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De no poder andar a ir a los Juegos Olímpicos: la segunda oportunidad de Roxana Popa
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De no poder andar a ir a los Juegos Olímpicos: la segunda oportunidad de Roxana Popa

Era una de las grandes promesas de la gimnasia artística, pero una lesión de codo y tres operaciones de rodilla cortaron su progresión. Tras superar una depresión y cerrar etapas, volvió a disfrutar del tatami hasta verse de nuevo en la élite. En solo dos meses, y después de tres años de su retirada, fue sexta en suelo en el Mundial de Stuttgart y una plaza olímpica para Tokio 2020.



Roxana Popa (Rumanía, 1997) había empezado a mirar la gimnasia a través de una barrera, física y emocional. El deporte que tantas ilusiones generó en su mente también fue su peor pesadilla durante cuatro años, el tiempo que tardó en asumir que su objetivo no tenía que ser regresar al tatami después de una lesión de codo y tres operaciones de rodilla, sino una rutina con las mínimas secuelas.

Con diecinueve años, los médicos le pidieron parar definitivamente si quería tener una vida normal que le aterraba, en la que prácticamente no podía andar. La inactividad, pero especialmente una larga depresión, supuso la ruptura definitiva con su identidad. No quería saber nada de la gimnasia y solo sentía rechazo hacia la barra y las paralelas con las que durante tanto tiempo soñó ser olímpica.

Hasta las lesiones, la carrera deportiva de Roxana había estado marcada por las expectativas generadas ante su talento. Procedente de Rumanía y apodada ‘la Nadia Comaneci española’ en referencia a la primera gimnasta en lograr el 10 en unos Juegos, fue nacionalizada por un Real Decreto con solo once años. Mientras, ella se mantenía al margen de la presión. «La gente me preguntaba por esa comparación, pero entonces solo quería hacer volteretas, competir y competir. Tenía carácter, no me importaba lo que decían y mis padres se encargaban de que fuera así. Solo quería hacer gimnasia».

Una grave lesión de rodilla cortó su carrera ascendente

Participar en unos Juegos Olímpicos estaba cada vez más cerca, pero en 2014, con tan solo trece años, empezó su particular calvario. Una lesión de codo le apartó dos años de la competición, complicando acciones cotidianas como simplemente coger un plato. Su progresión se cortó en seco, pero mientras todavía le quedan secuelas por no tener supinación en el brazo, este varapalo no fue un impedimento para seguir con su carrera deportiva. Volvió fuerte física y mentalmente, hasta que se rompió el ligamento anterior de la rodilla derecha y los dos meniscos.

«La lesión de codo ha sido bastante más grave porque me han quedado secuelas. La rodilla no me imposibilita hacer vida normal, pero sí ha sido un obstáculo para la gimnasia. En la primera operación mi cabeza solo estaba centrada en entrenar, pero cuando se te engancha la rodilla y recaes constantemente, todo se hace una bola cada vez más grande. Se me iba la rodilla al bajar escaleras, no podía correr a por el autobús o atarme los cordones… Es complicado sobrellevarlo. Coges miedo a los escalones y piensas que el cuerpo te va a fallar».

Durante varios meses, recuperar la movilidad fue su prioridad. Los Juegos Olímpicos de Río 2016 estaban marcados con rojo en el calendario y su gran obsesión era llegar bien. Dejó los estudios de Bellas Artes temporalmente y centró todo su esfuerzo en recuperar la senda de la élite deportiva, pero un mes antes de la gran cita de su carrera, sufrió otra recaída. Catorce años de duro trabajo no tenían recompensa. “A veces las cosas no salen como queremos o merecemos”, decía entonces en sus redes sociales. “Necesito tiempo para retomar mi vida y mi salud emocional”. Su cabeza también dijo «basta».

Sufrió depresión y apenas podía estar de pie

Roxana, que se veía incapacitada para su gran pasión, pasó de una rutina activa y exigente físicamente a un bloqueo emocional. Sentía que le habían arrancado gran parte de su vida y sufrió depresión. Entre psicólogo y psicólogo, una tercera intervención en la rodilla en 2017 para recuperar su movilidad ante acciones tan básicas como subir escaleras.

Con 19 años afrontaba la reconstrucción del ligamento con un injerto, lo que el doctor comparó con “sujetarle el pantalón con cinturón y con tirantes para que no se caiga”. La tercera intervención en menos de dos años acababa definitivamente con la esperanza de quien había sido duodécima en los Mundiales de 2013. Esos meses fueron los más duros en la vida de Roxana. Apenas podía estar cinco minutos en pie, tenía miedo a caerse y pánico a estar rodeada de gente. Todos los días amanecía entre lágrimas. Llegó el final al que se había negado durante tanto tiempo: tenía que parar definitivamente.

«Fue el momento más duro. Los médicos te dicen que no vas a poder seguir, que no pueden hacer nada al respecto. Tenía impotencia. Agradecí que me dijeran “oye, para ya”, pero fue muy duro. Nunca lo llegué a asimilar hasta el último año. No me entraba en la cabeza. Sabía que no podía porque nunca he sido quejica, normalmente he sobrellevado los dolores bien. Pero esa era la clave: Roxana no puede». Pensó que nunca volvería a hacer lo que le llenaba y recayó en su depresión. «En estas circunstancias hay que respirar y tomarse tiempo. Trabajas mucho y no consigues lo que quieres, pero en algún punto las cosas dan un giro completo y te encaminan otra vez. La vida te pone en un camino, sea el que quieres o el que no. Es muy importante darle espacio y tiempo a la gente que sufre algo así. Estar cerca, pero sin agobiar, porque son cosas importantes que pueden salvar a una persona»

Vuelta a su esencia

Cuando dejó la exigencia a un lado y buscó una vida normal, comenzó a cerrar etapas y a avanzar. Terminó sus estudios y se metió en un gimnasio para ser profesora de futuras promesas. Volvió a correr y saltar. Aunque seguía teniendo rechazo a la gimnasia, se fue metiendo de nuevo en ese ambiente. El contacto con los orígenes despertó en ella la curiosidad con la que vivía todo años atrás. Un mortal, una rueda, un giro… De repente, sin pensarlo, se vio subida en las paralelas. Veía la sonrisa de sus entrenadoras y de las propias niñas, que la veían como un referente. Se sentía feliz.

En enero de 2019, Roxana volvía a la competición. Ya no había terror a lesionarse y tampoco exigencias. Su única obsesión era ser feliz, subirse a la barra, sudar, que le doliera todo el cuerpo. “Ya no tengo malas imágenes. Esto es por mí, no por nadie. Es suficiente que esté aquí. Mi orgullo y mi sonrisa no me los quitarán”. Con este simple mensaje lo anunciaba. Lo que entonces no imaginaba es que la gimnasia le pondría de nuevo en el mismo punto del camino que había tenido que dejar. «Entrenamiento a entrenamiento me di cuenta de que estaba haciendo cosas importantes. Fui al Internacional de Holanda en verano jugando, sin presión de hacerlo bien. Al ver mis sensaciones, fui a por todas en el Mundial de Stuttgart».

Estaba ante su segunda oportunidad. En octubre, tres años después de su retirada, Roxana volvía a volar sobre el tatami en el que rememoró su niñez. Con voluntad y mucho talento, casi sin pretenderlo, pasó en solo dos meses de estar lejos de su vida pasada a terminar sexta en suelo compartiendo la final con la histórica Simon Biles y logrando plaza olímpica para Tokio 2020. «Ni me paré a pensar en la rodilla prácticamente. No tenía ese pánico, ese miedo. Se me quitó por completo. Me he dado cuenta de que me estoy metiendo en el camino que tenía marcado. Quedan cosas por completar, la inquietud e inseguridad siempre van a estar ahí, pero me siento llena otra vez. Todo este tiempo sentía un vacío, y ahora vuelvo a disfrutar como una niña, vuelvo a sentirme capaz».

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