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¿Rojo o granate? Al cerebro le da igual cómo llames a los colores
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¿Rojo o granate? Al cerebro le da igual cómo llames a los colores

Que un cerebro pierda la capacidad para nombrar los colores no le impide distinguirlos y clasificarlos. Cada vez hay más evidencias de que no es tan determinante el lenguaje y sus palabras a la hora de concebir realidades, como se pensaba en el siglo XX.

El cerebro es capaz de interpretar los colores a partir de la luz | M.V.
El cerebro es capaz de interpretar los colores a partir de la luz | M.V.

Sin entrar en si el vestido es blanco o azul. O si las zapatillas son rosas o verdes, es posible que te hayas visto enzarzado en una clásica discusión sobre si algo es ‘granate’, ‘carmesí’ o ‘bermejo’, cuando para ti es un mero ‘rojo’ sin más.  Los matices lingüísticos parecen importantes a la hora de percibir y categorizar cromáticamente el mundo. Pero resulta que al cerebro le da igual, poniendo en entredicho las clásicas tesis de que el lenguaje modela nuestra cognición.

Según un estudio publicado en Cell Reports, si una persona pierde su capacidad para nombrar los colores, sigue siendo perfectamente capaz de distinguir sus matices pero, sobre todo, agruparlos en palabras genéricas, como tendemos a hacer cuando no entramos en los ‘apellidos’ de colores como el azul (turquesa, celeste, etc.).

«Los colores varían continuamente en tono, luminosidad y saturación, pero los agrupamos en categorías discretas con nombres específicos (verde, amarillo, etc.)», explican los autores liderados por Paolo Bartolomeo, del Hospital Salpêtrière de París (Francia). Para nombrar el color rojo, por ejemplo, pensamos en un elemento rojo como uno de muchos en un espectro vagamente definido que abarca el concepto «rojo». En este sentido, realizamos un acto de categorización cada vez que llamamos a algo por su nombre. Lo realiza el cerebro, empezando por su trabajo de procesado de la luz del espectro visible en el lóbulo occipital, en la parte posterior de la cabeza. Pero, ¿qué pasa si privamos al cerebro de su capacidad para nombrar los colores?

El hombre que no podía decir colores

En 2014, R. sufrió un derrame cerebral. Experimentó un efecto secundario raro e inusual: cuando veía algo, no era capaz nombrar el color del objeto (pese a no tener problemas de visión). Salvo que fuera negro, blanco o gris. Eso sí lo recordaba. ¿Había dejado R. de ver en color?

A lo largo del siglo XX se ha debatido mucho entre psicólogos, filósofos y médicos sobre si el lenguaje es quien conforma nuestra realidad. Por cuanto no era descabellado pensar que R., privado de su capacidad de poner nombre a los colores, fuera capaz de distinguirlos como el resto de seres humanos sanos –no confundir con los bebés que no han aprendido aún sus nombres–.

Reconocimiento de colores con daño cerebral
Reconocimiento de colores con daño cerebral | NW, Bartolomeo

Pero no; R. no podía decir «rojo», pero pudo agrupar objetos del mismo grupo cromático: rojizos, carmesís, granates, burdeos, etc. aunque fuera incapaz de entender qué era aquello de «lo rojo». Podría parecer obvio y, sin embargo, la tradición científica y de pensamiento iba por el lado contrario. El paciente, un portugués de 54 años, había tenido una isquemia en el lado izquierdo de su cerebro. ¿Residen los colores en ese hemisferio?

Muchos científicos creen que la categorización de colores depende de la entrada de arriba hacia abajo del sistema de lenguaje a la corteza visual. Se creía que los nombres de los colores se almacenan en el hemisferio izquierdo del cerebro y dependen de la actividad relacionada con el lenguaje en ese lado cerebral.

Por el contrario, estos últimos hallazgos respaldan estudios recientes de neuroimagen que sugieren que la categorización del color se distribuye bilateralmente en el cerebro humano. Aunque, ¿qué pasa con el blanco y el negro?

El blanco y negro está en otro lugar del cerebro

En las pruebas pidieron a R. que dijera de qué color eran 34 fichas, de las cuales ocho eran acromáticas. En los que mostraban colores como rojo, azul o verde, su tasa de acierto fue apenas del 34%. Durante estas pruebas, además, el paciente dudaba y usaba técnicas de asociación como por ejemplo decir «este es el color de la sangre, por lo tanto debe ser rojo» o «este es el color del cielo, así que es azul». Cosas que había reaprendido. Pero con las blancas, negras o grises acertó el 84%.

«Nos sorprendió la capacidad de R. para nombrar consistentemente los llamados colores acromáticos, en oposición a su alteración en el nombre de los cromáticos», añade Katarzyna Siuda-Krzywicka, coautora, de la Universidad de la Sorbona (Francia). «Esto sugirió que nuestro sistema de lenguaje puede procesar el negro, el blanco y el gris de manera diferente a los colores cromáticos». Estas disociaciones plantean preguntas importantes sobre cómo las diferentes señales relacionadas con el color se segregan e integran en el cerebro, según explica esta alumna de doctorado.

[blockquote align=»left» author=»»]Parece que la clasificación de los colores y su verbalización funcionan de manera separada en el cerebro.[/blockquote]

 

También le presentaron a R. y a voluntarios sanos una serie de discos con dos tonos de la misma categoría de color (por ejemplo dos azules) o bien dos tonos de categorías diferentes (como marrón y rojo) . En este caso, el grado de acierto de R. era solo ligeramente peor que el del grupo de control (un 80% frente a un 90% de aciertos). Es decir, se daba perfecta cuenta de cuándo los colores eran parecidos. Esto lleva a los autores a sacar un par de conclusiones: que la categorización del color y su verbalización actúan de manera separada en los circuitos del cerebro y que la categorización se produce en los dos hemisferios cerebrales y no solo en el izquierdo.

El equipo investigador analizó el funcionamiento de sus áreas cerebrales no afectadas. Las comparó con el de las mismas áreas cerebrales en sujetos sanos y desarrollaron una prueba de categorización de color no verbal. «Nuestro resultado fue que sus categorías de color eran independientes del idioma, y eso podría generalizarse a adultos sanos», dice Bartolomeo.

¿De dónde vienen las categorías de color, si no es del idioma? Siuda-Krzywicka sugiere que estudios futuros podrían explorar la categorización del color en primates no humanos y humanos, y cómo la adquisición del lenguaje interactúa con nuestra capacidad de clasificar el color cuando somos bebés.

El mito de los inuit y sus 50 nombres para el blanco

Es posible que hayas escuchado que los inuit (mal llamados ‘esquimales’) tienen 50 o 100 palabras para nombrar el color blanco de la nieve, según el matiz con que brille. Es un mito a partir de un accidente que tuvo el antropólogo Franz Boas en 1886, en el norte de Canadá.

Fue rescatado y cuidado por una comunidad de inuits. Al contar su aventura, exageró un poco la idea de que tenían muchas palabras para matizar el tipo de blanco que se encontraban cada día, y la cifra creció y creció de boca en boca. Al punto de que hoy se ha llegado a hablar de 100 palabras para decir ‘blanco’. Por supuesto, no están ni recogidas ni clasificadas en estudio alguno.

Cada fichita es una palabra para un determinado matiz de color | NW, Gibson
Cada fichita es una palabra para un determinado matiz de color | NW, Gibson

Sin embargo, sí que hay multitud de trabajos sobre el color y el lenguaje que apuntan hacia una misma dirección. Aunque percibamos millones de colores diferentes, todo idioma propio de culturas industrializadas se limita a 10 o 12 categorías. Una docena de colores con los que nos manejamos en el día a día, sin entrar en detalles.

Las primeras teorías del color surgieron con el análisis de la pintura del siglo XVIII. Según Brent Berlin y Paul Kay (1969), las lenguas al principio sólo distinguían entre el blanco y el negro –como le ocurría al paciente R.–. Posteriomente, incluyeron el rojo y, más tarde, palabras para el verde, el amarillo, el azul y el resto, sucesivamente.

[blockquote align=»left» author=»»]La mayoría de idiomas tiende a tener más palabras ‘cálidas’ que ‘frías’[/blockquote]

 

Esto concuerda con otra teoría recientemente planteada: casi todas las lenguas tienen más palabras para matizar los colores que asociamos con lo cálido: rojizos y anaranjados, frente a los vede-azulados.  Esto no es exclusivo de las sociedades industrializadas, aunque se nota más este efecto.

Hay una tribu amazónica que no puede distinguir con palabras claras en su lengua los tonos verdes, azules y amarillentos. Sencillamente, el verdor de la selva es un telón de fondo, no el eje de su acción, contradiciendo el mito inuit de la nieve.

Esto, en parte, se explica porque, según demostró un análisis de las imágenes en línea de Microsoft (para ese mismo estudio), la mayoría de lo que vemos y retratamos es de color cálido en primer plano, frente a un fondo más verdoso o azulado. Este es el principio de las claves de los chroma en televisión, por ejemplo. La piel humana nunca será verde y quien presenta el tiempo puede colocarse ante una tela de ese color de fondo para incrustar los mapas. Como un indígena frente al verdor del Amazonas.

 

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