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Boris Johnson y todo lo que amamos odiar
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Boris Johnson y todo lo que amamos odiar


El excorresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, ex alcalde de Londres y ex responsable del ‘foreing office’ es el nuevo Primer Ministro del Reino Unido

 

 


La foto de los jóvenes miembros del Club Bullingdon, una institución asociada a la Universidad de Oxford, de 1987 que se hizo popular hace unos años ya no solo muestra a un ‘premier’ británico. A David Cameron (segundo por la izquierda, en pie) le acompaña Boris Johnson (primero por la derecha, sentado). Y de alguna forma, esa imagen de 1987 refleja también lo que el Reino Unido es hoy. Cameron -altivo, despreocupado, flemático, con aspecto de poder aspirar a ser el bajista de Spandau Ballet– es lo que el Reino Unido creía ser cuando se planteó el referéndum del Brexit. BoJo -calcetines caídos, frac desarreglado, mirada de hooligan, con aspecto de ser un secreto admirador de Rik Mayall– es lo que el Reino Unido es tras el sí a la salida de la UE.

Más allá de su permanente desaliño, Boris Johnson esconde una mente brillante. Neoyorquino de cuna, con pasado en Eton y Oxford, con experiencia periodística como corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas y autor de diversos libros, el nuevo Primer Ministro es un personaje más allá de su propia persona. Podría serlo en una novela de P.G. Wodehouse, y podría acabar con la paciencia del mayordomo (“Suelte a los perros, Jeeves”, “No tenemos perros, señor”). No es difícil imaginarlo en la Inglaterra de entreguerras, como un familiar de segundo grado que acude a una fiesta y que se convierte en un tiro al aire: o ameniza la fiesta con su ingenio y humor un punto negro, o la convierte en un infierno cuajado de largos desprecios e insultos. De cincelada métrica, siempre. Pero insultos al fin y al cabo.

Ese tiro al aire es la apuesta final del partido conservador para resolver, al fin y de una vez por todas, el Brexit. “A vida o muerte”, en palabras el propio Johnson, que quiere el Reino Unido fuera de la Unión el 31 de octubre. Con acuerdo o sin acuerdo, y con la intención de resolverlo a la liberal manera: a base de deuda. La salida de Londres del Club de los 28 se ha mostrado, de momento como un excelente fagocitador de primeros ministros, de David Cameron a Theresa May. Boris cree que él no caerá.

Una carrera europea


La carrera política de Boris Johnson empezó, de algún modo, en Bruselas. Como el periodista de cabecera de Margaret Thatcher -sus ataques a Delors en Westminster encontraron eco bruselino en Johnson-, los cinco años de Boris en el Telegraph (1989-94) coincidieron con la caída de Thatcher, la europeización por conveniencia de los Tories y su fractura, dando lugar al UKIP en el que ya militaba un joven Nigel Farage, aliado de conveniencia de Boris desde que se abrió el debate del Brexit.

El nuevo premier británico no se dejó tentar por el euroescepticismo y alcanzó Westminster como parlamentario. Ahí se reencontró con David Cameron, ya líder de los conservadores -entonces en la oposición-, que le dio voz pública como portavoz de la oposición en materias de educación universitaria. Una voz que le permitió postularse como alcalde de Londres (2008-2016).

Allí emergió como figura mundial el Johnson impredecible y contradictorio, el político cuyas políticas eran secundarias. Mientras Londres -y todo el Reino Unido- brillaban en los Juegos Olímpicos de 2012, a él pudimos verle colgado de una tirolina frente el Puente de Londres, ataviado con un casco y dos banderolas británicas, o se sentía legitimado para medirse a la Asamblea de Londres (un órgano municipal de control sobre el alcalde) y calificarles de “great supine protoplasmatic invertabrate jellies”, un insulto tan complejo de traducir como innegablemente rítmico.

Ese Boris Johnson incontenible y sobreactuado acabó constituyendo el personaje tan odiado en su fondo (en una visita a Japón, a colación de una exhibición de rugby, acabó placando a un niño de diez años) como adorable, porque acabó convertido en todo lo que amamos odiar. En un arquetipo. En un personaje.

“Yo hago las preguntas”


La gran virtud de Johnson como político es su oratoria desmedida, y su forma de expresarse, brutal. En la célebre entrevista con el periodista Jeremy Paxman en BBC Newsnight, el nuevo premier británico mantuvo la sonrisa en gran parte de ella, una sonrisa a medio camino entre la crueldad, el infantilismo y la permanente sorpresa ante su propio ingenio. “Yo hago las preguntas”, replicó Paxman cuando el entrevistado le sugirió que buscase “un trabajo de verdad”. La relación entre Paxman y Johnson les llevó a pasearse en tándem por Londres en 2014, con motivo de la retirada del entrevistador.

Con Paxman, en todo caso, Boris Johnson guardó las formas. No lo hizo con Nick Clegg, líder del libdem y socio de Cameron en el gobierno entre 2010 y 2015, al que calificó de “dubitativo”, de “parte muy muy decorativa de la Constitución” y, finalmente de “condón”. Para Boris, Schwarzenegger es un “ciborg austríaco monosilábico”. Y Tony Blair una “mezcla entre Houdini y un lechón grasiento”. Y por supuesto, cató en la tentación de calificar de “medio keniata» a Barack Obama. The Guardian recogió aquí algunas de sus salidas de tono más sonoras.

Alinearse en la teoría conspirativa auspiciada por Donald Trump sobre el origen del expresidente de Estados Unidos fue solo un paso para incardinarse de lleno en los movimientos populistas. De Trump, de Farage, del Brexit. Porque si para algo está dotada la oratoria de Boris Johnson es para el populismo. May le eligió para la cartera de Exteriores donde, contra pronóstico, no causó grandes conflictos diplomáticos. Pudo ser candidato a rivalizar con May en 2018, pero renunció a la espera de un momento mejor (o una mayor ausencia de candidatos).

Finalmente, a meses vista del Brexit, tenga la forma que tenga, Boris Johnson ha llegado al puesto que, a priori, no ambicionaba: primer ministro. Su estreno político a gran escala será el G7 de agosto en Biarritz, al lado de Donald Trump y frente a Angela Merkel. Poco antes, habrá tenido que tomar parte en la crisis anglo-iraní de los petroletros secuestrados. El siguiente paso, le llevará a la Europa en la que se dio a conocer y cuyo abandono deberá dirigir, ya sea para el éxito o -probablemente- el naufragio. Y, en clave interna, tendrá que lidiar con una City que repiensa su localización si no hay UE, con una Escocia que vuelve hablar de referéndum de independencia y con una Irlanda del Norte que puede ver, otra vez, como la frontera con Irlanda se militariza.

Este miércoles, Boris Johnson se reunirá con Isabel II, como es el deber de cada Primer Ministro. Isabel se estrenó en esta tarea en 1952, recibiendo a Winston Churchill. Dios salve a la Reina. Y con Johnson, que haga lo que pueda.

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