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Microplásticos hasta en las bolsitas del té
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Microplásticos hasta en las bolsitas del té

Bolsita de té de plástico | Rosmarie Voegtli (CC-BY)

La presencia de microplásticos en los océanos y el ambiente preocupa por ser un vector invisible de sustancias perjudiciales. Proviene de la fragmentación de basura plástica más grande o de aditivos de cosméticos o campos de fútbol.

Bolsita de té de plástico | Rosmarie Voegtli (CC-BY)
Bolsita de té de plástico | Rosmarie Voegtli (CC-BY)

Un inocente gesto como tomarse un té puede llevarnos a contaminar(nos) con plástico. Aunque tradicionalmente se han usado bolsitas de infusión a partir de papel (celulosa), algunas marcas comercializan sus productos más exquisitos en pequeñas pirámides semirrígidas que contienen té u otras hierbas, impidiendo que las hojas picadas se aplasten. Estas microrredecillas están basadas en plástico. Una parte del mismo se puede desprender a altas temperaturas.

Un equipo canadiense ha descubierto que sumergir una bolsa de té de plástico a una temperatura de elaboración de 95°C libera alrededor de 11.600 millones de microplásticos. Pequeñas piezas de entre 100 nanómetros y varios milímetros de tamaño por taza. ¿Es esto en sí un problema?

«Creemos que es mucho en comparación con otros alimentos que contienen microplásticos», dice Nathalie Tufenkji, de la Universidad McGill. «Sabemos que la sal de mesa, que tiene un contenido microplástico relativamente alto, contiene aproximadamente 0,005 microgramos de microplástico por gramo de sal. Una taza de té de este tipo contiene miles de veces más masa de plástico, a 16 microgramos por taza«, señala la autora de este estudio publicado en Environmental, Science and Technology.

Pero microplásticos no deja de ser un término muy genérico. «Al final, un plástico en sí no es más que un polímero», explica Jesús Gago, investigador de Instituto Español de Oceanografía, experto en microplásticos aunque ajeno al estudio de las bolsitas de té. «Hay un mantra que nos lleva a imaginar que los microplásticos son tóxicos en sí, cuando eso no es cierto. Depende de las sustancias que los acompañen«, explica a Newtral por teléfono desde Vigo.

Ahí entran desde sus aditivos (colorantes, retardantes, etc.) a lo que el microplástico es capaz de arrastrar (otros contaminantes, virus o bacterias, etc.). «El problema es que tienen impacto en todas las escalas. Está claro que hacemos un uso indiscriminado del plástico», subraya Gago para enfocar en origen del mal.

Más plásticos que peces

Naciones Unidas calcula que para 2050 ya habrá más plásticos que peces en los mares. Los microplásticos se están convirtiendo en la nueva pesadilla de los océanos. A diferencia de los visibles al ojo humano, sus tamaños impiden que identifiquemos lo contaminadas que están unas aguas o playas. Sin embargo, pueden ser fácilmente tragados por la fauna marina y se acumulan en los hielos Árticos.

Alrededor de 8 millones de toneladas métricas de desechos plásticos terminan en los océanos cada año: botellas, bolsas y papillas que eventualmente se descomponen en pequeños pedazos de microplásticos. Estas partes, casi indestructibles, se quedan en los tractos digestivos de los animales. No es sorprende ahora se han encontrado en muestras fecales humanas, pero ¿causan daño a las personas? Esa es la pregunta que muchos investigadores están reflexionando, según recogía un artículo, también de este año, en Chemical & Engineering News.

Microplásticos visibles | Univ. Estado de Oregón (CC-BY)
Microplásticos visibles | Univ. Estado de Oregón (CC-BY)

«La ciencia tiene sus tiempos y eso no lo podemos aventurar todavía», explica Gago. Como en el caso de los humanos,  «han aparecido en [los tractos digestivos de] muchos organismos marinos, pero en la mayoría de estudios se han centrado en presencia del material, no en su impacto. Demostrar que lo uno lleva a lo otro es complicado».

La OMS subraya que no se ha podido demostrar que beber agua del grifo con microplásticos (cosa que está ocurriendo) tengan efectos sobre la salud. Por si acaso, el equipo de Tufenkji vio qué les pasaba a unos cladóceros, pulgas de agua, que aunque no se parecen precisamente a los humanos, sirven para medir cierto impacto.

En efecto, «las partículas no mataron a las pulgas de agua, pero se vieron efectos significativos en el comportamiento y malformaciones del desarrollo», dice la científica que, a la par reconoce que habría que investigar más para ver si algo de esto es trasladable a la especie humana o a otros animales.

Lo que Gago –y, en general, sus colegas investigadores– cree es que los plásticos «están donde no tienen que estar. Invaden los ecosistemas.  Son de muy difícil degradación. Se puede ver arrastrados por corrientes. Pueden actuar como esponjas y coger sustancias por el camino,  gérmenes, por ejemplo». Y ahí es donde tiene un probable impacto por su efecto acumulativo.

De los mares al fútbol

Aunque la presencia de plásticos, grandes, pequeños o microscópicos, preocupa en los océanos, su presencia en tierra firme es tan invisible a veces, como constante. Un estudio de 2019 también advirtió la presencia de estos polímeros diminutos que se desprende en cada lavado de ropa con tejidos sintéticos. Los inhalamos, aunque no se ha demostrado que tengan un impacto directo sobre nuestra salud.

[columns size=»3/4″ last=»false»]colillas y microplásticosLas colillas también son plástico y afectan a las plantas.

Los restos de los cigarrillos suponen alrededor del 13% de los residuos mundiales.


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Por supuesto, en cada colada, estas fibras de elastano, poliéster, nailon o ropa a partir de plásticos reciclados terminan en los océanos, junto a la sopa de botellas y bolsas que mayoritariamente componen el ‘mar de plástico’ a la deriva.

«No hay una solución única», afirma Gago, pero «hay países que ya han prohibido la adición de microplásticos a productos de uso cotidiano».  Por ejemplo, la pasta dentífrica. Esos granulitos que incluyen en sus geles algunas marcas son microplásticos que terminan por el sumidero. Algo parecido sucede con cremas exfoliantes.

Según explica la bióloga marina Alba García desde Greenpeace, antes se usaban para estos fines «productos como la almendra molida, la cáscara de coco o semillas, que se han ido sustituyendo en los últimos años por microesferas de plástico que van directamente al mar tras su uso y es imposible recuperar del medio ambiente”.

Aunque a gran distancia de las magnitudes escupidas por las centrales de carbón o gas, los plásticos también emiten gases de efecto invernadero es su descomposición.

Reino Unido fue el primer país europeo en dar este paso para limitar el uso de microplásticos primarios. Mientras, a nivel comunitario, La Agencia Europea de Productos Químicos ha presentado un proyecto de ley que espera poner coto a la presencia de estos aditivos antes de cuatro años. Los ecologistas celebran la medida, pero creen que tardaremos en ver un recorte significativo en sus usos. Aquí explican los procelosos caminos que tendrá la tramitación de esta nueva norma.

Hay países, como Alemania, que han solicitada una futura moratoria para adaptarse. Resulta que la mayoría de los campos de fútbol no profesionales usan un granulado plástico como base de ‘césped artificial’ (paradójicamente, la alternativa en lugares secos como media España, donde se ahorra una importante cantidad de agua de riego).

Los plásticos grandes seguirán siendo un problema, advierten, si no se restringe su uso y cambia la conciencia ciudadana respecto a usar materiales reutilizables. «Al final, terminan también como restos fragmentados en microplásticos secundarios», concluye Gago. La sopa de plástico seguirá ahí aunque no la veamos.

 

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