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220 años del hallazgo de la Piedra Rosetta
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220 años del hallazgo de la Piedra Rosetta

Durante 1.400 años los jeroglíficos egipcios fueron un auténtico misterio. El descubrimiento de la Piedra Rosetta permitió a lingüistas e historiadores arrojar luz sobre esa civilización.

15 de julio de 1799. Tras un año de ocupación en Egipto, las tropas napoleónicas descubrieron la piedra por casualidad, mientras reconstruían un fuerte cerca del río Delta, en la ciudad de el-Rhasid (Rosetta). Dos años más tarde, la caída de Napoleón hizo que la roca pasase a manos de los británicos. Desde 1802 se encuentra expuesta en el British Museum.

Según explica el museo británico, la piedra data del 196 a.C. Se trata de un decreto dictado por un consejo de sacerdotes para honorar al joven rey Ptolomeo V en el primer aniversario de su reinado. El texto está escrito tanto en jeroglífico (cada documento importante o religioso se escribía así) como en demótico, la escritura egipcia de uso diario. También aparece en griego antiguo, el idioma del gobierno por aquel entonces, ya que Egipto formaba parte del reino macedonio desde la época de Alejandro Magno.

En la época de la que data la piedra, los sacerdotes eran los únicos que conocían la escritura jeroglífica, por lo que eran los encargados de emitir los decretos, como explica el autor Andrew Robinson en su obra The Last Man Who Knew Everything.

El último jeroglífico del que se tiene constancia data del año 396 d.C. De esta manera, con el paso de los años, los jeroglíficos caerían totalmente en el olvido y nadie pudo interpretarlos nunca. Horápolo lo intentó alrededor del S.IV, con una concepción que luego se demostró errónea; más tarde lo intentó el jesuita Atanasio Kircher, pero el misterio no se desvelaría hasta que se descubriese la piedra y apareciera en escena Thomas Young.

Los lingüistas que descifraron la piedra

British Museum. Ilustración de Claire Thorne

Hasta entonces, la idea más extendida sobre el jeroglífico es que se trataba de una escritura ideográfica, es decir, que cada trazo representaba un concepto. Pero el hallazgo de la piedra con el texto en griego permitió aportar un contexto para descifrar la escritura. Young era un físico británico con amplios conocimientos de lenguas antiguas y contemporáneas.

En 1814 encontró varias referencias a nombres propios como Ptolomeo escritos fonéticamente con signos jeroglíficos. Los halló gracias a los cartuchos, unas marcas en forma de círculos que adornaban los nombres de la realeza. A pesar de todo, Young fue incapaz de descifrar por qué estos signos componían los nombres.

Sería Jean-François Champollion profesor de la Universidad de Grenoble, con quien Young había intercambiado correspondencia, quien resolviera el misterio. Champollion conocía la lengua copta, que deriva del antiguo egipcio, lo que le facilitó leer inscripciones jeroglíficas.

Alfabeto realizado por Champollion | Fuente: British Museum

En 1822, el lingüista amplió los descubrimientos de Young, llegando a realizar un alfabeto jeroglífico con los caracteres que se utilizaban para escribir los nombres de los mandatarios extranjeros. Más tarde se dio cuenta de que los caracteres alfabéticos se usaban también para escribir los nombres egipcios. En 1824 publicó todo su descubrimiento en Précis du système hiéroglyphique des anciens Égyptiens (Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios).

Champollion sentó las bases de nuestro conocimiento sobre el idioma y la cultura egipcias. Más tarde se descubrirían dos copias del mismo decreto, pero la Piedra seguirá siendo única por lo que significó, por la luz que ha arrojado sobre las civilizaciones que nos preceden y que permiten entender mejor nuestro lugar actual en el mundo.

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