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Los espacios de ‘cruising’ como lugares de memoria histórica: de la clandestinidad a sitios de socialización que deben protegerse

cruising memoria histórica
Los espacios de cruising son espacios de homosocialización | Shutterstock
Tiempo de lectura: 8 min

Para el investigador José Antonio Langarita, los espacios de cruising son tan peligrosos como lo puede ser el matrimonio heterosexual, donde también puede haber violencia sexual o contagio de determinadas infecciones. Sin embargo, en el imaginario colectivo, solo el cruising se asocia al terror sexual por ocurrir en un lugar oscuro, con desconocidos y bajo anonimato. Meterse entre los arbustos en busca de sexo se presenta como lo contrario a lo que se ha conceptualizado como seguro, y por tanto, lo que se desvía de lo aceptable o aspiracional. 

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“Lo que entendemos por ‘seguro’ tiene un contexto. Si eres un hombre gay en situación administrativa irregular, que te pidan enseñar el DNI es más peligroso que enseñar la polla. Con lo primero te pueden deportar”, apunta Langarita, profesor de Trabajo Social en la Universitat de Girona. 

Sin querer romantizar la práctica del cruising, pues considera que en estos espacios también se pueden reproducir la exclusión y el estigma, Langarita señala que son lugares de memoria histórica del colectivo LGTBIQ+: “Ha constituido un espacio de socialización, de aprendizaje y de experimentación para muchísimas personas del colectivo marica. Un lugar donde decir: ‘Voy a probar, voy a ver si me gusta’”. Para este investigador en diversidad sexual cuya tesis versa precisamente sobre el cruising, el anonimato y la oscuridad son dos elementos que garantizan protección: “Para muchas personas del colectivo, el verdadero riesgo es ser descubierto. No todo el mundo puede poner su foto y su nombre en una app de ligue”, añade. 

Oskar Sada, miembro de la organización EHGAM Nafarroa, comparte la visión de Langarita al apuntar que “siendo espacios imperfectos, son muy sanadores”. “Para muchos de nosotros era un espacio de homosocialización, un lugar donde conocer a otros como nosotros”, añade. 

Sada, que realiza intervenciones sociales en espacios de cruising y ha sido usuario de los mismos desde que tenía 14 años, también describe las zonas de cruising como lugares de memoria histórica: “Es un espacio generado desde la expulsión, pero también es un espacio robado al sistema. Se le da mucha épica al Partido Comunista porque se reunía clandestinamente. ¿Y los maricas y las trans? También nos reuníamos clandestinamente, solo que no teníamos sede, teníamos el cruising. Entre arbustos es donde muchos hombres maricas hemos aprendido a gozar”. 

Desde esa visión de los espacios de cruising como lugares simbólicos de memoria histórica queer, una reciente sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra que condena a cuatro jóvenes por un delito de odio en una zona de cruising en Pamplona señala la importancia de proteger estas zonas porque un ataque aquí no se dirige a una única persona, sino a todo un colectivo. 

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Una sentencia reconoce que los espacios de cruising deben protegerse

La sentencia, emitida el pasado mayo por la Sección Segunda de dicho tribunal y que ha sido recurrida, condena a cuatro jóvenes a seis meses de prisión por un delito de odio tras haber acudido a una de las zonas de cruising de Pamplona con la intención de hostigar a sus usuarios. 

Según los hechos probados de la resolución, a la que ha tenido acceso Newtral, el 9 de noviembre de 2024 acudieron a la zona del cementerio de Pamplona a sabiendas de que es una zona de cruising. En aquel momento había un chico entre los arbustos al que comenzaron a gritar “maricón” reiteradamente. Este se escondió en su coche y, agazapado, esperó a que se fueran. Pero cuando arrancó y los agresores lo vieron, comenzaron a perseguirlo en su automóvil.

La víctima logró incorporarse a una carretera principal y llamó a la Policía, que consiguió localizarlos e identificarlos. Un testigo señala, además, que poco antes de los hechos vio a estos mismos jóvenes caminando a hurtadillas y agachándose entre los arbustos, por lo que “temió por la seguridad de las personas que pudieran encontrarse en el interior del arbolado”. 

La sentencia recoge también que la víctima se sintió humillada por su condición sexual y que “lo pasó muy mal porque en aquel momento se estaba celebrando el juicio de Samuel Luiz”, el joven gallego asesinado al grito de “maricón”.

En su fundamentación, la Audiencia recoge que el colectivo LGTBIQ+ está especialmente expuesto “ante un discurso supremacista que ofende y humilla”. “La Sala no alberga duda de que las expresiones proferidas son manifestación de un odio al diferente […] Transmiten un discurso que humilla, desprecia y discrimina”, prosigue la sentencia. 

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Para las magistradas, se trata de un delito de odio porque no afecta solo a la víctima directa, sino que tiene un impacto negativo en la comunidad a la que pertenece la víctima y que contra este colectivo hay “un afán denigratorio”. Por ello, señala la sentencia, los gritos proferidos a modo de insulto —“maricón”— “no son expresiones aisladas, sino que han de ser valoradas en un contexto”.

Y ese contexto, apunta la resolución, es el de un espacio que, a pesar de ser público, está “apartado del tránsito” y que “busca una cierta privacidad aprovechando el arbolado y la falta de iluminación”, siendo estos elementos necesarios para propiciar la seguridad —como la entienden sus usuarios— del cruising

Las magistradas establecen que cabe “garantizar que rige en ellos el respeto debido para que las personas homosexuales que quieran utilizarlos para sus encuentros puedan realizarlo sin temor ni miedo a represalias” y que, en este caso, los agresores “se aproximaron al lugar con intención de asustar a quien se encontrara ahí”. 

El abogado penalista Saúl Castro, experto en derechos LGTBIQ+ y que junto a EHGAM Nafarroa ha acompañado jurídicamente a la víctima, señala que lo relevante de esta sentencia es que “entiende que el delito de odio se puede cometer contra un grupo especialmente protegido cuando se atacan determinados espacios simbólicos para ese grupo, en este caso los hombres queer, y que, por tanto, en ellos no se pueden cometer actos contrarios a la dignidad”. 

Castro también apunta que se trata de un litigio “con una visión alejada del punitivismo porque se han solicitado penas de cárcel que no sean ejecutables, sino que sean conmutadas por la obligación de acudir a algún curso centrado en igualdad de trato y no discriminación y la realización de trabajos en alguna organización LGTBIQ+ de Pamplona para que entren en contacto con una comunidad que desconocen”. 

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“Creemos que la justicia penal puede no ser punitivista si lo que busca es que conductas que pueden ser antisociales puedan ser eliminadas explicándoles a los condenados por qué lo que hacen no es legítimo ni lícito en la sociedad democrática en la que vivimos”, señala Oskar Sada en nombre de EHGAM.

La criminalización del cruising

Una de las cuestiones que recoge el informe pericial elaborado por la Policía es que todas las organizaciones LGTBIQ+ consultadas indicaron que la violencia homófoba en zonas de cruising “se denuncia muy poco por la clandestinidad”. Oskar Sada señala que “denunciar que has sido víctima de vejaciones u hostigamiento es visibilizarse como usuario de cruising, que es algo que para mucha gente ya te sitúa como una persona desviada que se merece esa violencia porque se pone en peligro o es peligrosa para el resto”. 

Sin embargo, este miembro de EHGAM Nafarroa apunta que tienen constancia de agresiones y que “se da a menudo que haya personas que vayan a hostigar”. “Es un espacio muy identificable, por lo que es fácil que se convierta en una diana. Pero cada vez hay menos vergüenza a la hora de contar estas cosas y también estamos trabajando en protocolos tanto para evitar estas agresiones como para acompañar a las víctimas como necesiten”. 

Para el investigador José Antonio Langarita, la criminalización del cruising a menudo procede de las propias instituciones con estrategias revestidas de civismo: “Por ejemplo, iluminar determinadas zonas para que no haya oscuridad, que es un elemento importantísimo para los participantes, o cortar arbustos para que no se puedan esconder. También hay otras formas más agresivas como mandar a la Policía a identificar todos los coches que hay en una determinada zona que es, casualmente, una zona de cruising”. 

Por ello, Langarita recuerda que criminalizar el cruising es la puerta de entrada a “criminalizar otras formas de sexualidad que no son estrictamente las del sexo reproductivo”. 

Fuentes
  • José Antonio Langarita, investigador especializado en homosocialización y cruising y profesor de Trabajo Social en la Universitat de Girona
  • Oskar Sada, miembro de la organización LGTBIQ+ EHGAM Nafarroa
  • Saúl Castro, abogado penalista especializado en derechos LGTBIQ+ y derecho antidiscriminatorio
  • Sentencia 105/2026 de la Audiencia Provincial de Navarra

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