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La «espada más victoriosa» de Miguel Hernández
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La «espada más victoriosa» de Miguel Hernández

En enero de 1936, Miguel Hernández publicaba ‘El rayo que no cesa’. Años más tarde, el poeta se encontraría con Miguel Gila en la cárcel de Torrijos

13 de enero de 1936. La firma de Miguel Hernández aparece en las estanterías bajo el título El rayo que no cesa. Lejos de Perito en lunas, el poeta orcelitano embriaga las páginas de un amor solitario, sin correspondencia a la que rezar.

¿A dónde iré que no vaya

mi perdición a buscar?

Tu destino es de la playa

y mi vocación del mar.

Ese mismo año, Miguel Hernández vería la España que anhelaba sumergirse en una Guerra Civil, con la suerte (griega) de enamorarse del bando perdedor. Su amor, roto aunque correspondido, le llevó a varias cárceles del país. En una de ellas, la prisión de Torrijos (Madrid), escribió Nana de la Cebolla (1939):

Es tu risa la espada

más victoriosa,

vencedor de las flores

y las alondras.

Rival del sol.

Porvenir de mis huesos

y de mi amor.

Con su hijo en el corazón, y su mujer en la mente, Hernández lograba firmar durante su encarcelamiento. Un día, el orcelitano se topó con un hombre que dibujaba “los edificios de la calle de Juan Bravo, algunas veces chistes con unos personajes de grandes narizotas”. Y la risa encontró otro paladín que blandiera su espada: Hernández conocía a Gila, los dos Miguel de la cárcel de Torrijos.

Sablazo de chistes

Así lo describía el propio Gila en su autobiografía:

Yo le había conocido, en alguna ocasión en que, como Rafael Alberti, había ido al frente de batalla a recitarnos poemas, pero el Miguel Hernández que yo había conocido en Somosierra, en Paredes de Buitrago, no tenía ningún parecido con este Miguel Hernández, ahora demacrado, enfermo y destruido por el sufrimiento y las humillaciones.

Aún le quedaban fuerzas al poeta para firmar algunos versos más – en la misma prisión escribió Ascensión de la escoba -, pero no llegaría a ver cómo aquel hombre que dibujaba se convertiría aquella risa en “la espada más victoriosa”. Gila, quien ya dedicaba las caricaturas a la broma (“Haga el favor de venir inmediatamente” / ”No, que me fusilan”), sobrevivió a la cárcel para luego pasar a ser uno de los grandes humoristas del siglo pasado.

Pronto, en 1951, Miguel Gila, y el otro Miguel ya fallecido, improvisaba en el teatro Fontalba un monólogo sobre sus experiencias en la guerra. Pocos años después, el dictador contra el que había luchado le invitaría al Palacio de la Granja para amenizar las noches.

«El humor es la maldad de los hombres dicha con ingenuidad de niño». Y Gila cimentó su comedia sobre las bases de que él había sobrevivido a lo que, para muchos, fue su ejecución. 17 años de (auto)exilio en Buenos Aires, y en 1985 volvió a España para rememorar, una vez más, que “la vida toda es un chiste”.

Comedia: tragedia más tiempo

“No es por chulearme, pero ¡cómo mato! Un día en un combate le pegué un turo a uno y me dijo: que me has dao’. Pues no seas mi enemigo”. Gila versó gran parte de su carrera en bromear sobre los conflictos bélicos. Suya es la archiconocida broma de: “¿Está el enemigo? Que se ponga”; o “Oiga. ¿A qué hora piensan atacar mañana?… ¿No puede ser por la tarde, después del fútbol?».

Pero quizás su humor no era más una fantasía enarbolada de la guerra que una experiencia ya superada. Varias han sido las personas que han negado que los chistes de Gila fueran hijos de su pasado: «Nadie, ni borracho ni sereno, lo fusiló, nunca estuvo en la cárcel y nunca fue exiliado político», llegó a decir Ángel Palomino, militar y amigo del cómico.

Pero eso no evitó que, a su vuelta en 1985, Gila blandiera “la espada más victoriosa” de Miguel Hernández sobre diferentes escenarios. “Después de la guerra, seguí combatiendo el fascismo con el arma que poseo: la risa”, aseguraba Migue Gila. Y seguramente sea verdad.  “¿A cuánto están las ametralladoras? Es que ahora tenemos un fusil corriente que lo dispara un tartamudo”.

Pero también sabía reírse de desgracias, estas sí, muy reales: “Mi madre fue a ver a la vecina para pedirle perejil; entonces nací solo [nació en el seno de una familia pobre y sin padre]”.  En su última actuación, en El Club de la comedia, Gila serenó los aplausos de un público inmerso en su vuelta para la que se considera su despedida: “No me quiero ir… perdón. No me quiero ir sin antes decirles que les quiero mucho. Gracias, buenas noches”.

Fuentes

  • HERNÁNDEZ, Miguel; El rayo que no cesa; Ediciones Héroe Madrid.
  • HÉRNANDEZ, Miguel; Nana de la cebolla.
  • Las verdades, sin chiste, de Miguel Gila, mi padre, de Paco Rego en El Mundo.
  • Miguel Gila, el fusil de la risa, de Fernando Díaz de Quijano El Cultural.
  • El día que fusilaron a Gila, se hizo el muerto y salvó al cabo Villegas, en El País.

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