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Fracasados

Asistimos a la democratización del éxito. Es un fenómeno reciente que ha crecido de la mano de la sobreexposición del individuo y el deseo muy humano de no salir a pedazos del juicio público. La vida de las personas se ha vuelto tan salvajemente expuesta, no ya la de los personajes mediáticos sino la de cualquiera, que es urgente demostrar altas facultades, particularmente riqueza, belleza, felicidad y éxito. Presentarse sin alguna de estas cartas ante el mundo entero puede llegar a ser muy desmoralizante, sobre todo si entramos en las comparaciones con la versión dopada del resto.

Si dejamos al margen a los celosos de su intimidad, exentos de necesitar los artefactos a los que haré referencia, los demás, que no dejan de ser la inmensa y ruidosa mayoría, tienen dos maneras complementarias de sobrellevar el proceso. Una es la de aparentar. Mostrar lo mejor de uno no debería ser censurable, lo hacemos desde mucho antes de ser siquiera humanos y es la base de la posterior socialización. Es peor si lo hacemos en exclusividad, es decir, si no solo queremos enseñar de lo que somos capaces sino también demostrar que nunca somos menos que eso. Y es muy malo si no nos contentamos con nuestra mejor versión, sino que creamos una nueva capaz de competir con cualquiera. No faltan herramientas digitales para construir ese esbelto, exitoso, adinerado y felicísimo superyó.

Si una manera de acercarnos a los cuatro ideales es afectar sobre nuestra imagen, doparla, o directamente mentir sobre nosotros, la otra consiste en manipular los ideales hasta hacerlos accesibles a cualquiera. Con total ligereza alteramos a nuestro antojo algo tan sagrado como la semántica, el significado universal y convenido de las palabras, para bajar de los cielos algunos conceptos de manera que podamos hacernos poseedores de su virtud. La necesidad de tener acceso al éxito, la belleza, la riqueza o la felicidad nos ha conducido a la desnaturalización de los propios términos y la invención de nuevos significados que encajen con la comunidad. Parece que no podemos permitirnos que la excepción pertenezca en realidad a unos pocos, todos queremos ser especiales, y esto conlleva que la propia excepción, condición fundamental, deje de serlo.

De esta manera nos hemos inventado que el éxito es intentarlo, para hacernos a todos meritorios en algún momento, aunque nunca sobresalgamos. Medallas para todos. Decimos que el rico es quien menos necesita, que la felicidad son momentos o que la belleza está en el interior. Pero la realidad es otra. Cabe recordar que la belleza está en el exterior, lo cual no se opone a que en el interior haya más y mayores virtudes que debamos reconocer en las personas. El rico es, sin duda, quien posee mucho en relación al resto, y si eso le esclaviza es porque es avaro y mezquino o simplemente estúpido además de rico. La felicidad como un estado estacional que va más allá de acelerones de serotonina, está lejos de ser un bien común, por más que disimulemos. Y el éxito, por favor, es para quien triunfa sobre los demás. De la misma manera que en el deporte señalamos al segundo clasificado como el primero de los perdedores, en la mundanidad de nuestras vidas el éxito no pertenece a todos. Su democratización mediante el inventario de nuevos significados es una trampa en la que no deberíamos caer. El éxito es un reconocimiento colectivo que se ha de reservar para lo extraordinario. Además, si seguimos convirtiéndolo en algo trivial, accesible a todos, ¿qué será de los perdedores? Corremos el riesgo de vivir en un mundo de fantasía donde todo el mundo sea feliz, guapo, rico y triunfador, y por tanto de cometer un crimen imperdonable, el de liquidar definitivamente a los fracasados.

Si no somos capaces de reconocer y dar valor a nuestros defectos y descalabros. Si vivimos para ocultar nuestras impurezas o nuestros pecados. Si deja de atraernos de los demás su manera de equivocarse o de ¡insultarnos! ¿Qué nos queda sino la irrealidad más cobarde?

Soy un enamorado de los personajes literarios imperfectos. Me fascinan por encima de los héroes clásicos y su aureola. Me interesan la ingenuidad de Cauldfield y Pereira. La inmoralidad de HH o de Axler, la locura de Ofelia o el miedo de Raskolnikov y de Ariel.  Me gusta que tengan la cara reventada como Chinaski, que sean feos como Basilio o gordos como Bola de Sebo . Los quiero torpes y borrachos como Nick Belane, Arturo Bandini o Kartak, enfermos como Ignatius o como Emilio. Admiro la melancolía de Naoko o de Gatsby… Y además no espero de ellos que reviertan la situación, ni siquiera que los acontecimientos les regalen luz alguna, sino simplemente que se dejen acompañar por las páginas sin traicionarse, y que sobrevivan a sí mismos hasta el punto final.

Acaso será por el alivio que supone ver mi propia oscuridad bajo el foco y descubrir que, al fin y al cabo, la historia siempre continúa.

 

 

 

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