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¡JA!
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¡JA!

Llevo horas para escribir la primera frase de este artículo. Ahora que ya está escrita, confío en que el resto fluya con algo de inercia. No espero nada que se salga de la mediocridad habitual, dadas las circunstancias, pero al menos algo que avance por sí mismo y se sostenga de pie. Pero esta vez dudo hasta de eso. Lo que me está frenando, interrumpe mis pensamientos y me hace volver a empezar, es la insoportable risa de una mujer.

Cuando me senté en la mesa de al lado, la única libre, nada me hacía pensar que fuéramos a llegar a este punto. Eran dos parejas de británicos aparentemente formales y educados. Pero en cuanto abrí el ordenador me di cuenta de que algo no iba bien. Ella empezó con una inocente risilla que fue creciendo en frecuencia e intensidad hasta convertirse en un monstruo. Ahora son estallidos constantes de una carcajada histriónica: la boca dejando paso a la urgencia de encías y dientes por escapar de la cabeza y la mandíbula espasmódica, como una bocina, peleando con ella misma por coger aire a la vez que lanza los terribles alaridos. Cada vez que comienzo una frase, la taladradora se lleva por delante las palabras y hasta los pensamientos, y yo la miro desafiante como si a ella pudiera importarle.

La risa ajena es curiosa. Solo quien ríe conoce la verdadera justificación mientras en el espectador crea una sensación de impostura y desasosiego. En mi cabeza no existe motivo que pueda hacer que esta mujer se comporte así, y sin embargo su risa es espontánea, no podríamos acusarla de fingir. De hecho, es imposible fingir los procesos mentales de una carcajada. Dentro del plano físico, uno puede imitar la risa con mayor o menor acierto si esto se vuelve socialmente necesario en un momento dado. Sin embargo, el impulso espontáneo de reír es un proceso incontrolable que no deja espacio a la simulación. Podemos entonces afirmar, y esto es lo más importante, que la risa verdadera muestra con total transparencia el interior de su guardián por un momento, como una ventana a su estado más profundo. Por eso nos atraen con más fuerza quienes nos desnudan haciéndonos reír.

El valor social de la risa es innegable. Confiamos más en los risueños porque nos parece que ocultan menos y asociamos la risa al éxito, entendiéndola como el resultado de una momentánea paz con uno mismo, algo incapaz de producirse fuera de un estado de euforia saludable. Sin embargo en la soledad, fuera del refugio social y sus normas, la risa pierde gran parte de su sentido. Cuando estamos solos reímos 30 veces menos que si interactuamos con alguien. Incluso es mucho más improbable soltar una carcajada si estamos viendo una película graciosa sin compañía.

Por este motivo, los libros que son capaces de hacernos reír deben ser venerados con la misma vehemencia que las grandes obras de la literatura mundial. La capacidad de provocarnos hasta el punto de no reprimir la risa en soledad, cuando su función social desaparece, sin utilizar imagen alguna más que las construidas por palabras, es una virtud digna de creadores extraordinarios.

Yo me he reído mucho con las irónicas versiones bíblicas de Saramago, en especial con “Caín”, así como con los Cuentos de humor y de horror de Saki. Aunque para mí hay dos autores fundamentales en este terreno: Kurt Vonnegut (“Desayuno de campeones”, “Payasadas”, “Matadero cinco”) y Jardiel Poncela (¡todo!). Y para terminar, la divertidísima novela de David Trueba, “Abierto toda la noche.

 

“Cincuenta años y un día después de esta afortunada intervención quirúrgica con la que se iniciaba una nueva era en la estética del cuerpo humano bajo el consensuado lema de que todo en él es mejorable, se produjo la catástrofe. Anunciado por el estruendo de un trueno, el señor se hizo presente. Venía trajeado de manera diferente a la habitual, según lo que sería, tal vez, la nueva moda imperial del cielo, con una corona triple en la cabeza y empuñando el cetro como una cachiporra. Yo soy el señor, gritó, yo soy el que soy. El jardín del edén cayó en silencio mortal, no se oía ni el zumbido de una avispa, ni el ladrido de un perro, ni un piar de ave, ni un barrito de elefante. Sólo una bandada de estorninos que se había acomodado en un olivo frondoso cuyo origen se remontaba a los tiempos de la fundación del jardín levantó el vuelo en un solo impulso, y eran centenares, por no decir millares, tantos que casi oscurecieron el cielo. Quién ha desobedecido mis órdenes, quién se ha acercado al fruto de mi árbol, preguntó dios, dirigiéndole directamente a adán una mirada coruscante, palabra desusada pero expresiva como la que más. Desesperado, el pobre hombre intentó, sin resultado, tragarse el pedazo de manzana que lo delataba, pero la voz no le salía, ni para atrás ni para adelante. Responde, insistió la voz colérica del señor, al tiempo que blandía amenazadoramente el cetro. Haciendo de tripas corazón, consciente de lo feo que era echarle las culpas a otro, Adán dijo: La mujer que tú me diste para vivir conmigo es la que me ha dado del fruto de ese árbol y yo lo he comido. Se volvió el señor hacia la mujer y preguntó: ¿Qué has hecho tú, desgraciada?, y ella respondió: La serpiente me engañó y yo comí.”

                                                                                                                              Saramago – Caín

1 Comentario

  • Have you ever google-translated your columns to English? Because that’s how I read them. Surely there must be something lost in the process (I know, I’m a translator, of different languages) yet  the results somehow sound eloquent enough. Despite this obvious obstacle, I’ve enjoyed your writings so far and looking forward to read more. Keep up the good work, Mr. Pirata!

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