sin nostalgia”, de Benedetti.

Cuando la mente vuelve a su lugar, el corredor jadea hacia su objetivo a buen ritmo. El pinchazo de la rodilla se ha suavizado y corre desentumecido, sobre las puntas de los pies, obligándose a mantener la cadencia. El sol calienta con más fuerza y su sombra es de un tamaño normal cuando ve a lo lejos el faro. Llega exhausto y se sienta a descansar sobre una roca. Piensa que podría escribir el artículo sobre aquel libro de Murakami, “De qué hablo cuando hablo de correr”, aunque debería releerlo. Se distrae con los colores del horizonte marino y percibe cierta paz, pero enseguida las imágenes de ayer se presentan de nuevo arrasando con todo. Entonces le invade la rabia. La misma que le ha llevado hasta allí. No se trata solamente de acertar o fallar, de que la pelota obedezca más o menos, ni siquiera de ganar o perder. Lo terrible es no sentirse dueño de lo vivido. Llegar al momento trascendental para convertirse en un figurante estéril, incapaz de tomar posesión de los acontecimientos. Mucho peor que el más grosero error es no sentirse responsable. El pánico del después cuando se da cuenta de que se ha desentendido.

El corredor, enfurecido, se pone en marcha de nuevo empujado por la rabia correctiva, pero pronto se da cuenta que el camino de vuelta será largo y penoso. La rodilla se ha enfriado y cada impulso se vuelve intolerable. El sol de frente ahora quema a través del sudor. A ratos camina. Cuando intenta trotar, apenas aguanta unos pasos. Volver a casa le llevará horas de sufrimiento y el corredor lo sabe. Lo ha sabido desde que ha sonado el despertador y se ha calzado las zapatillas, aún de noche. Sabe que este sufrimiento terrible es el único objetivo de la carrera. La consecuencia esperada del desastre de ayer. Su castigo.

 

 

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