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Tres tristes libros
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Tres tristes libros

¿Qué hace a un libro triste? Desde luego no debería ser únicamente lo dramático de su argumento y mucho menos un desenlace fatal. La muerte del héroe, los corazones rotos… los finales trágicos no definen la tristeza de una obra. Por ejemplo, creo que ‘Las uvas de la ira’ de Steinbeck no es una novela triste a pesar del sufrimiento constante de sus protagonistas o de su inigualable escenificación final del hambre. En cambio existe una luz de auxilio siempre presente que domina los corazones de los Joad y el ánimo del lector. Es más bien una novela de segundas oportunidades, una novela sobre la esperanza.

Por tanto, no define un libro triste lo que se cuenta en él sino más bien cómo se cuenta. El tono, el punto de vista o el enfoque son elementos clave que harán que el lector se empape del ánimo de la obra en su globalidad, más allá de los infortunios y las desdichas de los protagonistas. La tristeza debería envolver cada frase, incluso las que definen escenarios cotidianos o intrascendentes. La maestría de algunos autores hace que muchos de los libros más tristes carezcan de elementos trágicos evidentes o que, por lo menos, éstos adquieran un carácter secundario. Es el caso de los tres que presento a continuación.

 

  • El llano en llamas (1953). Juan Rulfo

 

Los relatos de ‘El llano en llamas’ se agarran a uno con saña, con las uñas bien clavadas, y van arrastrándose lentamente como un arado dejando una herida bien abierta. Es un llanto, la angustia de un atragantamiento que no te ahoga pero apena te deja respirar a bocanadas. Cada uno de los relatos te retira la energía poco a poco, dejándote al final exhausto al tiempo que anestesiado por la melodía de Rulfo.

Nadie como él ha sabido enseñarnos con tanta autenticidad la piel de un país como México, la naturaleza de sus campos y la de sus gentes. También existe una versión en audiolibro de algunos de estos cuentos dictados por el propio autor que realmente merece la pena.

Por cualquier lado que se mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo… siempre.

Luvina – El llano en llamas

 

  • Catedral (1981). Raymond Carver

 

Carver está considerado por muchos entre los más grandes cuentistas de la historia de la literatura. Su participación imprescindible en la corriente del realismo sucio ha inspirado a mucho de los grandes narradores contemporáneos y su obra ha sido y es reconocida como esencial en la literatura moderna norteamericana.

En cualquiera de sus libros de relatos encontraremos situaciones cotidianas, alejadas de artificios trágicos, pero llenas de rotundidad. Son relatos limpios y directos con una gran carga emocional implícita y donde el drama flota sobre los protagonistas. En contra del intento de algunos de impactar al lector con acontecimientos, Carver utiliza recursos simbólicos de gran carga emocional (véase la tarta de Scotty en “Parece una tontería”), nada evidentes, y pareciera que la escena fuera contemplada a través de un filtro que oprime los colores y frena los movimientos.

 

Aquel verano Wes alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico rehabilitado llamado Chef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y me fuese allí a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas. Volvió a llamar y dijo: Edna, desde la ventana delantera se ve el mar. En el aire se huele la sal. Me fijé en cómo hablaba. No arrastraba las palabras. Le dije que me lo pensaría. Y lo hice. Una semana después volvió a llamar preguntándome si iba. Contesté que lo seguía pensando. Empezaremos de nuevo, dijo él. Si voy para allá, quiero que hagas algo por mí, le dije. Lo que sea, contestó Wes. Quiero que intentes ser el Wes que conocí antes. El Wes de siempre. El Wes con quien me casé. Wes empezó a llorar, pero lo interpreté como una señal de sus buenas intenciones. Así que le dije, de acuerdo, iré.

La casa de Chef. Catedral

 

  • Los niños tontos (1956). Ana María Matute

 

Cuando lo horrible le sucede a alguien que podría defenderse, o que por lo menos tuviera recursos emocionales para luchar contra el día después, el espectador siente enseguida una suerte de hermanamiento con la víctima al tiempo que espera verla salir de la situación. El drama de los adultos va acompañado de la esperanza de la salvación, o al menos de la redención, y por tanto se interpreta casi como una oportunidad para el protagonista de convertirse en el héroe que esperamos.

Sin embargo, cuando lo horrible le sucede al niño, la vulnerabilidad no abre ninguna puerta a la esperanza. El drama contra el indefenso baña el resto de irrealidad y angustia. No estamos preparados para aceptar ese tipo de tristeza. Ana María Matute demuestra mejor que nadie cómo incluso estos dramas inaceptables pueden ser bellos hasta el punto de no querer parar de leerlos.

La voz inocente de la narradora se introduce magistralmente en un universo infantil donde la tragedia se funde con el desamparo. Lo hace con una prosa llena de curiosidad. El lector, sin embargo, no puede obviar que la indefensión más amarga es la que desconoce las consecuencias del golpe final.

 

El niño del cazador iba todos los días a la montaña, detrás de su padre, con el zurrón y el pan. A la noche volvían, con cinturones de palomas y liebres, con las piernas salpicadas de gotitas rojas, que, poco a poco, se volvían negras. El niño cazador esperaba en el chozo de ramas, oía los tiros y los contaba en voz baja. A la noche, tropezando con las piedras, sentía los picos de las palomas, de las perdices y las codornices, de los tordos, martilleando sus rodillas. El niño del cazador soñaba hasta el alba en cacerías con escopetas y con perros. Una noche de gran luna, el niño del cazador robó la escopeta y se fue en busca de los árboles, camino arriba. El niño cazó todas las estrellas de la noche, las alondras blancas, las liebres azules, las palomas verdes, las hojas doradas y el viento puntiagudo. Cazó el miedo, el frío, la oscuridad. Cuando le bajaron, en la aurora, la madre vio que el rocío de la madrugada, vuelto rojo como vino, salpicaba las rodillas blancas del tonto niño cazador.

El niño cazador. Los niños tontos

 

8 Comentarios

  • Buenas Esteban
    Te recomiendo «San Manuel Bueno, Mártir», de Unamuno. Además de tristeza, el libro muestra de una manera genial la angustia existencial entre creer y no creer. Siempre es buena ocasión para recomendar este gran libro.
    Acabo de leer «Soldados de Salamina», y ahora me pondré con «El llano en llamas».
    Saludos pirata!!

    • Gracias por seguir las recomendaciones, Javier! Espero que te gusten.
      Un abrazo

  • Gracias por las recomendaciones, Esteban! Ya he leído «El coronel no tiene quien le escriba», de Gabo, que has puesto aqui en Newtral. Ahora buscaré por «Catedral». Saludos desde Brasil.

  • Muy recomendable la sección del pirata. Fuera de lo común en su profesión. Me encantan sus recomendaciones.

  • Yo te recomiendo «La lluvia amarilla» de Julio Llamazares. Se trata de como un pueblo del pirineo se va deshabitando y la dura vida de los últimos habitantes. Tal vez porque vivo cerca del pueblo en cuestión y me tocó la fibra sensible… Pero me parece un librazo que hay que leer.
    Un saludo y gracias por compartir cultura!

    • Hola Andrea. He leído un poco sobre esta novela y la verdad es que parece muy interesante. Me lo apunto. También visitar Ainielle!
      Besos

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