Newtral


Cortesanos
Siguiente

Cortesanos

La condición biológica por excelencia es la lucha por la supervivencia. La vida, desde su origen, pelea por no extinguirse siguiendo la estrategia más lógica: aumentando el número, la diversidad y la especialización de sus actores. Lo hace además seleccionando continuamente a la élite de sus miembros y descartando al resto, siendo el valor determinante la adaptabilidad al medio.

Cada una de las especies es un intento de la vida para asegurar su propia supervivencia y la competencia entre ellas por un espacio en el ecosistema resulta el mecanismo más eficiente para evitar su extinción. La infinita diversidad permite a la vida sostenerse e invadir nuevos horizontes, aferrándose a su condición como si supiera de la excepcionalidad de su sufrido nacimiento en las profundas chimeneas alcalinas de los océanos hace 4 millones de años.

También en el interior de las propias especies hay lucha. El objetivo es que estas den lo mejor de sí en su competición dentro del ecosistema y esto pasa por contar con la mejor representación propia del grupo. Para mantener su posición, cada especie debe asegurarse de que sus individuos representan con la máxima eficacia sus virtudes.
De la misma manera que la vida selecciona a las mejores entre las especies, las especies seleccionan entre sus individuos. El factor fundamental para la supervivencia de los individuos dentro de la especie vuelve a ser una vez más la adaptabilidad.

La capacidad de adaptarse a las circunstancias es por tanto la cualidad más representativa de la vida, convirtiéndose en el principal requisito para la supervivencia de los individuos y las especies, y por tanto de ella misma. Dentro de la biología no se imagina una virtud más elevada.

El humano es el único ser vivo que ha evolucionado hasta adquirir un nivel intelectual superior capaz de razonar, crear y entender representaciones simbólicas, desarrollar lenguajes de comunicación, combinar conocimientos y transmitirlos, entre muchas otras capacidades. Esto nos ha permitido socializar con mayor profundidad y dominar el resto de recursos del planeta (con mayor o menor acierto).
Merced a esta socialización, los humanos asumimos una organización asentada en unos derechos que trascienden las leyes de la supervivencia animal. Sin embargo, desde el principio de nuestra historia, las sociedades se estructuran de manera que el poder quede en manos de las personas o grupos más capacitados para tomar las decisiones fundamentales. Resulta revelador que, cuando analizamos a los poderosos, los que rigen el devenir de las sociedades y los recursos y por qué no nuestra supervivencia como especie, encontramos que la adaptabilidad es de nuevo la condición fundamental de todos ellos.

En el juego del poder, solo aquellos con la sabiduría necesaria para adaptarse triunfan. La adaptación, dentro de la complejidad de la cognición humana y de sus intrincadas relaciones sociales, exige mucho más que cambiar con los vientos. Contra la rigidez del pensamiento habitual (yo soy yo y mis circunstancias) se opone la energía flexible de los elegidos para el poder (yo soy yo y mis posibilidades). Éstos líderes han de predecir y actuar antes que el resto, elegir lo que se dice y lo que se calla, manejar los tiempos, ser audaces y benevolentes con igual soltura, planificar el camino con antelación y sobre todo saber controlar las emociones. Los que han dominado todas estas y otras virtudes son los que históricamente han obtenido el poder de manos del resto. Hay que decir que no son pocos quienes han recibido el poder careciendo de muchas de esas virtudes, pero la historia refleja su fuerza jamás fue duradera y en la mayor parte de los casos su suerte terminó de manera drástica (léase, por ejemplo, sobre el reinado de Luis XVI y María Antonieta).

La mayor parte del tiempo el poder no recae sobre la figura que aparentemente lo ostenta ¿Cuántos reyes y reinas, grandes generales, mandatarios, dictadores o para no ir tan lejos, cuántos directores o directoras de grandes compañías han sido y son meros instrumentos en manos de otros en la sombra, a menudo sin saberlo?
En este escenario emana la atemporal figura del cortesano. Algunos de ellos ejercen el poder durante toda su vida pasando desapercibidos. Otros se benefician de su posición para mover estratégicamente los hilos de manera que les colocara en la cima de la pirámide. En todos los casos mienten, manipulan, seducen, traicionan y sobre todo se adaptan a los tiempos y las circunstancias con extrema sutileza. Y de alguna manera demuestran que estas cualidades son las que los humanos entendemos como superiores. Porque el poder, no lo duden, es una condición entregada por los sometidos. Es por eso que admiramos a Tony Soprano o a Frank Underwood más allá de la vileza de sus actos.

Talleyrand (1754-1838), el que fuera ministro de exteriores de Francia durante su periodo más convulso, fue el cortesano por excelencia. Entró joven en el seminario, no por vocación sino como única vía de acceso a las altas esferas sociales (una cojera truncó sus esperanzas militares) y llegó a ser obispo con cierta facilidad. Previó antes que nadie los acontecimientos y dio un giro liberal en los preámbulos de la revolución de 1789. Llegó incluso a expropiar bienes de la iglesia en nombre del pueblo sin perder su condición de obispo, lo cual le otorgó la simpatía de las calles de París, cosa que no perdería en adelante durante su carrera política. Talleyrand sobrevivió a la caída del Directorio y vio antes que nadie el potencial y la ambición de un joven Napoleón, convirtiéndose en su mano derecha y principal estratega político. Con la misma habilidad, no dudo en aliarse con su peor enemigo (Fouche, el director de la policía francesa) para conspirar contra el gran general y planear su exilio. Toda una vida de maestría diplomática que demuestra cómo la adaptabilidad se impone sobre cualquier otra cualidad humana en cuanto al dominio del poder se refiere.

Igual que Kissinger (1923-?) se sirvió de su elocuencia para gobernar entre bambalinas sobre Nixon y otros, o Rasputin (1869-1916) aprovechó el aislamiento de la zarina Alejandra para acaparar el poder de la Rusia imperial, muchos otros cortesanos han sublimado el exigente arte de la cortesanía y la sociedad los ha recompensado con altas dosis de poder a cambio.

Es evidente cómo el ser humano imita los mecanismos de la naturaleza. Igual que la vida selecciona los mejores individuos de las mejores especies para asegurar la eficiencia de su desarrollo, y lo hace valorando la capacidad de adaptarse por encima de cualquier requisito, las personas entregamos el poder a quienes entendemos que representarán mejor nuestros intereses como especie tomando como valor fundamental la adaptabilidad.

¿Y qué hay de las mujeres? Sin duda, a lo largo de la historia, muchas  de ellas han regentado el poder con excepcional sabiduría y adaptabilidad. La reina Isabel I de Inglaterra se opuso a su corte en plenitud así como al poder eclesiástico y a la totalidad del pueblo inglés para renunciar a un matrimonio que entendió que provocaría inestabilidad en el complejo laberinto de las monarquías europeas. De esta manera reino durante casi 50 años de relativa tranquilidad. Thatcher, Bhutto, Victoria de Inglaterra, Eva Perón, Cleopatra… Son tantas y la vez tan pocas.

Todos esperamos avances reales en materia de igualdad de manera que el futuro permita a las mujeres talentosas guiarnos por el mejor camino. Muchos de estos cambios nos pertenecen a cada uno y son tan sencillos como rebelarnos ante una herencia machista en lo cotidiano. Sin ir más lejos, la RAE define cortesano, na como adjetivo: “perteneciente o relativo a la corte”, “que se comporta con cortesanía” y “dicho de una mujer, que ejerce la prostitución, especialmente de manera elegante y distinguida”.

El tiempo de la desigualdad se acaba. La herencia retrógrada se difumina y la educación tiende a apostar fuerte por erradicar las convenciones patriarcales. Nos dirigimos hacia una época fundamental para el ser humano. También para el resto de especies y, como no, para la propia vida.

 

Lectura recomendada:

Las 48 leyes del poder (1999). Robert Greene.

La capacidad de adaptarse y de atraer el poder descrita mediante ejemplos en 48 leyes.

El sultán de Persia había sentenciado a muerte a dos hombres. Uno de ellos, sabiendo cuanto amaba el sultán a su semental, le ofreció  enseñar al cabaño a volar en un año a cambio de que le perdonara la vida. El sultán, imaginándose como jinete del único caballo que volaba en el mundo, estuvo de acuerdo. El otro prisionero miro a su amigo con incredulidad. <<Sabes que los caballos no vuelan. Qué es lo que te ha llevado a tener una idea tan loca como esa? Solo estás posponiendo lo inevitable.>> <<No es así –dijo el primer prisionero -. De hecho me he otorgado a mí mismo cuatro  oportunidades de libertad. La primera, el sultán podría morir durante el año. La segunda, podría morir yo. La tercera, el caballo podría morir. Y la cuarta… ¡Podría enseñar al caballo a volar!>>.

El arte del poder. R.G.H SIU, 1979 – Las 48 leyes del poder, Robert Greene

 

1 Comentario

  • ¿Puede haber una reflexión más apropiada en esta semana de asaltos al poder? 10 Downing Street- Westminster, Palacio de San Telmo… Gracias Capitán por esta píldora de mesura en una semana política de locura.

¿Quieres comentar?

Relacionados

Más vistos

Siguiente