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Violencia en general
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Violencia en general

Las espigas hacen cosquillas al viento.

El arroyo trae al valle las murmuraciones de las montañas.

El péndulo del reloj acuna las horas.

Las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna tienen la virtud de conmovernos en una sola frase. Son miniaturas poéticas que describen aspectos de la naturaleza o de la sociedad con la clarividencia de quien encuentra la esencia de las cosas. Imágenes que contienen poderosas sensaciones, descritas en un enunciado sutil y armónico, con las palabras seleccionadas como un compositor sinfónico escogería las notas para una canción de cuna. Es frecuente que las figuras retóricas se amontonen con elegancia en algunas de ellas.

Los negros tienen voz de túnel.

Y en muchas asoma cierta crítica social.

La mosca es la sortija del pobre.

Entre las vías del tren crecen las flores suicidas.

El ladrido es el eco de sí mismo.

Al leerlas, uno tiene la necesidad de pararse y retirar el libro para saborear cada una como un bocado exquisito.

Sin embargo hay una de ellas que me llama la atención sobre las demás. Su estructura y contenido evitan de la lógica de sus compañeras de manera que provoca en uno un sobresalto incómodo. La encontramos en un lugar corriente, entre las demás, pero sin duda no forma parte de ellas. Impacta el cambio de tono, serio, casi un grito, y la contundencia de su mensaje que, esta única vez sí, resalta evidente sin metáfora ni melodía. Dice:

Los que matan a una mujer y después se suicidan deberían variar el sistema: suicidarse primero y matarla después.
Greguerías, Ramón Gómez de la Serna.

Debemos ver en la triste atemporalidad de esta queja un fracaso absoluto de nuestra sociedad a la hora de enfrentarnos a nuestras debilidades. Y es que lo primero que debemos hacer es llegar a comprendernos. Nuestro cerebro es de largo el mayor enigma biológico y al mismo tiempo es lo que nos hace humanos. Define (y decide) nuestros comportamientos como individuos y sociedad. La neurología y la psicología son por tanto nuestras grandes armas en la lucha por ser una sociedad saludable y justa.

Estos comportamientos poco tienen que ver con el resto de delitos humanos. La violencia sentimental o de género, los crímenes pasionales… Ningún nombre define con justicia esta mancha que demuestra nuestra inoperancia, o quizás nuestro egoísmo. El día a día nos recuerda que las herramientas que hemos utilizado hasta hoy no han resuelto prácticamente nada. Estamos enzarzados en un debate exclusivamente legislativo cuando deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a extirpar las raíces del problema, primero comprendiéndolo mediante la neurociencia y la psicología para después utilizar los mecanismos educativos necesarios. Atacar contra el día después es un fracaso. Ningún castigo, por muy contundente y severo, puede frenar a alguien que pretende suicidarse tras cometer su crimen. Ningún reconocimiento a las víctimas mitiga el dolor.

La magnífica novela El túnel (1948) de Ernesto Sábato nos introduce en el pensamiento y comportamiento del pintor Juan Pablo Castel, asesino de María Iribarne. Describe a la perfección la neurosis del protagonista y el descontrol emocional que desencadena los hechos. Aunque el crimen se produzca en las últimas páginas, toda la novela está impregnada de acoso y violencia verbal sostenida por la lógica enferma de Castel. Sin duda el lector descubrirá mediante este libro la independiente psicología patológica del asesino sentimental.

“Un día la discusión fue más violenta que de costumbre y llegué a gritarle puta. María quedó muda y paralizada. Luego, lentamente, en silencio, fue a vestirse detrás del biombo de las modelos; y cuando yo, después de luchar entre mi odio y mi arrepentimiento, corrí a pedirle perdón, vi que su rostro estaba empapado en lágrimas. No supe qué hacer: la besé tiernamente en los ojos, le pedí perdón con humildad, lloré ante ella, me acusé de ser un monstruo cruel, injusto y vengativo. Y eso duró mientras ella mostró algún resto de desconsuelo, pero apenas se calmó y comenzó a sonreír con felicidad, empezó a parecerme poco natural que ella no siguiera triste: podía tranquilizarse, pero era sumamente sospechoso que se entregase a la alegría después de haberle gritado una palabra semejante y comenzó a parecerme que cualquier mujer debe sentirse humillada al ser calificada así, hasta las propias prostitutas, pero ninguna mujer podría volver tan pronto a la alegría, a menos de haber cierta verdad en aquella calificación.”
El túnel. Ernesto Sábato

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