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Forasteros

Almería es mi tierra, como lo es Granada. He nacido en Madrid, pero si remonto la pirámide de mi ascendencia hasta donde llegan los registros o la memoria de mis abuelos, acabo siempre en esa misma tierra, y por eso la llamo mía. No cabe duda de que algún día los ascendientes de mis abuelos llegaron allí desde otro lugar, pero eso no importa porque ya nadie se acuerda. Si atiendo a rasgos genéticos evidentes como el tamaño y forma de mi nariz, probablemente fueran judíos o musulmanes del norte de África. O cigüeñas.

En mi tierra, un forastero es el que viene de fuera. A diferencia del extranjero, que lo es en cualquier lugar, es forastero quien pisa nuestra tierra y no le conocemos. No lo son quienes nos encontraríamos en otro país al visitarlo. Para ser un forastero hay que venir, invadir nuestra cotidianidad e incluso generar cierta desconfianza. Por este motivo, su presencia fue por muchos años un sobresalto para las gentes. Las mujeres se recogían y los hombres miraban recelosos, mientras los niños se apandillaban alrededor del extraño. El escritor barcelonés Juan Goytisolo, premio Cervantes, se convirtió en uno en los sesenta y dio fe de su viaje en el maravilloso libro Campos de Níjar.

Entre el Cabo de Gata y Garrucha media una distancia de casi un centenar de kilómetros de costa árida y salvaje, batida por el viento en invierno, y por el sol y el calor en verano, tan asombrosamente bella como desconocida. Hay acantilados, rocas, isletas, calas. La arena se escurre con suavidad entre los dedos y el mar azul invita continuamente al baño. […] A la derecha, las montañas se entrelazan hasta perderse de vista en el horizonte. A la izquierda, son las tierras alberas del llano, cultivadas a trechos y esfumadas por la calina. Por poniente bogan nubecitas vedijosas. Las cigarras zumban en los olivares. Encampanado en el cielo, el sol brilla sobre el campo de Níjar.

                                                                                                              Juan Goytisolo – Campos de Níjar

 

Debió de ser un forastero quien vio en estos campos un escenario ideal para rodar westerns. Mi tierra es efectivamente árida. Por vegetación no tiene más que unos pocos arbustos secos, nopales, parameras, cauchales resistentes o alguna higuera, y está perfilada por más cerros que montañas azotados por un viento que los acaba redondeando. En verano el calor espanta la vida más allá de las moscas y los lagartos, y ni siquiera las tormentas ayudan, pues las nubes recogen el polvo  suspendido y descargan barro, enfangando el suelo y arruinando las cosechas. Sin embargo, estas tierras saben también hacerse querer si uno las mira como debe. Desde cualquier alto y en todas direcciones el paisaje es particularmente hermoso. La orografía lunar, casi desértica, provoca una sensación de distanciamiento y paz. Hacia el sur, un aire salado que serpentea el terreno anticipa el mar y suaviza el sofoco. La naturaleza alterna con pequeños pueblos de casas blancas. Entre ellos, carreteras o caminos estrechos, un reguero de pozos, torretas medio derruidas y las minas abandonadas confeccionan el relato de la lucha de las gentes durante años por exprimir aquel pedregal. Los de los westerns eran forasteros de la talla de Clint Eastwood o Bud Spencer y trajeron trabajo y dinero por lo que nadie les cerró la puerta. También se llevaron algunas cosas. La guapa Micaela, prima de mi madre, tenía tres hijos. Trabajaba de peluquera para los forasteros cuando encaprichó a uno de ellos y abandonó su hogar. Pero el rodaje terminó meses después y ella se quedó plantada en la misma tierra inútil. Tuvo que volver humillada y aterrorizada a casa con su marido, al que llamaban “el mataperros”.

El mar de mi tierra es azul y se rompe en una costa irregular que alterna playas vírgenes y terrenos encrespados. Las aguas son más frías que en el levante y los fondos irregulares a veces crean oleaje y corrientes traicioneras para los bañistas y navegantes. Es en cualquier caso un mar hermoso de esos que, como dice Goytisolo, llama al baño y atrae el turismo en los meses estivales. También nos separa de África. Unos doscientos kilómetros desde las costas de Marruecos o Argelia que miles de forasteros intentan cruzar cada noche clandestinamente sobre pateras atestadas con la esperanza de llegar a nuestras playas. La mayoría son engañados por mafias organizadas en su país y terminan arrastrando a sus mujeres e hijos a las barcas. Muchos no saben nadar. Casi ninguna de las barcas repletas de forasteros llega a su destino. Algún afortunado quizá consiga escabullirse en una playa sin ser descubierto y termine bajo los plásticos de los invernaderos o en las calles de nuestras ciudades. Pero lo más probable es ahogarse en el camino o morir de hambre y frío, y que los pocos que ven tierra sean repelidos o deportados.

Pero estos forasteros muertos tienen un valor diferente para nosotros. No seguimos el drama en vivo ni vemos las caras de sus padres. Según cifras de la OIM, de los 2242 fallecidos en el Mediterráneo en 2018, cerca de 800 intentaban llegar a nuestras costas. Mientras, los líderes políticos se conforman con ser líderes de sí mismos, y el resto asentimos ante los gestos efímeros y la utilización de la tragedia por sus expertos en marketing.

Los forasteros surgen de la idea equivocada de lo que es nuestro. Reclamamos por derecho algo que no nos hemos ganado. Esta es nuestra tierra, estas son nuestras playas y nuestras oportunidades, y no las exigimos porque las merezcamos sino por un hecho totalmente ajeno a nosotros. Nacimos aquí.

1 Comentario

  • Hace mucho tiempo de mi primera lectura de ese maravilloso libro de Juan Goytisolo. Quiero brindar un homenaje en mi comentario a tu Tierra, Esteban, y también a ese delicia de relato.
    No pude «aguantar» más allá de unos meses y decidir que ese verano, mis vacaciones ya tenían destino; Cabo de Gata.
    Posiblemente uno de mis mejores veranos. Rodalquilar, las Negras, Pozo del Fraile…tal y como los escribió Goytisolo, exactamente igual de bello y esplendoroso,

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