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Argelia y la ira
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Argelia y la ira

Me acerqué al ventanillo y, con la última luz, contemplé una vez más mi imagen. Seguía estando seria, pero ¿de qué asombrarse si en ese momento también yo lo estaba? Al mismo tiempo, y por primera vez después de meses, oí distintamente el sonido de mi voz. La reconocí por la que resonaba ya hacía largos días en mis oídos y comprendí que durante todo ese tiempo había hablado solo.

Camus. El extranjero.

Los hechos, no importa su naturaleza, conducen a una situación de desgobierno, pues la cabeza gobernante se abstiene y se convierte en una mera observadora. No ‘se pierde la cabeza’, eso es mentira. Tampoco ‘se va’. La cabeza se queda en un plano elevado y mira con estupor el resultado del reinado del cuerpo.

La ira es un proceso físico. La mente primero arma al cuerpo: la secreción de adrenalina suprime las funciones no vitales y maximiza el flujo de sangre y oxígeno a los músculos. Después se produce la gran disociación. El cuerpo se aplica con torpe urgencia y desproporcionalidad, guiado por los principios primitivos del temor y el deseo, mientras la mente suspendida observa sorprendida por la poca lucidez de la actuación. En cualquier caso, lo destacable es la oportunidad de verse en acción: ser extranjeros de uno mismo, emisores y receptores de palabras y gestos que son juzgados por la otra mitad al tiempo que se producen.

Albert Camus escribió El extranjero (1942) en París, poco después de verse obligado a emigrar desde Argel y algunos años antes de que estallara la guerra en Argelia. Su protagonista, Meursault, es un joven sereno e introvertido, amoral y definitivamente desapasionado que se ve conducido al asesinato de un desconocido. En el momento del desenlace, se describe perfectamente la descomposición del personaje, el dominio físico actuando en la renuncia de la razón. Es una ira tranquila, nada más que la ira puede descerrajar cuatro tiros sobre un cadáver. Sin embargo la escena carece de ruido dramático por completo.

También pocos años antes de la guerra de Argelia, los padres de Zinedine Zidane, Smaïl y Malika emigraban a Francia. Tiempo después nacería en Marsella el genial futbolista, para muchos el mejor de la historia, para todos el más elegante y armónico. Igual que Meursault, es reservado y algo huidizo. Su ausencia de excentricidad será el acento definitivo de un juego de extrema plasticidad y eficacia, ejecutado bajo aparentes esfuerzos mínimos pero resultante de una belleza sobrecogedora.

En el último partido de su carrera, Francia jugaba contra Italia la final de la Copa del Mundo de 2006. Durante la primera parte, bajo la mirada del mundo entero, Zidane había marcado de penalti. En el escenario de mayor tensión que nadie pueda imaginar, el genio franco-argelino no chutó, acarició la pelota hacia el medio de la portería donde intuía que desaparecería el portero italiano, demostrando un control emocional inhumano.

Cuando el partido se extinguía con resultado de empate, el central italiano Materazzi gritó algo a Zidane mientras pasaba por su lado. Éste se giró y lo encaró despacio, para de repente demarrar un brutal cabezazo en el pecho del italiano. La gran disociación, que impera incluso en quienes son capaces de soportarlo todo. La ira, el abandono de funciones de la razón, el cuerpo decidiendo qué hacer y cómo.

Fue un golpe extraño. En una pelea, la cabeza normalmente recibe los golpes, y cuando los da apunta a la cabeza rival. No usó las manos. Hay cierta represión que las mantiene, que desvía el golpe hacia abajo, como si en cierto momento, a última hora, la mente luchara por tomar el mando.

Lo que más destaca de la ira argelina de Zidane y Meursault es que carece de toda teatralidad. No hay alaridos de rabia ni grandes gestos que la acompañen. Dos hombres tranquilos que por segundos ceden el control y se observan a sí mismos en la desnudez más extrema, para volver enseguida a ser un conjunto reunido que se enfrentará a la terrible carga del proceso.

En el mismo instante, el sudor acumulado en mis cejas corrió de pronto sobre los párpados y los cubrió con un velo tibio y espero. Cegaba mis ojos ese telón de lágrimas y de sal. Solo sentía los címbalos del sol sobre la frente e, instintivamente, la hoja relumbrante surgida del cuchillo siempre ante mí. Esa ardiente espada mordía mis cejas y penetraba en mis ojos doloridos. Fue entonces cuando todo vaciló. Del mar llegó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para vomitar fuego. Todo mi ser se tensó y mi mano se crispó sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el pulido vientre de la culata y fue así, con un ruido ensordecedor y seco, como todo empezó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. Entonces, disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas sin que lo pareciese. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia.

 Camus. El extranjero

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