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Misericordia
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Misericordia

Hay una imagen de mi infancia de colegio de curas que me ha venido persiguiendo desde entonces y que reverbera en mi cabeza bajo según qué circunstancias. Es la imagen de Dios sosteniéndome sobre el pozo de los infiernos como quien aguanta una araña de su hilo. Mi destino a merced de su pura complacencia, enjuiciado por quien todo lo ve y todo lo sabe, mientras uno debe conformarse con la súplica del perdón.

Y es que enseñarnos a someter nuestros patinazos a la misericordia de un tercero, por poderoso que fuera, es educarnos en contra de la libertad, al menos de la de perdonarnos a nosotros mismos. El ejercicio de la conciencia desde la infancia se vuelve fundamental. Para un desarrollo saludable del sentido ético deberíamos trasladar el peso del juicio hacia el interior, de manera que logremos actuar con decencia con más razón que el miedo a las represalias del todopoderoso, sea Dios o el poder judicial.

Si protestamos contra la lentitud de la justicia española habría que entender primero los motivos. Hoy en día, resulta muy fácil (y barato) arrastrar a cualquiera ante un juez por cualquier estupidez, lo que genera los conocidos atascos así como perjuicios de todo tipo para quienes consiguen demostrar su inocencia. Es raro encontrar una persona, por sencilla y afable que sea su vida, que no haya tenido que vérselas en un juzgado. Pero los mayores perjudicados son aquellos que hacen buen uso de la justicia en defensa de sus derechos y tienen que hacer cola con tantos otros oportunistas. En la divertidísima novela La hoguera de las vanidades, Tom Wolfe hace un retrato impactante de un juzgado del Bronx y de sus actores principales.

Pero sin lugar a dudas, de todo el elenco, el disfraz que a todos nos viste es el de juez. No podemos evitar la atracción del poder definitivo de quien juzga y sentencia. Lo estamos viviendo cada día en el televisado juicio a los políticos catalanes o en el repugnante caso de La Manada. También en las polémicas futboleras (VAR mediante), donde arbitramos tanto las jugadas como la propia honradez de los árbitros y del propio sistema.

Si queremos llegar a entendernos en un mundo donde todos somos jueces, adquieren una importancia vital los guardianes de la semántica. Nunca como ahora ha resultado tan relevante definir bien las palabras o conceptos. Si no partimos de una autoridad semántica sobre la terminología de cada caso corremos el gran riesgo de confundirnos, y lo que es peor, malinterpretarnos. Por concretar con algunos ejemplos latentes, convendría acordar significados universales para intimidación, feminismo, violencia, rebelión, fascismo y hasta relator. A menudo y a causa de esta descoordinación, nos encontramos a dos bandos enfrentados que defienden sus palabras por encima de sus ideas. Una exagerada confrontación verbal sobre una discrepancia real mínima. Pero el problema grave es que cuando la cultura política y del ocio se basa en discutir, los malentendidos son necesarios y por tanto bienvenidos.

En la literatura, además de la novela de Wolfe, existen multitud de situaciones y argumentos judiciales de gran valor. Hace poco mencioné el bizarro juicio a Meursault en El extranjero, pero el juicio más vivo en mi recuerdo literario es el de una de las más auténticas novelas de amor: El lector de Bernhard Schlink.

 

“Cuando se paran por avería los motores de un avión, eso no significa que se acabe el vuelo. Los aviones no caen del cielo como piedras. Los enormes aviones de pasajeros de cuatro motores pueden seguir planeando entre media hora y tres cuartos, hasta estrellarse al intentar aterrizar. Los pasajeros no se dan cuenta de nada. Volar con los motores parados produce la misma sensación que hacerlo con los motores en marcha. Hay menos ruido, pero no mucho menos: el aire que cortan el fuselaje y las alas hace más ruido que los motores. Llega un momento en el que al mirar por la ventanilla se ve la tierra o el mar amenazadoramente cerca. Eso si las azafatas o los auxiliares no cierran las persianas de las ventanillas y ponen un vídeo. Quizás los pasajeros incluso se sientan mejor, al haber menos ruido.

El verano fue el vuelo sin motor de nuestro amor. O, mejor dicho, de mi amor por Hanna; de su amor por mí no sé nada.”

                                                                                                              El lector. Bernhard Schlink

 

 

 

 

 

 

2 Comentarios

  • Y es que enseñarnos a someter nuestros patinazos a la misericordia de un tercero, por poderoso que fuera, es educarnos en contra de la libertad, al menos de la de perdonarnos a nosotros mismos.¿¿en contra de la libertad??……..¿¿que ley??,,depende de qué época y lugar en el tiempo…¿verdad?…la ley mataba cristianos,,,,la ley mataba negros,,,,la ley mataba (EN EL VIENTRE DE LA MADRE……) LA LEY ,,LA LEY ,,,Capy estamos perdiendo la esencia de las cosas,,,llamemoslo…..»pecados de época»»un abrazo Capy…pero la Misericordia es mucho más,,,,os quiero.
    bueno mira lo que he encontrado Capy, bonito he,,,,dice el Todo poderoso,,,,
    6 Por haberse apartado de esto, algunos terminaron en pura palabrería

    7 y, pretendiendo ser maestros de la Ley, en realidad no saben lo que dicen ni lo que afirman con tanta seguridad.

    8 Ya sabemos que la Ley es buena, si se la usa debidamente,

    9 es decir, si se tiene en cuenta que no fue establecida para los justos, sino para los malvados y los rebeldes, para los impíos y pecadores, los sacrílegos y profanadores, los parricidas y matricidas, los asesinos,

    10 los impúdicos y pervertidos, los traficantes de seres humanos, los tramposos y los perjuros. En una palabra, la Ley está contra todo lo que se opone a la sana doctrina

    11 del Evangelio que me ha sido confiado, y que nos revela la gloria del bienaventurado Dios.

    12 Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio

    13 a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia.

    14 Y sobreabundó a mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús.

    15 Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos.

    16 Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la Vida eterna…………………………………………………………………….MISERICORDIA,,,saludos Capitan.

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