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López-Goñi, microbiólogo: “La próxima pandemia llegará antes por un virus ‘aéreo’ como la gripe que por un hantavirus”

Ignacio López-Goñi en 'Esto no ha pasado'
Ignacio López-Goñi en 'Esto no ha pasado'
Tiempo de lectura: 13 min

El catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra y autor de Virus y pandemias le ha pillado el brote de hantavirus divulgando sobre bacterias. En concreto, aquellas que habitan nuestro intestino, la microbiota, y que conectan con nuestro cerebro. Coexistimos junto (y gracias) a miles de microbios desde que los sapiens somos sapiens. La mayoría, inofensivos. Pero algunos han cambiado el curso de la historia, de los informativos o de los timelines de redes sociales. El hantavirus de los Andes no existía casi en ninguno de estos tres registros, pese a que lleva infectando seguramente milenios. Pero los fantasmas pandémicos se han despertado en un escenario propio de crímenes literarios.

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López-Goñi mantiene que el hantavirus, con su genética actual, carece de potencial pandémico, dada su escasa eficacia en la transmisión persona a persona, por lo que sabemos hasta ahora. Sin embargo, es la primera vez que sale de su entorno habitual: zonas boscosas de Chile y Argentina donde habita el ratón colilargo, hospedador natural de este patógeno. Los virus viajan en barco y en avión. Y cada vez, a más sitios. Charlamos con él en Esto no ha pasado.

Escucha el capítulo T3×22: ‘El virus Sin Nombre’
  • P. Mpox, gripe aviar, sarampión y ahora hantavirus. Nunca habíamos prestado tanta atención a cosas tan microscópicas. ¿Por qué se concentran tantos brotes en estas últimas décadas?

  • R. Lo que estamos viendo en los últimos 20 o 30 años es una especie de apelotonamiento de enfermedades infecciosas virales y bacterianas. Es verdad que nuestros sistemas de diagnóstico y de vigilancia han mejorado muchísimo y si buscas, encuentras. Pero también es verdad que nuestras condiciones de vida han cambiado. Cada vez somos más en el planeta, cada vez vivimos más juntos. El número de megaciudades de más de 10 millones de habitantes se ha cuadruplicado en los últimos 50 años y además cada vez nos movemos más.

  • P: Eso es un gran barco planetario, que encima se está calentando, ¿no?

  • R: Eso es lo mejor para la transmisión de enfermedades infecciosas. Si a eso le añades que cada vez vivimos en mayor proximidad al mundo animal y que los cambios climáticos favorecen el flujo de microorganismos entre el mundo animal y el ser humano, al final el 75% de estas nuevas amenazas provienen del mundo animal, son lo que denominamos zoonosis. Y eso es algo a lo que nos tenemos que ir acostumbrando.

  • P. El hantavirus que ha aparecido en el crucero MV Hondius no parece tener un perfil pandémico. Pero ¿podría dar un susto, no porque mute sino porque mutamos nosotros como sociedad?

  • R. Los virus son nubes de mutantes, viven mutando; eso no debería sorprendernos. Pero hay una tendencia según la cual transmisibilidad y virulencia no suelen ir a la par. Cuando un virus se adapta a un nuevo hospedador, en este caso nosotros, va aumentando su transmisión y disminuyendo su virulencia. Es coevolución. Lo que estamos viendo con el hantavirus es lo que se llama un spillover, un desbordamiento. Los virus están en su ciclo natural, en este caso en los roedores, (en otros) en los mosquitos, en los murciélagos de las selvas africanas… Y cuando hay un exceso de esos animales o entramos en contacto con ellos, se produce ese salto. Este brote concreto se parece más a los brotes de ébola que a la pandemia de coronavirus.

López-Goñi se detiene aquí para matizar uno de los datos que más circula estos días: la letalidad del 40% atribuida al hantavirus pulmonar. “Esa cifra no significa que el 40% de los infectados acaben muertos. Probablemente haya personas que se hayan infectado, no tengan síntomas y pasen desapercibidas al radar de detección. Ese 40% hace referencia a las personas que entran en la fase crítica, con esa enfermedad pulmonar grave”.

“Que el hantavirus tenga un 40% de letalidad no significa que 4 de cada 10 que se infectan mueren

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Por eso es tan importante “la monitorización cuando aparecen los síntomas”, mientras se está en cuarentena o aislamiento (en los casos confirmados). El catedrático recuerda que la variante Andes, presente en el MV Hondius, es la única de un hantavirus con capacidad de transmisión entre humanos demostrada. Pero ni siquiera ahí hay motivos para alarmarse en exceso.

  • P. ¿Qué quiere decir exactamente «transmisión por contacto estrecho» en este caso?

  • R. La gente está pensando en contacto sexual, uno encima del otro. No. Contacto estrecho es estar juntos en una habitación. Y cuanto más cerrada esté la habitación y más tiempo estemos, más posibilidades de infectarse. No hay que pensar en contacto íntimo. No podemos descartar que haya algún caso esporádico positivo, pero lo que hemos visto hasta ahora con la variante Andes es que esa cadena de transmisión no supera las tres generaciones. Uno infecta a otro, otro a otro, y ahí ya se para. No es como el coronavirus, donde uno infectaba a dos, dos a dos y eso se iba amplificando. En el brote de Argentina de 2018, con unas medidas mínimas de aislamiento doméstico, sin escafandras ni grandes centros, la cadena de transmisión se cortó rapidísimamente.

  • P. Has dicho antes que cuanto más buscamos, más encontramos. Hay enfermedades históricas que probablemente no fueron hantavirus, pero que tampoco encajan con nada conocido. ¿Cuál es para ti el caso más misterioso de la historia de la microbiología?

  • R. Una de las hipótesis más fascinantes, aunque difícil de documentar porque ocurrió hace mucho tiempo, es la gripe rusa. Fue una gran pandemia que ocurrió a finales del siglo XIX, alrededor de 1889. Se llamó gripe porque entonces se atribuía cualquier gran epidemia respiratoria al virus de la gripe, que ni siquiera se había descubierto. Pero cuando hoy analizamos su epidemiología, hay sospechas serias de que probablemente fuera la primera gran pandemia de coronavirus de la historia. Sabemos que uno de los coronavirus que hoy nos produce un simple catarro tiene origen bovino, proviene de las vacas. Y en aquella época hubo también una gran epidemia entre el ganado vacuno. Los síntomas afectaban sobre todo a personas mayores, producían lo que ahora llamaríamos COVID persistente, con pérdida de olfato y de gusto. Es difícil saberlo sin muestras, pero todo apunta a que aquella gripe no era una gripe.

El microbiólogo introduce otro caso, este sí resuelto, que sirve para ilustrar cómo las enfermedades nuevas reciben a veces nombres que las acompañan para siempre. “La legionela se llama así porque apareció por primera vez en una convención de legionarios en un hotel de Estados Unidos. Era una bacteria de transmisión aérea, asociada a los aires acondicionados de edificios cerrados, que de repente provocó un síndrome respiratorio entre los asistentes. Cuando se identificó, se le puso ese nombre por los enfermos. Y ahí se quedó”. Algo similar ocurrió con el virus Sin Nombre, descubierto en 1993 en la reserva navajo de Four Corners.

  • P. La legionela aparece por un aire acondicionado. En el coronavirus, se traza un plano de un mercado de Wuhán. ¿Cómo de importantes son los recintos a la hora de hacer trazados epidemiológicos? ¿Puede un mapa salvar vidas?

  • R. Por supuesto. El ejemplo histórico clásico es el cólera. Estamos en el siglo XIX, mediados de 1800, y el médico John Snow trabaja en Londres en plena epidemia. En aquel momento no se conocía la bacteria del cólera. Se pensaba que los brotes eran cuestión de miasmas, de aires insalubres. No se sabía que se transmitía por el agua. Snow se dedicó a hacer un mapa concreto, casa por casa, de dónde se daba cada caso. Y viendo el mapa pudo decir: el foco está aquí. Estaba en una de las fuentes de las que bebía la población de Londres, una fuente que todo el mundo consideraba muy sana porque el agua era cristalina, pero que estaba contaminada con Vibrio cholerae. Cuando se cerró aquel pozo, se controló la enfermedad. Y aquello nos trajo la conciencia de que hay enfermedades que se transmiten por el agua, la separación de aguas fecales y aguas de bebida, el saneamiento y la cloración. Eso salvó millones de vidas a lo largo de los siglos siguientes. Algo parecido podría haber ocurrido con el coronavirus, porque nos demostró la importancia de la transmisión aérea y de la ventilación. La calidad del aire de nuestros edificios sigue siendo, en parte, una tarea pendiente.

  • P. ¿Qué patógenos son candidatos a producir una pandemia antes que el hantavirus?

  • R. Lo que solemos decir, en plan agorero, es que habrá otra pandemia. Eso nadie lo duda. El problema es que no sabemos ni quién ni cuándo. Ni sabemos exactamente quién será el causante. Hay posibles candidatos que requieren mayor vigilancia. La OMS habla de la enfermedad X, una manera de decir “no sé quién es, pero podría ser una pandemia”. Y viendo cómo se ha comportado el coronavirus y cómo se comporta la gripe, el perfil sería un virus nuevo para nuestro sistema inmune, sobre todo un virus de transmisión aérea, por aerosoles, porque es lo más difícil de controlar. Un virus que se transmite por vía sexual o por mosquitos es más manejable. Pero uno aéreo, con distribución global, es lo que más nos preocuparía. Los candidatos principales son el virus de la gripe, que es el campeón de la variabilidad, sobre todo con el problema actual del H5N1 aviar; los coronavirus; y algunos virus de este tipo que aparezcan en el futuro.
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El misterio del virus Sin Nombre

El 14 de mayo de 1993, un joven de la comunidad de los navajos de 19 años, llamado Merrill Bahe, viajaba al entierro de su prometida Florena Woody por una carretera de Four Corners, en Nuevo México. De pronto, le faltó el aire. Murió antes de llegar al hospital de Gallup, con los mismos síntomas que la habían matado a ella cinco días antes: un edema pulmonar fulminante. Lo que no sabían era que Merrill era la quinta víctima de este extraño síndrome en unos días. Todas, en la zona que habita el pueblo navajo.

Aquella doble muerte desencadenó una investigación sin precedentes, encaminada a descubrir qué patógeno estaba haciendo enfermar a los habitantes de Four Corners. Pero, sobre todo, destinada a eliminar es estigma sobre ellos, después de que circulase por los medios la expresión “el virus navajo”. A algunos atletas de esta comunidad les empezaron a exigir certificados médicos y a escolares, prohibir el acceso a autobuses.

Una encuesta epidemiológica a los ancianos del lugar destapó que estas muertes extrañas eran conocidas desde hacía varias generaciones. Y coincidían con inviernos o primaveras muy lluviosas. Al atar cabos, se vio que esos años proliferaba el alimento para los ratones-ciervo (Peromyscus maniculatus) del suroeste de Estados Unidos. Al analizarlos, se vio que eran hospedadores de un hantavirus nunca documentado, capaz de producir enfermedad cardiopulmonar en personas en contacto con los animales o excrementos.

Los CDC propusieron bautizarlo como Muerto Canyon virus, en referencia a la zona de la reserva navajo donde se detectó, pero el consejo navajo se opuso: el Cañón del Muerto debía su nombre a una matanza ocurrida en 1805. Tras semanas de discusión, los virólogos aceptaron una solución salomónica: llamarlo, literalmente, virus Sin Nombre. El primer caso documentado, descubierto al revisar tejidos de pacientes archivados en congeladores, fue en realidad el de un hombre de Utah, fallecido en 1959.

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