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Opinión | ¿Qué hacemos los médicos al llegar a casa?
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Opinión | ¿Qué hacemos los médicos al llegar a casa?

Hospital Brisbane de Australia, atendiendo posibles casos de coronavirus | J. Geary | EPA

Por Amparo Iraola, médico de familia y oncóloga

“No basta con reconocer las competencias en las que nos sentimos bien. Hay que saber controlarlas y eso sólo se consigue dedicándoles muchas horas de trabajo y estudio”.
Eduard Punset.

“Recuerda que de la conducta de cada uno depende el destino de todos”
Alejandro Magno.

“En el filo de la duda” es el título traducido de la película de Roger Spottiswoode estrenada en 1993 (And The Band Played On). En 1993 empecé la carrera de Medicina, pero no la vi entonces. La vi mucho más tarde, siendo ya residente de primer año de Medicina de Familia. Igualmente me impactó. Cuenta los inicios del SIDA. Desde su sospecha como entidad nosológica, pasando por el descubrimiento del retrovirus que lo provoca, y reflejando de lleno la labor epidemiológica del CDC (Centers for Disease Control and Prevention) de Atlanta, el rechazo social a los enfermos ( motivo por el que se convirtió en enfermedad social) , las guerras comerciales por la patente y la dificultad de la obtención de un tratamiento. Teniendo en cuenta que la era del sida se inició en el año 1981 , que el virus se aisló en 1984 y que el primer fármaco que se comercializó para su tratamiento, la Zidovudina o AZT, lo hizo en 1987, la película refleja los primeros 5 años de historia de una enfermedad infecciosa nueva. Sin duda, apasionante. 

Personalmente en mis recuerdos más remotos, aquellos de mi primera infancia, se cuela entre brumas el programa Más vale prevenir de Ramón Sánchez Ocaña que hablaba de una enfermedad desconocida y letal. Especialmente, ¡qué curiosa es la memoria selectiva!, recuerdo los anuncios previos con la recomendación de no dejar que los niños viéramos ese programa (por aquello de ser una enfermedad de transmisión sexual y tal). Posteriormente me recuerdo estudiándola en la carrera y finalmente viéndola en la práctica, pasando visita al lado del doctor Juan Flores en el Arnau de Vilanova, siendo ya R1.

Si la historia del VIH y el SIDA es fascinante, teniendo en cuenta que para la mayoría, sino todos, de los médicos de mediana edad actualmente en activo, ésta fue la primera enfermedad vivida de 0. Es decir, hace 40 años no existía. Apareció un día y hubo que averiguar primero de qué se trataba, cómo se transmitía, cuál era su origen, qué la producía, cómo se podía secuenciar ese microorganismo, cual era su forma de multiplicarse y actuar y cómo se le podía frenar, y tratar

Exactamente como ahora. 

Estos días recuerdo mucho el VIH mientras intento rascar tiempo de donde sea para sentarme a estudiar un poco lo que va saliendo de esta nueva entidad nosológica llamada COVID. Apenas han pasado 3 meses (Diciembre de 2019) desde la aparición del primer caso en Wuhan. Unas semanas mas tarde asistíamos, un poco estupefactos y quizá incrédulos, a la información que nos llegaba. 

Demasiado lejano, demasiado exótico, demasiado marciano en definitiva como para preocuparse. 

Pero desde hace algo mas de un mes, lo marciano se ha colado definitivamente en nuestras vidas. 

Ya no es una entidad exótica. 

Los casos, los pacientes, son nuestros. 

Y nuestro es el trabajo para sacarlos adelante. 

En mi habitación de estudio (no me sale mucho llamarla despacho) las estanterías acogen todavía libros de Medicina. Antiguos y recientes. Anecdótico conservarlos puesto que ahora no estudiamos con ellos. El estudio se ha modificado con las nuevas tecnologías y estudiamos papers y mas papers que tenemos en ordenadores y tablets. Algunos nostálgicos del bolígrafo y los subrayadores como yo, aún imprimimos esos artículos en papel, lo confieso. Ya lo siento por el amazonas y por mí, puesto que odio subrayar, pero es la manera en que mi atención se centra más y fijo lo que leo y estudio.

Hoy he tenido que desempolvar el Tratado de Patología General de Sisinio de Castro -el Sisi para mis compañeros y para mí- que usé como libro de cabecera en tercero de carrera para retomar mi historia con la fisiopatología alveolar. Hace días que los ensayos y demás informaciones de Oncología han sido sustituidas por protocolos de actuación, estudios preliminares de tratamiento con combinaciones de antirretrovirales, antireumáticos, inmunomoduladores… Es todo nuevo. Partimos casi de cero, elaborando sobre la marcha algoritmos de prevención, de diagnóstico, de evolución, de tratamiento de la enfermedad y sus complicaciones, y de seguimiento al alta.  Es como una casa que está por hacer, inclusive diría que por planificar, puesto que ha habido que modificar toda la estructura de los centros sanitarios para adaptarlos a esta nueva enfermedad. 

Es todo novedoso, conocido y explicado en tiempo real. Parece que llevemos años con el SARS-Cov-2 y hace 3 meses no sabíamos ni que existía. 

Tenemos la información prácticamente al minuto y por primera vez que yo recuerde, de libre acceso en la mayor parte de las revistas y herramientas tecnológicas de consulta clínica. Esto también es la globalización. Poder apoyarnos en  el conocimiento de quienes nos han precedido en el manejo de esta nueva entidad, lo que equivale a decir, que el conocimiento traspasa fronteras y que nos ayudamos de la puesta en común de todos los médicos de las áreas afectadas, a través de masterclases y charlas de expertos organizadas contrarreloj y lanzadas por internet al mundo. 

Por poner un ejemplo, en la última webinar organizada por la SEIMC (Sociedad Española de  Enfermedades Infecciosas y Microbiologia Clinica )nos habíamos inscrito 10.000 profesionales para revisar en tres horas y media la información más relevante de esta nueva enfermedad, ya fuera de su fisiopatología, de sus métodos diagnósticos, de su semiología, de las dificultades para elaborar una vacuna o de cómo preveén y están planificando la retirada del confinamiento quienes nos llevan un par de meses de ventaja. 

Atendiendo a estas charlas, si te parabas a pensar que estabas oyendo en directo a compañeros de Wuhan relatando su experiencia, te entraba vértigo. 

La información científica se está generando en tiempo real. Y prácticamente en tiempo real, por fuerza, la hemos de asimiliar, procesar, estudiar y valorar (puesto que no todo es aplicable a nuestro medio, y mucho de los que nos llega son resultados muy muy preliminares, con poca evidencia por la propia rapidez en la evolución de la pandemia y por lo tanto, se impone también la prudencia). Sólo por poner un ejemplo, se tardaron 15 años en conocer la lipoproteína del VIH. Gracias a las potentes unidades de secuenciación actual, adaptadas a la informática, se consiguió conocer la lipoproteína del SARS-Cov-2 en 1 mes. Y ya se está en la fase de secuenciación de las diferentes cepas en distintos laboratorios de nuestro país. Secuenciación necesaria para saber, entre otras cosas, cómo muta en nuevo virus y en cuanto tiempo. De igual manera, están en macha ensayos clínicos para ver la eficacia de los diferentes tratamientos que se están administrando cuando la enfermedad pasa de ser algo más que un síndrome gripal a ser un torrente inflamatorio que enloquece a nuestro sistema inmune. 

Eso nos exige un trabajo extra enorme. 

¿Qué hacemos los médicos cuando llegamos a casa?. Pues básicamente lo mismo de siempre. Después de las jornadas agotadoras de trabajo, sacamos tiempo para estudiar, para saber, para poder aplicar en la práctica, aquello que se ha demostrado útil. 

La finalidad es que nadie se quede sin la atención adecuada por culpa de nuestra ignorancia. Eso significa trabajar en una profesión que requiere de una actualización constante. 

La tarea que tenemos por delante es ingente. También lo son las herramientas con las que contamos. Quizá la más potente de estas herramientas es la colaboración a la que nos hemos vistos inmersos. Difícil es encontrar estos días entre los grupos de sanitarios a quien no tenga uno o varios grupos de whatsapp profesionales que sirvan tanto para dar ánimos como para resolver dudas o transmitir información clínica relevante. Obligados por las circunstancia a dejar un poco de lado nuestras respectivas especialidades y a funcionar como si todos fuésemos una, nos apoyamos en el conocimiento y en la labor asistencial. Poco a poco, pasadas las primeras semanas de organización y desconcierto, podemos centrarnos un poco más y cada cual aporta su granito de arena. Así esta semana, por ejemplo,  los dermatólogos nos avisan de las manifestaciones cutáneas de la Covid. Previamente los oftalmólogos hicieron lo propio con las oculares, y antes los radiológos elaboraron resúmenes de los patrones radiológicos que sugerían esta enfermedad. Los psiquiatras ya están pensando en cómo apuntalar el ánimo (de pacientes y compañeros) después de que todo este estrés pase y los compañeros de primaria y UHD, primera línea recuerdo frente a la enfermedad, ya elaboran (y llevan a la práctica) protocolos de seguimiento de pacientes que, afortunadamente, vuelven a casa tras la hospitalización. 

Es extraño y fascinante vivir el nacimiento de una nueva enfermedad. 

El estudio es individual, pero es necesario formar equipo para sobrevivir a la carga asistencial y principalmente para no venirse abajo en el esfuerzo de tratar de  sacar este Titanic a flote. En definitiva, es necesario colaborar para no desesperar y para no dejar caer la esperanza puesta en nosotros de tantas personas, empezando por nuestras familias y familiares. 

La webinar de la SEIMC acabó con la doctora Xin poniendo una fotografía de una pareja de pacientes suyos que habían superado la enfermedad. En la cabecera un texto: We Will Win. Su voz sonaba entrecortada fruto de la conexión, de su inglés adaptado al chino y de su emoción, quizá. En el otro extremo de la interface estábamos nosotros, los diez mil sanitarios conectados. Desanimados a días, cansados (mucho), acelerados siempre, mirando esa diapositiva y escuchando su testimonio, creyendo que tiene que ser posible que con esto. Que somos muchos los que pasito a pasito, cada día, desde el laboratorio, desde el hospital, desde los centros de salud, desde las residencias, estamos intentando doblegar y controlar la curva. 

Somos dolorosamente conscientes de que para muchos llegaremos tarde. 

Somos dolorosamente conscientes de que pasada toda esta situación de estrés, muchos no volveremos a ser los mismos. 

Pero a pesar de ello, aquí seguimos, desempolvando libros, hincando codos, buceando por la literatura internáutica, echándole horas a este prueba de la que nos examinamos en directo y con pacientes, cada día. 

Como si de un examen final de carrera se tratara. 

Nos sentamos en nuestros despachos, ajenos (casi) a todo y a todos, y como en aquella revista universitaria de mi juventud, el VBI PVS, empezamos: Página 1, capítulo 1, Introducción…. 

Este examen lo vamos a aprobar. 

Este examen, por todo lo que nos jugamos, lo hemos de aprobar. 

Con especial agradecimiento a la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiologia Clinica (SEIMC), Sociedad Española de Neumologia y Cirugia Torácica (SEPAR) Sociedad Valenciana de Medicina Familiar y Comunitaria (SoVaMFiC) por la puesta en marcha de webinars de formación de libre acceso. 

Y a tantos compañeros que están elaborando protocolos de actuación en tiempo récord que nos permiten estudiar y organizarnos. Por la parte que me toca, especial agradecimiento a los compañeros de urgencias y medicina interna de Hospital La Fe, Peset; Arnau de Vilanova y General de Valencia, General de Castellón,  General de Alicante, Medicina Interna de Albacete y Hospital de Tortosa.  Y a mis compañeras de Interna y Neumología del Instituto Valenciano de Oncologia, con quien hago equipo, de estudio, risas desestresantes y trabajo. 

Corrección: En su edición original (13/4/2020), este artículo incluía en su encabezado una cita a un texto atribuido erróneamente a la película ‘Senderos de Gloria’. Dicha cita ha sido retirada.

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