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Lo mejor de las próximas elecciones podría ser que el hartazgo del pueblo se derramara por fin en la forma de un río violento y enfangado, levantara por los aires los sostenes y la tela de franela del teatrillo establecido, y volaran las marionetas y los titiriteros a merced de la ira del cauce marrón. Podría serlo, efectivamente, aunque uno se conformaría constatando que, mucho más allá de las ideologías, nos hacemos representar por quien nos miente menos, que no mejor. Que contestamos a los impostores y a las estrategias de marketing con indiferencia y no con resignación. Y que votamos en definitiva a quien nos dice la verdad, si es que alguno lo hace.

En los últimos tiempos hemos asistido a la despolarización hasta el punto de que distinguimos (y elegimos) a las diferentes opciones políticas por detalles zafios más que por convicción ideológica. Por eso la mayoría decidimos a última hora y por eso los consejeros electorales nos fríen con discursos repetitivos plagados de eslóganes y palabras clave. Por eso crece el desapego y la indecisión. También los arrepentidos. El motivo de que votantes de un extremo pasen a votar meses después a los del extremo contrario nos hace dudar de la propia extremidad por mucho que se nos repita.

En un estado de desconcierto así, las personas podrían elegir guiadas por sentimientos primarios como la desconfianza y el impulso de seguridad. Más que las ideas, valdrá para la gente la coherencia que cada uno aplique a las suyas, y por tanto se impondrán líderes sin complejos, con un discurso recto y sin arrugas.

De igual manera, el lector de libros valora bien al autor que le dice la verdad. Donde muchos se conforman con un relato verosímil, en el que las piezas encajan sin fisuras, los elegidos inundan la lectura de una emoción auténtica. En ese caso poco importa la complejidad de la trama, la estructuración o las palabras escogidas. Un texto con ritmo y verdad hará languidecer a cualquier otro sin cualquiera de ambas divinas cualidades. En un mundo de mentiras, la verosimilitud está sobrevalorada.

Charles Bukowski es reconocido por la condición verdadera de su obra. Más allá del carácter autobiográfico, buceando en sus poemas, relatos y novelas de su mano (o de la de su alter ego Chinaski) nos encontramos de frente con la sinceridad de lo humano sin abalorios. A quienes llaman a esto “realismo sucio” deberíamos recordarles que la suciedad es condición inseparable de la propia realidad.

Debemos soportar, en virtud de la verdad, el terrible machismo del autor-protagonista en cualquiera de sus textos (en especial ‘Mujeres’) sin separarnos un instante de la escena, de la misma manera que soportamos su trágica infancia en ‘La senda del perdedor’ o acompañamos sus desvaríos laborales en ‘Factotum’ o ‘Cartero’. Y lo haremos, verán, uniendo fuerzas con él. Le haremos héroe y, a pesar del despreciable comportamiento, seremos capaces de amarle y seguirle, en virtud de la verdad. Demostraremos que esta es nuestra primera condición, que no nos mientan, la misma que exigimos a todos nuestros héroes, desde Tony Soprano hasta Frank Underwood o Winston Churchill. La misma que exigiremos, eso espero, el próximo 28 de Abril.

Bukowski nos cuenta su vida, pero no confundamos algo: los hechos reales no contienen verdad por definición. Hay historias reales con poca verdad y ficción pura llena de ella. En el caso de Bukowski, las dos caras confluyen. Bajo una prosa afilada y etílica, nos sumerge con honestidad en su propia historia que podría ser la de cualquiera.

 

“Cada nueva línea es un comienzo y no tiene nada que ver con ninguna de las líneas que la han precedido. Todos empezamos desde cero cada día. Y, por supuesto, no tiene nada de sagrado. El mundo puede vivir  mucho mejor sin escritura que sin fontanería. Y en algunos lugares del mundo hay muy poco de ambas cosas. Claro que yo preferiría vivir sin fontanería, pero yo estoy enfermo.
Nada impedirá a un hombre escribir a menos que ese hombre se lo impida a sí mismo. Si un hombre desea verdaderamente escribir, lo hará. El rechazo y el ridículo no harán más que fortalecerle. Y cuanto más tiempo se le reprima, más fuerte se hará, como una masa de agua que se acumula contra una presa. No hay derrota posible en la escritura; hará que rían los dedos de tus pies mientras duermes; te hará dar zancadas de tigre; te encenderá los ojos y te pondrá cara a cara con la Muerte. Morirás como un luchador, serás honrado en el infierno. La suerte de la palabra. Ve con ella, envíala. Sé el Payaso en la Oscuridad. Es divertido. Es divertido. Otra línea más…”

                               El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco – Charles Bukowski

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