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Bombas atómicas contra huracanes, una mala (y vieja) idea
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Bombas atómicas contra huracanes, una mala (y vieja) idea


Aunque Donald Trump ha rechazado la idea de tirar una bomba atómica sobre el mar, no sería el primero en haberlo planteado a sus expertos, como cuenta Axios. Todo empieza en los años cincuenta.

 

Hay una agencia del propio gobierno de EE.UU. que tiene una página web titulada Mitos sobre ciclones tropicales. Su ‘dosmilero’ diseño delata su antigüedad. Desde hace 18 años, la NOAA desmiente que sea posible acabar con un huracán arrojando una bomba atómica en su ojo.

Una idea que surgió en los años cincuenta del siglo XX y que se puso de relieve en 1961 en una conferencia, ante la prensa, del jefe de meteorología del último gobierno de Dwight Eisenhower. Como recoge el libro Make it Rain (Kristine Harper, Univ. Chicago, 1992), había un debate encendido en la oficina meteorológica estadounidense sobre cómo abordar los huracanes. Era un tiempo en que se experimentaba con la inyección de hielo en los huracanes.

El meteorólogo y militar Francis Reichelderfer (fue piloto del malogrado dirigible Hindenburg) dijo que veía preferible bombardear con trinitrotolueno (TNT) los huracanes, antes que con bombas atómicas, al menos «hasta conocer sus efectos colaterales», dando así a entender que el presidente tenía sobre la mesa una propuesta de liquidar tormentas tropicales con «la bomba H». Después de todo, ¿qué podría salir mal?

Varias cosas que la propia agencia especifica:

  • La primera y más obvia es que las bombas atómicas no circunscriben su acción a una pequeña región. Sabemos que provocan nubes y lluvias tóxicas. «La lluvia radiactiva liberada se movería rápidamente con los vientos alisios para afectar las áreas terrestres», dice la NOAA. El caso conocido más paradigmático es el de Chernóbil. La explosión de un reactor en la central nuclear Memorial Lenin en 1986 escupió el equivalente a 500 veces el material tóxico de la bomba de Hiroshima. Aunque se ocultó inicialmente, la Europa occidental se percató ante la presencia de partículas radiactivas en Suecia. 13 países estuvieron en alerta. La radiación de determinados isótopos es capaz de provocar mutaciones y, por tanto, malformaciones y tumores, entre otras enfermedades.
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  • La energía requerida para atacar a la tormenta sería inmensa. «La liberación de energía de un huracán es equivalente a la explosión de una bomba nuclear de 10 megatones cada 20 minutos», explican en la NOAA. Los humanos no producimos ni consumimos tanta energía. Sólo para producir sus nubes, un huracán maduro necesita 6 x 1014 vatios. Esto es, 200 veces toda la capacidad eléctrica mundial. Para generar sus vientos, consume «la capacidad de energía eléctrica generada en cerca de la mitad del mundo entero», según apunta la NOAA.
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  • Semejante potencia supondría un grado de destrucción letal en la Tierra. Buena parte de las especies animales y vegetales desaparecerían. Seguramente, la humanidad lo tendría bastante difícil para seguir adelante. Por no hablar de la alteración de los océanos y, con ello, el sistema climático. Al menos, durante un tiempo, la Tierra nos sería la misma, como sabemos de cataclismos anteriores.
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  • La ley lo impide. Los tratados internacionales sobre el uso pacífico de la energía atómica son bastante claros al respecto. No contemplan el uso de semejantes magnitudes de energía. En concreto, en 1990, Estados Unidos y la agonizante URSS firmaron la ratificación de un acuerdo por el que se limitaba a 150 kilotones. Ciertas pruebas para usos pacíficos potentes se están abandonando, como explosiones nucleares en construcciones de canales o minas.
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Bombas atómicas contra huracanes
Bombas atómicas contra huracanes | M.V., NASA

Según la NOAA, cada año, al inicio de la temporada de huracanes, suelen proliferar estas teorías de la destrucción de huracanes con bombas atómicas. «Atacar las débiles olas tropicales o las depresiones antes de que tengan la oportunidad de convertirse en huracanes tampoco es prometedor», señalan. Alrededor de 80 de estas perturbaciones se forman cada año en la cuenca del Atlántico, pero solamente unas cinco se convierten en huracanes. «No hay forma de saber de antemano cuáles se desarrollarán». Si la energía liberada en una perturbación tropical fuera sólo el 10% de la liberada en un huracán tampoco podríamos hacer nada: «habría que atenuar las luces del mundo entero muchas veces al año» para destinar su energía a combatir la tormenta.

Hasta 1983, Estados Unidos ha mantenido un proyecto de destrucción de huracanes llamado StormFury. Pese a estar basado en fundamentos sólidos, sus intentos no han funcionado.

Se han planteado desde armas sónicas, a microondas, pasando por nubes más brillantes para dispersar el calor o hasta un sumidero gigante de agua caliente. Ingenios que sólo funcionarían en circunstancias idóneas. Lo contrario a un huracán.

Y casi todo pasa por que los mares no se calienten, algo que se complica en un escenario de emergencia climática.

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