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Los siete pecados capitales
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Los siete pecados capitales

La lujuria

Bien sabido es que no hay nada más atractivo que el pecado. La razón principal, dicen algunos, está en la categorización del acto y no en el hecho en sí. Es decir, sentimos el impulso hacia lo prohibido precisamente porque lo es. Otros defienden que el pecado lo es por la carga que trae, también al propio pecador, y la categorización viene concertada después. Las consecuencias en el resto y la propia culpa definen el pecado. En cualquier caso, hemos de reconocer que su presencia flotante sobre nuestras cabezas nos altera. La literatura ha sabido reconocer su influencia y ha motivado escenas sobrecogedoras envueltas en consciencia pecaminosa y por tanto profundamente humanas.

La lujuria es probablemente el pecado por excelencia. Más allá de las teorías freudianas que apuntan al sexo como padre de todas las motivaciones humanas y del celibato religioso que no consigue sino echar más leña al fuego, la lujuria ha regentado sobre las emociones e impulsos humanos y por tanto sobre las argumentaciones narrativas de todas las épocas. Desde los tiempos de los cantos de sirena en La Odisea de Homero, pasando por las dos grandes novelas sobre la infidelidad, Ana Karenina de L. Tolstoi y Madame Bovary de Flaubert, la lujuria ha jugado un papel fundamental en el destino de nuestros personajes favoritos.

La viuda embarazada (2010). Martin Amis

No exagero si digo que esta novela elevó mi exigencia literaria para siempre. Después de ella he sido incapaz de dejarme seducir por cualquiera. La recomiendo a sabiendas de que os puede suceder lo mismo, lo cual no es malo pero a veces tampoco es bueno…

El sol de verano en Italia, presente en toda la novela, es testigo permanente de una reunión de adolescentes que van descubriendo que desconocen todo aquello de lo que alardean. La embriaguez italiana se mezcla con el despertar sexual de Keith y compañía en una novela memorable de unos de mis narradores estrella.

“Keith se incorporó hasta quedar sentado con los pies en el suelo. Todo era desnudez. Y él era neutro, y no tenía amor, ni sexo; y tenía veintiún años.
Desnudo, empujó la puerta del cuarto de baño. Estaba cerrada. Escucho el silencio. Luego se ciñó la toalla a la cintura y tocó el timbre. Oyó unas pisadas de tictac.
– Ah, eres tú. Buenos días –dijo Gloria Beautyman.”

La viuda embarazada. Martin Amis

 

Las edades de Lulú (1989) . Almudena Grandes

Estoy convencido de que la memoria juega un doble papel en la mente de las personas. Existe por un lado el recuerdo redentor, ese que nos da paz y nos reconforta, al que acudimos como vía de escape en situaciones de estrés o en noches de insomnio. Todos tenemos una o varias imágenes preparadas y obligamos a nuestro cerebro a dirigir su atención a ellas. Es por tanto un recuerdo voluntario en busca de un alivio psicológico.

Pero también existe el recuerdo espontáneo, que normalmente es menos amistoso. Entre las emociones que empujan este tipo de pensamientos a la consciencia destaca la culpa. Súbitamente, el recuerdo asoma y se apodera de nuestros pensamientos con mayor o menor insistencia, provocando desde un fastidio incómodo hasta la peor de las obsesiones. En algunos casos, los más graves,  la angustia viene envuelta en una atracción fatal, un impulso que nos obliga a volver a su origen, como si el recuerdo no fuera suficiente.

Decía Francois de Rochefoucauld que “La ausencia disminuye las pequeñas pasiones y aumenta las grandes, lo mismo que el viento apaga las velas y aviva las hogueras.” La pasión de Lulú no puede sobrevivir en forma de recuerdo. Una pasión impuesta, contaminada y terriblemente peligrosa…

 

“Luego ya no pude hablar. El dolor me dejó muda, ciega, inmóvil, me paralizó por completo. Jamás en mi vida había experimentado un tormento semejante. Rompí a chillar, chillé como un animal en el matadero, dejando escapar alaridos agudos y profundos, hasta que el llanto ahogó mi garganta y me privó hasta del consuelo del grito, condenándome a proferir intermitentes sollozos débiles y entrecortados que me humillaban todavía más, porque subrayaban mi debilidad, mi rotunda impotencia frente a aquella bestia que se retorcía encima de mí, que jadeaba y suspiraba contra mi nuca, sucumbiendo a un placer esencialmente inicuo, insultante, usándome, igual que yo había usado antes aquel juguete de plástico blanco, me estaba usando, tomaba de mí por la fuerza un placer al que no me permitía ningún acceso.”

 

Las edades de Lulú. Almudena Grandes.

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