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Nuclear en tiempos de emergencia climática
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Nuclear en tiempos de emergencia climática

Los defensores de la energía nuclear defienden que sus bajas emisiones de CO2 son un activo en emergencia climática, permitiendo cerrar plantas de combustibles fósiles, principales emisoras. El debate nuclear continúa centrándose en la seguridad y el coste. Pero también en si mantener las centrales sostendrá un ritmo producción-consumo de energía insostenible para el planeta.

Energía nuclear y cambio climático | Ilustración: M.V.

El 30 de octubre de 1989, una pequeña localidad de Tarragona declara la huelga general. En L’Ametlla de Mar, los balcones se llenan de banderas blancas con crespones negros. «Nuclear no, gracias». El sol sonriente de la diseñadora y activista Anne Lund tomó las calles tres días después de que el Gobierno de Felipe González reconociese que el incendio en la central de Vandellós I pudo haber «tenido daños para la población«.

Aunque no fue un accidente nuclear (el reactor no se vio afectado), Vandellós se convirtió en icono de una lucha antinuclear que ha llegado hasta nuestros días, en que el foco ecologista está en la emergencia climática. Y el horizonte de 2030 para evitar que siga subiendo la temperatura del planeta. ¿Es el CO2 el nuevo uranio en el imaginario colectivo del riesgo?

La radiactividad nos rodea

Desde un plátano a un puñado de frutos secos. Desde un castillo de granito, a tu vecino. Somos y ‘estamos’ radiactivos. La desintegración de los núcleos de ciertos átomos en un proceso natural con el que convivimos sin riesgo. Como convivimos con centrales nucleares, pero también refinerías, térmicas y coches. Todos contaminantes.

En este vídeo de El Objetivo te explicamos cuáles son esas fuentes de radiactividad natural y artificial. Y cuáles sí deberían preocuparnos, como la del gas radón procedente de las piedras graníticas, sólo cuando se acumula en sótanos. Y centramos el debate: ¿qué es lo que sale de las chimeneas de una central nuclear? ¿Son frecuentes los accidentes nucleares? ¿Y los de otros tipos de plantas de producción energética? Y…¿cuántos plátanos hay que comer para sentir los efectos de una radiografía?

«Asuminos que hay un cambio climático, que es de origen humano y que se acaba el tiempo. Y ahí tiene un papel la nuclear«, explica a Newtral el doctor en Ingeniería Nuclear Alfonso Barbas. «No se trata de que no exista otra fuente que no sea la nuclear. [La transición energética] se tiene que hacer con las renovables», pero la emergencia climática «no nos permite prescindir de ella, que es una tecnología, en su conjunto, baja en emisiones de CO2». Algo «más que discutible» para el activismo antinuclear.

Desde la Sociedad Nuclear Española, a la que pertenece Barbas, se defiende que «la electrificación de la economía con un mix de generación en que nuclear y renovables se complementen» en la lucha contra el cambio climático. La Agencia Internacional de Energía Atómica acaba de centrar el debate. ¿Se pueden lograr los objetivos de recorte de emisiones sin contar con la nuclear?

Ser ecologista y pronuclear

Ecologista y pronuclear. En este perfil empiezan a encajar cada vez más expertos que trabajan en este ámbito. Producir una enorme cantidad de electricidad rompiendo átomos de relativamente poco combustible parece la ecuación perfecta. Sobre todo si se piensa que de las enormes chimeneas de las centrales sólo salen gotitas de agua en forma de nubes blancas.

Es difícil medir la huella de carbono de cada tipo de producción, pero la nuclear es inferior a la quema de combustibles fósiles.

Pero Ecologistas en Acción advierte de lo envenenado de este paisaje idílico. «Es cierto que la nuclear no emite CO2 al producir energía, pero en todo el proceso, desde que se monta y extrae el combustible hasta su desmantelamiento sí hay una emisión muy importante«, sostiene a Newtral su experto en Cambio Climático Javier Andaluz (@javyvy).

En concreto, cita un estudio de Benjamin Sovacool (Universidad Nacional de Singapur) publicado en 2008. Este trabajo se centró en análisis previos del ciclo de vida de 193 centrales nucleares. Los resultados oscilaban entre los 1,4g de CO2 por kWh producido –la que menos– y 288g/kWh –la que más–.

Son cifras que están por debajo de las de las centrales térmicas de gas o carbón. Pero muy por encima de la eólica, que Ecologistas en Acción cifra en unos 5g/kWh.

Por su parte, Alfonso Barbas no ve realista sustituir la nuclear por las renovables a corto plazo. «La eólica o la fotovoltaica plantea el problema de la intermitencia y lo impredecible de su comportamiento», al depender de elementos naturales. «La mayoría de los técnicos nucleares pensamos que en España a día de hoy no es viable cubrir el 100% de las demandas energéticas con renovable y prescindiendo de la nuclear».

La nuclear nos empuja a consumir más. Está generando constantemente.

Javier Andaluz, Ecologistas en Acción

Pero Andaluz le da la vuelta y prefiere poner el foco en otro sitio: la oferta. Más que centrarse en que la solar y eólica producen intermitentemente, destaca que «la nuclear no se puede ‘desenchufar’ y ‘enchufar'». Lo que a priori podría parecer una ventaja «es un inconveniente, porque no se puede adecuar a la demanda. Presiona al resto y a las renovables, en concreto». Está generando una oferta que sí o sí hay que consumir. Y los ecologistas coinciden en la necesidad de rebajar el consumo energético.

«No sólo lo decimos nosotros, lo dice el Panel Intergubernamental Contra el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Llegas a la conclusión de que hay consumir menos. No tanto renunciar como racionalizar dentro de los límites planetarios».

Según el informe de Naciones Unidas de 2018, «la nuclear es una fuente de energía de base madura y de bajas emisiones de gases de efecto invernadero […] La energía nuclear podría contribuir al suministro de energía con bajas emisiones de carbono, pero existen varios de límites y riesgos».

Los expertos de la ONU destacan que la nuclear es una fuente de baja emisión de gases de efecto invernadero, pero también destaca sus límites y riesgos.

La nuclear, según cree Andaluz, nos empuja a seguir produciendo y consumiendo, mientras que retrasa la expansión de alternativas más sostenibles.

Alemania cesó su producción nuclear y ha mantenido sus emisiones de CO2. «Es cierto que las ha recortado en cuanto a generación de electricidad, pero no tanto como cabría esperar de haber complementado con la nuclear», asegura Barbas. El país tedesco, fuertemente industrializado, está lejos de poder cumplir sus objetivos para 2020 y sus autoridades ya miran directamente a 2030.

Del otro lado, ¿es Alemania un modelo para los movimientos antinucleares? «Es un modelo relativo», cree Andaluz. «Es cierto que el compromiso ha sido claro, pero la ejecución no está funcionando. Algunos gobernantes nos dicen que si quitamos nuclear hay que mantener carbón».

Desde Greenpeace, por su parte, destacan que, según la Agencia Internacional de la Energía, triplicar la capacidad nuclear del mundo apenas contribuiría a reducir las emisiones de CO2 un 6%.

El problema de los residuos

Ni la seguridad. Ni su potencial contaminante. «Los residuos son, sin duda, el mayor problema desde el punto de vista técnico». Esto reconoce Alfonso Barbas, quien también trabajó en 2010 para el Consejo de Seguridad Nuclear en los algoritmos que permiten gestionar los residuos. También lo es económicamente.

En una central nuclear el combustible es, generalmente, óxido de uranio. Se emplea uranio ligeramente enriquecido con una fracción del isótopo uranio 235 (entre el 3% y el 5%). Los residuos de baja y media actividad se custodian en almacenes temporales, donde «se desclasifican» pasados 300 años. Los de alta actividad siguen activos durante miles de años y en entierran y sellan permanentemente a más de 500 metros de profundidad.

«Es cierto que son peligrosos. Pero somos la única producción de energía que hace un seguimiento exhaustivo de todo el ciclo completo del combustible hasta que se genera el residuo y se almacena», explica este experto. Los contaminantes de fábricas o vehículos en las ciudades son también tóxicos y nos estamos exponiendo a ellos directamente a diario, a diferencia de los residuos nucleares.

Hay almacenes temporales (ATC) y permanentes (AGP). Barbas se queja de que no tengamos aún un almacén de residuos centralizado (ATC). El que se construirá en Villar de Cañas se encuentra a la espera del último ok sobre la mesa del Consejo de Seguridad Nuclear. La puesta en marcha de su construcción depende, ahora mismo, de la voluntad política.

Hasta entonces, los residuos que dejó la central de Vandellós I, tras su cierre, yacen en Francia. Por ellos pagamos unos 75.000 euros al día de ‘penalización’ por no haberlos enterrado aún en España, según datos de la memoria de ENRESA de 2018, conforme a los acuerdos firmados con la empresa gala Orano Cycle.

Central de Vandellós I | Foto: Nicolas Vigier (CC-BY)

Por su parte, los residuos radiactivos de baja y media actividad se almacenan en la instalación de ENRESA en El Cabril, al igual que los de otras 20.000 industrias. Estos residuos pueden ser desclasificados a los 300 años, según explican desde la Sociedad Nuclear Española.

Para Javier Andaluz, tener que enterrar los residuos de forma permanente «es una temeridad». Obviamente, no hay alternativa fácil para los ya generados, pero recuerda que si seguimos produciendo (hay cálculos por encima de 6.000 toneladas para toda la vida de las centrales activas), tendremos encapsuladas toneladas de sustancias activas. «No sabemos cómo se comportará la corteza terrestre a cientos o miles de años vista«.

El (no) Chernóbil español

A las afueras de L’Hospitalet del Infant algunos de sus vecinos se refieren todavía a uno de sus barrios como ‘Hifrensa’. Es el nombre de la propietaria de la central nuclear Vandellós I, que construyó este residencial de corte racionalista para las familias de sus trabajadores.

Visita a las obras de la central nuclear de Vandellós I en 1968 | Foto cedida por Onada Verda

Se les atribuye a ellos el heroico mérito de haber salvado la central en 1989, cuando comenzó a arder en una turbina desbocada. No fueron liquidadores, porque no hubo fuga radiactiva, pero arriesgaron en el caos hasta conseguir un paro seguro.

Uno de aquellos empleados le contaba a David Frías, en El Español, que si no pensase que las centrales nucleares fueran seguras «ya hubiera intentado que mi hijo no se metiese [a trabajar en Vandellós II]. Pero no es sólo que sea segura, es que es el triple de segura que antes», explicaba Braulio Conejo.

«El problema es que la industria nuclear ha aprendido a través de accidentes», señala Javier Andaluz. Del lado pronuclear se insiste en un argumento: «Chernóbil sería imposible en nuestras centrales», asegura Barbas destacando las diferencias en cuanto al reactor y las negligencias cometidas en 1986.

«En Fukushima se demostró que hubo un problema de diseño, pero el número de muertos directos por la radiación fue cero». Eso no quiere decir que no hubiese víctimas. «140.000 evacuados, 60.000 están aún fuera de sus casas, eso hay que tenerlo en la cabeza», enfatiza este experto nuclear.

Trabajadores en central nuclear de Vandellós I | Foto cedida por Onada Verda

«En Fukushima se demostró que hubo un problema de diseño, pero el número de muertos directos por la radiación fue cero». Eso no quiere decir que no hubiese víctimas. «140.000 evacuados, 60.000 están aún fuera de sus casas, eso hay que tenerlo en la cabeza», enfatiza este experto nuclear.

Un trabajo publicado la semana pasada por el instituto de estudios económicos IZA atribuye la muerte indirecta de 1.280 personas al accidente de Fukushima, pero no por la radiación, sino por la pobreza energética.

Un nuevo estudio atribuye la muerte indirecta de 1.280 personas por Fukushima, pero no por radiación, sino por la pobreza energética.

Japón cerró centrales nucleares drásticamente. Según este trabajo, las autoridades recurrieron al gas y el carbón para alimentar el país. Eso se trasladó a la factura de la electricidad. «Eso llevó a una reducción en el consumo y un incremento en la mortalidad ante temperaturas muy bajas», recalca Matthew Neidell, de la Universidad de Columbia, en su paper.

Barbas cree que «hay un sesgo a la hora de percibir los accidentes. Todo el mundo recuerda Chernóbil o Fukushima, pero pocos tienen en mente el desastre de Vajont, donde la rotura de una presa (producía hidroelectricidad) mató a miles personas».

Desde Ecologistas en Acción y otras organizaciones insisten en que no merece la pena correr el riesgo ni seguir invirtiendo en la actualización de las centrales para que puedan seguir a pleno rendimiento.

España cuenta con cinco centrales nucleares en operación con siete reactores: Almaraz I y II (Cáceres), Ascó I y II y Vandellós II (Tarragona), Cofrentes (Valencia) y Trillo (Guadalajara). Santa María de Garoña (Burgos) está en situación de parada segura a la espera de su desmantelamiento.

La España postnuclear tendrá que esperar. Y pensarse bien. En eso coinciden pro y antinucleares. «Al desaparecer la única economía de una zona (valga para nuclear, el carbón o el petróleo), no se puede pasar a una alternativa desde el debilitamiento. Se debería haber trabajado desde hace décadas«, explica Andaluz, quien considera que la desnuclearización es también una emergencia.

Barbas ha estado ocasionalmente en contacto con los activistas. «A los antinucleares les debemos que tengamos una de las energías más seguras. Están al quite ante cualquier resquicio. Y, en el fondo, eso es de agradecer».

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