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La imposibilidad de curar sin entender
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La imposibilidad de curar sin entender

Salud entre Culturas es una ONG que presta servicio de mediación cultural en el Hospital Ramón y Cajal a la población migrante. Su objetivo es facilitar el acceso sanitario rompiendo con la barrera lingüística

Foto: José Trinidad (Newtral)

«No tienes hepatitis B». Es la frase que escucha Mohammed, de 17 años, en la consulta del Hospital Ramón y Cajal. Llegó a Madrid desde Costa de Marfil hace dos años, pero no ha sido hasta ahora cuando, gracias a un amigo también migrante, supo que tenía derecho a hacerse un examen médico en la sanidad pública. Mohammed no entiende qué es la hepatitis B, ni tampoco sabe qué tiene que hacer si quiere vacunarse contra este virus, tal y como le recomienda la doctora.

A su lado está Serigne. También es migrante, procedente de Senegal. Serigne le explica a Mohammed qué es la hepatitis, que su salud física, según los análisis, es buena, y que para vacunarse tiene que hacerlo a través de su médico de cabecera. Le dice también que él le ayudará a buscar un ambulatorio y a pedir cita. La conversación es en francés. De otro modo, Mohammed no podría entender a la médica que le atiende, ni conocer conocer sus derechos como paciente.

El trabajo de Serigne es, precisamente, facilitar el entendimiento entre los pacientes migrantes y los médicos. El servicio en el que trabaja se llama Salud entre Culturas, pionero en España: el Hospital Ramón y Cajal es el único centro sanitario público que dispone de mediadores culturales e intérpretes —así se conoce a esta figura que va más allá de la simple traducción de un idioma a otro— para población no hispanohablante.

Mohammed, en la consulta del Hospital Ramón y Cajal. A su lado, Serigne, mediador cultural | Foto: José Trinidad (Newtral)

La ONG Salud entre Culturas nació en 2006 como servicio asociado a la unidad de Medicina Tropical del Ramón y Cajal, al ser la que más población extranjera atiende. Y, hasta ahora, el servicio de mediación cultural que han prestado era exclusivamente para este área.

Este año han logrado ampliar la plantilla y, por tanto, dar servicio al hospital entero —no solo a Medicina Tropical— y también a ambulatorios y centros de salud mental del noroeste de la capital. «A veces, incluso, si otros hospitales nos piden ayuda, intentamos facilitarla», explica a Newtral Ignacio Peña, coordinador de Salud entre Culturas.

«Este año la situación ha mejorado muchísimo gracias a la financiación pública que hemos recibido de la Consejería de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid. Aunque este año puede que nos retiren la subvención y, por tanto, volveríamos a trabajar solo con la unidad de Medicina Tropical», añade Peña.

De paciente a mediador cultural

Serigne Fall, que tiene 59 años y llegó a España en 2007, fue también un paciente en la misma situación que la de Mohammed: «Cuando llegué, solo hablaba francés y wólof [una lengua africana]. Me dijeron que tenía que venir al departamento de Medicina Tropical para ver si tenía alguna enfermedad infecciosa. Recuerdo estar muy asustado porque pensaba: ‘¿Cómo me van a entender si no hablo castellano?’».

«Yo pensaba: ‘¿Por qué me quitan tanta sangre?, ¿a dónde se la llevan?, ¿qué hacen con ella?’»

Por suerte para Serigne, Salud entre Culturas ya existía y una mediadora cultural le ayudó a comprender todo el proceso médico: «Hay gente que piensa que las personas migrantes son más ignorantes porque no entienden cosas que aquí resultan obvias o simples. Yo ni siquiera sabía que me tenían que abrir un expediente médico. Eso no significa que seamos más incultos, sino que desconocemos el funcionamiento de las cosas en un nuevo país, como le pasaría a cualquier español si emigrase», recuerda en conversación con Newtral.

Tras la revisión y una analítica, a este mediador cultural senegalés le diagnosticaron tuberculosis latente: «Fue durísimo. A veces, aunque te traduzcan algo a tu lengua no entiendes bien qué significa. Yo desconocía que podía tener tuberculosis sin síntomas. Fue aún peor cuando me dijeron que me tenían que hacer un seguimiento mensual porque cada mes me sacaban sangre. Yo pensaba: ‘¿Por qué me quitan tanta sangre?, ¿a dónde se la llevan?, ¿qué hacen con ella?’. Mi mediadora me explicó que era algo rutinario para controlar que todo estaba bien».

Serigne es mediador cultural en el Hospital Ramón y Cajal | Foto: José Trinidad (Newtral)

Javier Padilla es médico de familia en un ambulatorio de Madrid y autor del libro «¿A quién vamos a dejar morir?» (Capitán Swing, 2019), un ensayo sobre cómo las políticas públicas de salud a menudo son desiguales y expulsan a las personas más vulnerables. «El ejemplo más claro [de a quién dejamos morir] lo tuvimos en 2012, cuando se sacó de la cobertura sanitaria universal a la población inmigrante indocumentada. Años después hemos visto que eso repercutió en que aumentara la mortalidad en 70 inmigrantes indocumentados al año», explicaba este médico en una entrevista en el diario 20minutos.

En conversación con Newtral, Padilla señala que «la barrera idiomática es una dificultad», pero quizá el mayor reto es comprender y saber tratar «a alguien que parte de un marco cultural diferente, con una concepción de la salud distinta, y en un contexto social y económico muy hostil». «Los servicios públicos sanitarios son lugares donde las personas migrantes tendrían que sentirse seguras y confiadas, pero en muchas ocasiones el acceso y los funcionamientos del sistema no lo facilitan», añade el médico de familia.

«Creo que todas las instituciones públicas deberían tener mediadores culturales e intérpretes», apunta Serigne. «Yo tuve problemas con la justicia porque durante un tiempo fui mantero. La Policía me pilló y tuve que ir a un juicio rápido. Por suerte, conté con una traductora y todo fue mucho más fácil», añade.

Como Serigne, Serge Adjaba, de 32 años, fue primero paciente y ahora mediador cultural en el Ramón y Cajal: «Soy de Camerún. Para llegar a España [en 2011], salté la valla de Melilla. No podía quedarme en mi país porque era vicepresidente de una asociación por los derechos del colectivo LGTBI y estaba perseguido por las autoridades. Cambié de ciudad varias veces, pero temía por mi vida», cuenta a Newtral.

Unos meses después de llegar, Serge contactó con una asociación de ayuda a refugiados. Le recomendaron, como a Serigne, acudir a la unidad de Medicina Tropical del Ramón y Cajal para hacerse un examen médico. «Al principio no quería ir porque no conocía el idioma. Pero también estaba preocupado por si avisaban a la Policía y me deportaban. Yo quise venir de manera legal, sacarme un visado. Pero sacarte un visado en África es casi imposible», relata Serge.

«No cruzamos el Estrecho con nuestros documentos porque tenemos miedo de ser identificados y deportados»

El médico de familia Javier Padilla explica que las personas migrantes —y sobre todo aquellas indocumentadas—se enfrentan a dos barreras en el sistema sanitario, más allá de la lingüística: «Por un lado, barreras en el acceso —ya sea porque no tienen derecho a la asistencia o por los propios procedimientos burocráticos, que son complejos—; por otro, por la idea de que acudir al sistema sanitario puede suponerles problemas con la Policía».

«Una vez se ha accedido, está el choque cultural en un sistema que no se adecúa a diversas realidades, algo difícil de solventar en un sistema saturado que trabaja a base de consultas de cinco minutos y 50 pacientes al día», añade Padilla.

Serigne comparte con Serge ese sentimiento de vulnerabilidad al acceder a la administración pública —aunque sea un hospital—:

«La inmensa mayoría de quienes entran por costa, en cuanto meten el pie en el barco o patera, tiran la documentación. No cruzamos el Estrecho con nuestros documentos porque tenemos miedo de ser identificados y deportados. Migramos porque hacerlo es la esperanza de toda una familia, de un clan. Así que tenemos la presión de que no podemos fallar. Si te pillan, es un fracaso. Cuando entras a una consulta y lo primero que te piden son tus datos —nombre, fecha de nacimiento—, solo piensas en que te quieren denunciar». 

El riesgo de la traducción no profesional

Tanto Serigne como Serge hicieron un curso en traducción, interpretación y mediación cultural ofrecido por Salud entre Culturas. La ONG defiende la profesionalización de esta figura por los riesgos que conlleva trabajar con un intérprete que no esté formado como mediador:

«Muchas veces, los médicos echan mano de un familiar o de un vecino, pero eso genera muchos conflictos. ¿Dónde queda la confidencialidad? Lo de los familiares es peligroso también porque si es un menor, no es la persona indicada para dar información compleja a su madre o su padre, ni debe tener esa responsabilidad. Y si, por ejemplo, es el marido, esto es una gran barrera para detectar casos de violencia de género», explica a Newtral Martina Corral, intérprete y mediadora en Salud entre Culturas.

«Hemos visto casos de personas ingresadas en salud mental, atadas a la cama, que no tenían que estar en Psiquiatría: se había hecho un diagnóstico erróneo a causa de una comunicación errónea», recuerda Corral.

La ausencia de servicios diseñados para facilitar la comunicación con migrantes puede conllevar no solo diagnósticos fallidos, sino también la incapacidad siquiera de llegar a un diagnóstico.

Como ejemplo, Martina Corral recuerda un caso reciente en el Gregorio Marañón para el que requirieron los servicios de esta ONG: «Era una chica extranjera de 18 años que acababa de ser madre. No quería que los médicos tocaran al bebé ni que la tocaran a ella, y los médicos dieron por hecho que era algo cultural porque la paciente era argelina. Por lo visto una celadora que hablaba árabe intentó facilitar la comunicación para comprender qué ocurría, pero la cosa empeoró, algo que ocurre a menudo cuando el traductor no es profesional. No sabían qué hacer, estaban desesperados y nos llamaron».

Salud entre Culturas intervino en el caso a petición del hospital y mandaron a Leila, una mediadora argelina que colabora con ellos y que trabaja con mujeres que han sufrido violencia. «Detectó que no se trataba de nada cultural, sino que la paciente tenía un problema de salud mental. El abordaje cambia completamente. Para la paciente fue un alivio inmenso la figura de Leila», explica Martina Corral.

Cristina Arcas, Martina Corral y Serigne Fall en la oficina de Salud entre Culturas | Foto: José Trinidad (Newtral)

La enfermera y antropóloga Cristina Arcas —encargada de los programas de salud, migración y género en Salud entre Culturas— señala a Newtral que «la migración ya es de por sí una intersección que te hace dejar la salud como última prioridad», algo que se agrava aún más «cuando entra en cuestión el género»: «Las mujeres son las principales cuidadoras y priorizan la salud de los hijos y del marido por encima de su propia salud».

Arcas añade que el sistema sanitario debería incluir «la perspectiva de género porque muchas mujeres migrantes han sufrido violencia sexual y eso afecta a su salud física y mental, condiciona su comportamiento; tener en cuenta que el periplo migratorio es hostil es vital para entender a estos pacientes».

Salud mental y migrantes

«Aquí los pacientes llegan alterados, asustados. Y yo les entiendo», dice Serge. Este mediador cultural cuenta que su periplo migratorio minó su salud mental: «Estuve viajando tres años y medio, de país en país, hasta llegar a España. Durante todo ese tiempo, apenas dormía. La mayoría de nosotros vivimos situaciones horribles». Por eso, muchos pacientes —explican desde Salud entre Culturas— necesitan también hablar de su experiencia vital sin la complicación lingüística.

«Cuando los pacientes migrantes me ven con la bata, se asustan menos que si ven a un médico. Saben que yo también soy uno de ellos»

Con esta idea, Salud entre Culturas creó hace unos meses el servicio gratuito de psicología transcultural —es decir, con la presencia de un traductor y mediador cultural—, que pasa consulta tres veces por semana a los pacientes que lo piden o a aquellos que son derivados por el médico. «Muchos me dicen: ‘Necesito desahogarme’», reconoce Serge.

Nada más llegar al hospital, Serigne se pone una bata blanca. Es igual que la del doctor que le atendió por primera vez. Una prenda que otorga la misma importancia al trabajo de mediador como al de médico, y que reduce la jearquía propia de las consultas hospitalarias: «Cuando los pacientes migrantes me ven con la bata, se asustan menos que si ven a un médico de aquí. Saben que yo también soy uno de ellos».

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