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De nicotina a colesterol: lo que arrastra la tormenta
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De nicotina a colesterol: lo que arrastra la tormenta

Tormenta sobre una ciudad | MaxPixel

Tras una fuerte lluvia, las aguas pluviales quedan contaminadas de compuestos derivados de la industria o pesticidas, pero también químicos domésticos como la nicotina o la cafeína.

Tras un periodo de sequía, las grandes ciudades agradecen la lluvia. Una tormenta copiosa borra la boina de contaminación y limpia las calles… en apariencia. Sólo a partir de 2 litros por metro cuadrado se considera que puede arrastrar las partículas en suspensión (PM). Pero, tras la tormenta, la calma no llega a  arroyos, tuberías y plantas de tratamiento.

Porque esa suciedad va a alguna parte y las aguas de lluvia delatan a sus habitantes. Un estudio publicado en Environmental Science demuestra que en las principales ciudades estadounidenses (cabe pensar que no es muy distinto fuera), las aguas de lluvia son un catálogo costumbrista de sus habitantes.

 

Químicos en agua de lluvia | M.V., Masoner
Algunos químicos en agua de lluvia analizada | M.V., Masoner

El trabajo analizó 50 eventos de tormenta y arrastre de aguas en 21 localidades. Fuera de las sustancias de origen biológico, como las grasas animales y vegetales,  pudieron observar que el agua de lluvia arrastraba, sobre todo, mezclas de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), que no tienen que ver con los olores, en sí; son el típico producto de la quema de combustibles fósiles, inciensos o, incluso, carnes de barbacoa. También está presente en la madera tratada en forma de naftaleno o en placas de yeso, hormigones, pinturas o algún insecticida.

Hasta ahí, nada sorprendente. Las ciudades actuales se sustentan, físicamente, en miles de desarrollos de la industria química y en los hogares manejamos de manera habitual estos productos. Lo que delata las costumbres de sus habitantes se manifiesta en la importante presencia de sustancias ligadas al tabaco: la nicotina y la cotinina.

La primera apareció en prácticamente todas las muestras de agua de lluvia. La segunda, en el 92%. La cantidad apreciada no era especialmente alta, pero sí significativa, las dos –dependiendo de la ciudad– alrededor de los 10 nanogramos por cada litro de agua. Un nanogramo es una millonésima parte del gramo. En los dos casos, todo apunta a las colillas arrojadas al suelo como culpables. Un problema doble, porque también contienen plástico.

[columns size=»3/4″ last=»false»]Sueño | PixaBayLas colillas también son plástico y afectan a las plantas [/columns]

 
El consumo de café también quedó retratado. «La cafeína y la nicotina fueron las más frecuentemente detectadas (>96%) de entre los productos estimulantes ‘sin receta’ y medidos en concentraciones más altas», explican en el estudio. ¿De dónde vienen? De los residuos de la basura y «fugas en el sistema de alcantarillado».

Con una presencia aún mayor y frecuente están las grasas animales o vegetales, en concreto, el colesterol. Un residuo típicamente procedente de explotaciones ganaderas, pero también presente en las deposiciones urbanas de perros y gatos.

Un problema poco estudiado, pero no alarmante

Los autores reconocen que lo que arrastran las aguas de lluvia en las ciudades ha sido «pobremente estudiado». Al menos, en comparación con las aguas que circulan por los conductos de agua corriente, que se someten a controles exhaustivos, o la de los ríos. Es decir, no llegan a lo que sale del grifo.

El agua de lluvia se conduce por enormes tubos, parecidos en algunos tramos a conductos de metro, y también se trata en la medida de lo posible. El subdirector de conservación de infraestructuras del Canal de Isabel II  Manuel Rodríguez Quesada aclara a Newtral que «de otro modo, terminaría directamente, sin tratar, en el río», con sus contaminantes incluidos.

Otro estudio, del año pasado, ya alertó sobre la presencia de metales pesados en aguas pluviales de Ciudad de México. El actual trabajo estadounidense también halló componentes de mercurio. Son muy peligrosos para la fauna acuática, puesto que los animales no lo pueden eliminar y se incorporan a la cadena trófica. Eso sí, no encontraron cantidades tan significativas.

Los autores estadounidenses llaman la atención sobre los contaminantes orgánicos. «Las concentraciones y cargas de episodios de tormentas episódicas […] a menudo excedieron las de las descargas diarias de plantas de aguas residuales (fecales)», dicen en las conclusiones de su estudio.

Para el caso de una ciudad como Madrid, no hay datos concretos que maneje el Canal de Isabel II, en los que se desglosen los productos, pero la principal preocupación es «estudiar la evolución de los contaminantes con el paso de los minutos, después de que caiga la lluvia», explica Rodríguez, quien apunta a que en ciudades con habituales boinas de humo, los residuos de la combustión y los metales pesados han de ser los más destacados.

«Los resultados indican que las aguas pluviales urbanas transportan una extensa mezcla de contaminantes orgánicos con concentraciones de componentes altamente variables» explica por su parte, desde Estados Unidos, Jason Masoner (del USGS), firmante del estudio. «Los efectos ambientales de la exposición a productos químicos en muestras de aguas pluviales son actualmente desconocidos». Los autores hacen una llamada de atención en tanto muchos de ellos no se degradan con facilidad y pueden interactuar con la flora y la fauna.

[blockquote align=»left» author=»»]En una ciudad como Madrid, los aceites o residuos de la combustión serían los contaminantes arrastrados más preocupantes para el Manzanares, de no tratarse el agua de lluvia en plantas[/blockquote]

 

«Aceites y metales pesados son los que más afectarían a los ecosistemas de no tratarse el agua», añade Rodríguez, quien resalta que el impacto sería más grave en los sistemas de ciudades con ríos pequeños, como Madrid, cuyo Manzanares «no tiene caudal suficiente ni capacidad autodepurativa».

Entre las sustancias encontradas en el estudio americano hay cancerígenos (los HAP), bioactivos o alteradores endocrinos (pesticidas, hormonas). Si bien las cantidades encontradas no suponen un peligro directo, «las acumulaciones superiores a 100.000 nanogramos por litro son preocupantes; se han documentado efectos ambientales adversos», advierten.

Con todo, las concentraciones químicas inorgánicas generalmente fueron diluidas en concentración y no excedieron los criterios crónicos de vida acuática.

La primera hora de lluvia, la más contaminante

Las aguas pluviales pueden terminar en arroyos y ríos o en plantas de tratamiento. En países como España, donde las proyecciones en el escenario de emergencia climática apuntan a una mayor torrencialidad de las precipitaciones, existe una mayor preocupación por la contaminación que arrastra la lluvia. Sobre todo, teniendo en cuenta que apenas hay grandes ríos.

Tanque de tormentas de Butarque | Ayto. Madrid
Tanque de tormentas de Butarque | Ayto. Madrid

Casos paradigmáticos son los de Madrid o Barcelona. En el caso de la capital, bajo su superficie están los dos mayores tanques de tormentas del mundo: el de Arroyofresno y el de Butarque. Su misión es la de retener esas primera aguas de lluvia. Tradicionalmente se consideraba que los primeros 20 minutos eran fatales, puesto que concentraban la mayor parte de la contaminación. Ahora «se ha demostrado que la primera hora de agua pluvial tiene más contaminantes» que las residuales en tiempo seco, especifica Rodríguez Quesada.

Estas instalaciones evitan el vertido directo a los arroyos y al Manzanares de 8 hectómetros cúbicos de media (un hectómetro cúbico es lo que cabría, aproximadamente, en un gran estado deportivo). El Canal de Isabel II gestiona 63 tanques de tormentas con una capacidad de 1,5 hectómetros cúbicos. De ahí van a las plantas de tratamiento.

Las plantas no sólo eliminan esos contaminantes, sino también fosfatos o nitratos que funcionan como fertilizantes en los ríos y que están presentes, por ejemplo, en los detergentes domésticos. Su eliminación, no obstante, también tiene un impacto en la vida de los cauces, como acaba de demostrar este otro estudio español.

[blockquote align=»left» author=»»]Se han encontrado antobióticos y restos de bacterias resistentes en plantas de tratamiento, aunque no hay motivo para la alarma en la actualidad [/blockquote]

 

El gran reto en las plantas de depuración es enfrentarse a todos estos contaminantes. Pero, también, a agentes biológicos como bacterias, que llegan fundamentalmente de nuestros desagües. Algunas de ellas se han hecho resistentes debido al uso excesivo de antibióticos, presente en las aguas de alcantarillado. España, país envejecido y, por tanto, más tendente a la enfermedad, ha generalizado su uso hospitalario y doméstico. Este año, un estudio del CBM-CSIC encontraba evidencias de ‘superbacterias’ en las aguas de las plantas de tratamiento de, al menos, una estación española.

Aunque no suponen un riesgo actualmente, el debate se abre en torno a los márgenes seguros. Hay una legislación muy clara que bebe de esta directiva europea de 1996.   Las plantas de tratamiento en España están preparadas para acabar con las bacterias resistentes en la actualidad, según los investigadores. Está por ver qué pasará cuando envejezcan –algunos expertos creen que las de Madrid o las de pequeñas poblaciones necesitan una puesta al día– o ante el reto de tener que procesar más aguas torrenciales y con mayor arrastre de contaminantes –biológicos o inorgánicos– conocidos o por venir.

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