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Ariel Burano
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Ariel Burano

Napoleón, en el momento de iniciar su campaña contra los rusos, pronunció unas palabras que demuestran tanto de su carácter como sus propias hazañas. Palabras con la fuerza necesaria para perpetuarse en el tiempo de la mano de los historiadores. Dijo: “Me siento empujado hacia un fin que no conozco. Tan pronto como lo alcance, tan pronto como me vuelva innecesario, un átomo será suficiente para destruirme. Hasta entonces, ninguna fuerza humana puede hacer nada contra mí.”

Este discurso es el de un hombre entregado a una meta por completo. Es el camino del héroe, el mismo que han seguido tantos personajes históricos y ficticios a lo largo de la historia. El individuo que concede su vida a una causa de tal manera que su fin lo convierte en innecesario, y que toda su fortaleza resida en la ejecución propia de la tarea, desapareciendo después de la misma toda energía y resistencia. Cuesta encontrar un proceso que requiere una valentía tan feroz y duradera como la consagración de una vida a un objetivo incierto. Es el caso de Napoleón y también es el caso de los deportistas profesionales.

Pongamos como ejemplo a la selección española de fútbol. Para conocer bien a la selección como equipo, debemos conocer antes la selección como proceso.

Este proceso es la mayor criba deportiva de nuestro país. No afecta solo al conjunto de futbolistas de élite que pelean durante el año exprimiendo su rendimiento por entrar en la lista de los 23. Este sería solo el último escalón del Empire State, la borla del gorro del tipo que está en la punta del iceberg. Empieza mucho antes, pongamos que a los 8 años cuando entramos en los benjamines del equipo del colegio o del barrio. A partir de entonces, cada día, durante cada entrenamiento y cada partido, habrá alguien mirando y evaluando, seleccionando unas veces de forma activa y otras inconscientemente aquellos que presenten más talento o ambición, “maneras” que dicen, y descartando de la misma forma al resto. Y por supuesto también uno mismo se observa y analiza constantemente su situación, formándose unas expectativas sobre su proyección que determinan la energía que le dedica a mejorar.

La criba funciona incrementando la exigencia exponencialmente con el tiempo a la vez que se reducen los candidatos. Como en una carrera de fondo, los más rápidos y ambiciosos ocupan las primeras filas y marcan un ritmo que selecciona al grupo. La mayoría de corredores cederán y perderán sus opciones ya desde los primeros metros aunque eso no indica que no hayan participado en la carrera. Del grupo de cabeza se irán descolgando con un goteo cada vez más lento los más débiles. También habrá caídas (y zancadillas) o enfermedades que eliminen a muchos, y en el último kilómetro, los que hayan resistido el durísimo ritmo hasta el final, se enfrentarán a un sprint agónico en el grupo por ser uno de los 23 primeros.

Para argumentar la exigencia de la selección como proceso existen dos conceptos: el volumen de corredores y el ritmo de carrera.

El ritmo de la carrera es la capacidad para educar el talento y en España es de los más altos del mundo. Existe una gran cultura futbolística, excelentes medios e instalaciones, preparadores de máximo nivel para los chicos desde sus edades más tempranas, canteras referentes en todo el mundo y el soporte de la liga de mayor calidad. Este ritmo marca la diferencia respecto a otros países masivos que ponen muchos más niños en la línea de salida.

En cuanto al volumen de corredores, si aceptamos que el equipo lo forman jugadores de entre 22 y 34 años (el año pasado Asensio e Iniesta marcaban el límite), son 12 generaciones compitiendo en la misma carrera. Esto equivale a poner unos dos millones de benjamines en la línea de salida. Hay unos 350 jugadores españoles en las grandes ligas lo que ya supone una selección de uno de cada 6000 (si tu hijo es benjamín, esas son sus opciones de jugar en primera: no le aprietes). Y estos aún tienen que disputarse el sprint del último kilómetro, donde perderán fuelle unos cuantos más (como, de momento, quien escribe), quedando uno de cada 260. Ir a la selección es el equivalente a que te toque el gordo de Navidad con un solo número en el bolsillo. La diferencia es que jugar a la lotería no exige renunciar a nada.

No parece un mal ejemplo de objetivo incierto. Sin embargo, muchos aspirantes dedican su vida a la extrema imposibilidad de ser futbolista y debemos reconocer tanto la valentía de todos estos como el mérito de quienes lo finalmente lo consiguen. Por este motivo, desconfío del estereotipo que nos señala como caprichosos privilegiados. Ni simples, ni infantiles, ni dotados por la naturaleza un talento iluminador. En todo caso, valientes guerreros precoces que pelean por no perder un ritmo cada vez más alto en una epopeya incierta y dejando atrás a cambio los verdaderos derechos de cualquier joven normal.

Ariel Burano es uno de esos guerreros. Es un personaje creado por David Trueba para su magnífica novela Saber Perder. Más allá del gozo que supuso su lectura para mí, he de confesar que lo que sentí fue un profundo agradecimiento hacia el autor. Reconozco en Ariel la complejidad emocional del guerrero y me abruma pensar que algo tan inaccesible nace de la imaginación de Trueba. Un ejercicio narrativo redondo que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica por unanimidad.

 

“El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas, nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y solo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.”

Saber perder (primera página) – David Trueba

 

“Y lo que es más, ni siquiera tenemos que arriesgarnos solos a la aventura, porque los héroes de todos los tiempos se nos han adelantado, el laberinto se conoce meticulosamente; solo tenemos que seguir el hilo del camino del héroe. Y donde había pensado encontrar algo abominable, encontraremos un dios, y donde habíamos pensado matar a otro, nos mataremos a nosotros mismos, y donde habíamos pensado que salíamos, llegaremos al centro de nuestra propia existencia, y donde habíamos pensado que estaríamos solos, estaremos con el mundo.”

El héroe de las mil caras – Joseph Campbell

 

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