Interesa

No todo es Ozempic en Hollywood: hemos romantizado una idea de salud basada en matarse en el gimnasio y comer mucha proteína

ozempic famosas hollywood
Bad Gyal, Rosalía y Nathy Peluso | Newtral
Tiempo de lectura: 9 min

Con cada nueva alfombra roja o evento social de celebrities hay una conversación pública sobre el extendido uso de Ozempic. Hay una verdad insoslayable en esa pasarela de cuerpos cada vez más flacos, y es que la delgadez es uno de los valores más premiados y preciados de nuestra sociedad. El mecanismo que se activa es una especie de gossip colectivo que busca destapar a aquellas artistas que habrían perdido peso con este medicamento —lo hemos visto en los Oscar y también en la premiere de Euphoria—. Y si bien parte de una preocupación legítima, esta especie de desenmascaramiento individual está permitiendo pasar por alto cómo estamos promoviendo una idea de salud basada en la disciplina y en el esfuerzo individuales a través de la alimentación y del ejercicio.

Publicidad

Todas participamos de ella pero nos permitimos sacarnos de la ecuación del problema porque nosotras no somos como esas chicas que usan Ozempic. Nos convencemos de que vamos al gimnasio cinco días a la semana a hacer peso muerto y desayunamos kéfir sin azúcar y con avena porque somos naturalmente sanas y nos encanta, no porque estemos alineadas con el ideal dietético del momento. Y es verdad que estas rutinas no nos dicen nada a nivel individual, pero cuando forma parte de toda una corriente de lo healthy, basada en la virtud contemporánea —la restricción, el control, la obediencia—, la cosa adquiere otros matices. 

La última artista en ser señalada como una de esas “famosas del Ozempic” ha sido la cantante Nathy Peluso al aparecer visiblemente más delgada en un concierto en Barcelona. Ante las acusaciones, Peluso ha negado usar Ozempic y ha hecho todo un speech en su Instagram, que ha sido ampliamente aplaudido: “Para las que estuvieron diciendo que yo uso Ozempic, escúchame, ¿yo voy a dejar de comer? O sea, después de todos estos años, ¿yo voy a dejar de comer? Mamita: gimnasio, cardio, peso, pilates, escaleras, diez mil pasos al día o más, pollo, pescado, espárragos, boniato, papa, papa. ¿Cómo que voy a dejar de comer? Yo soy una perra laburadora [trabajadora]”. 

Su reivindicación se ha entendido como contracultural e incluso feminista porque es cierto que la voracidad femenina ha sido conceptualizada como un signo de monstruosidad. El primer paso que corrompe nuestra moral y nos acerca a la animalidad es abrir la boca —ya sea para ingerir, para hablar o para lamer—. La escritora Jess Zimmerman ya explicaba en Sirenas y otros monstruos (Blackie Books, 2023) que el hambre de las mujeres se relaciona con la falta de control. Querer saciar nuestro estómago o nuestro sexo es un acto de desmesura.

Sin embargo, lo que está exponiendo Nathy Peluso es que las personas gordas lo son porque comen mal —no comen pescado, pollo, boniato y patatas— y porque no se mueven lo suficiente. La escritora e investigadora en ciencia de los alimentos Charlotte Biltekoff ya explicaba en su libro Eating Right in America: The Cultural Politics of Food and Health (Duke Press, 2013) que entre finales del siglo XIX y principios del XX la salud se convirtió en un indicador clave de moralidad y de identidad que servía para distinguir a los miembros socialmente responsables y aptos (de clase media o alta) de aquellos que no lo eran (que en la jerarquía social se encontraban por debajo). Esta nueva idea de salud —con dietas sin azúcares, hiperproteicas y sin ultraprocesados llevadas al extremo— también propone una distinción entre sujetos morales e inmorales.

Pero, además, Nathy Peluso está ahondando en la idea de que la comida hay que ganársela y que saciar el hambre solo se justifica si te has movido lo suficiente como para hacer una ingesta calórica que compense la quema previa o posterior de esas mismas calorías. El equilibrio, dicen, como si fuese una idea neutral y no otra medida de control. ¿Cuántas de tus amigas van al gimnasio entre semana y restringen el azúcar para los fines de semana “permitirse” descansar y “comer peor”? ¿Cuántas de nosotras buscamos excusas, como por ejemplo tener la regla, para comernos esa tableta de chocolate? Incluso los gurús de la nutrición y del fitness que con buena intención tratan de promover el consumo de carbohidratos —después de toda una corriente que los ha demonizado— lo vinculan con un motivo basado en la salud: es la fuente principal de energía. ¿Y qué pasa si como más carbohidratos de los que mi cuerpo “necesita”? ¿No tenemos derecho a comer simplemente por placer o porque sí?

Publicidad

Elegir dietas socialmente aceptadas y alinearse con mecanismos de restricción y compensación es una manera sutil pero poderosa de mostrarnos como ciudadanas responsables y aptas, con una moral correcta. Como escribía Biltekoff en su ensayo, “quienes tenemos la suerte de tener hábitos alimenticios que se ajustan a los ideales dietéticos o de tener cuerpos que lo sugieren, podemos pensar que nuestra figura o nuestras preferencias saludables son un signo de virtud, el resultado de la voluntad, o quizás nada más que un golpe de suerte, pero la historia demuestra que existen mecanismos culturales que producen la aparente alineación natural entre las dietas ideales, los tamaños corporales ideales y los hábitos y preferencias de la élite”. 

Naturalizar este nuevo signo de virtud contemporáneo nos ha llevado a fetichizar la ganancia de masa muscular frente a la pérdida de grasa. Lo que ha sido una reivindicación legítima —que hagamos ejercicio de peso porque a las mujeres siempre nos han querido frágiles y delicadas— ha acabado por ser un fetiche cultural por el que nos deshacemos en detalles sobre cuánto peso levantamos, cuántos días vamos al gimnasio, cuánto mide nuestro bicep, lo duros que están nuestros glúteos, lo sacrificadas que somos.

No es casualidad que en tres de los últimos programas de La Revuelta, las invitadas femeninas hayan hecho hincapié en lo muchísimo que entrenan y lo definidas que están. Que Rosalía hiciese un pulso con Broncano después de decir que lleva fatal no estar yendo al gimnasio cada día, que Bad Gyal se pusiese a hacer elevaciones de piernas colgada de una barra o que Clara Galle dijese que una de las cosas más importantes para ella es ponerse fuerte no son cosas que sucedan por espontaneidad. Y es fantástico que tres mujeres maravillosas como ellas reivindiquen su fortaleza y quieran romper con la idea patriarcal de que feminidad equivale a fragilidad —a nivel individual no hay absolutamente ningún reproche—, pero me preocupa cómo se está naturalizando que ponerse fuerte signifique lucir así —con un cuerpo que sigue siendo delgado— y no como el de Tamara Walcott, o que sea normal matarse en el gimnasio. Porque, en última instancia, se está naturalizando que estar y lucir sana implica estar delgada y, además, se consigue con constancia.

La deportista Tamara Walcott | Instagram

Como con las tradwifes, que naturalizan estándares de cuidados inalcanzables para la mayoría, los estándares aquí también son irrealizables en muchos casos porque no se logran solo con esfuerzo. Influyen factores como el dinero, la genética o la suerte. Al naturalizar estos estándares, se asienta la idea de que son objetivos accesibles y fáciles. En realidad no lo son, por lo que esa imposibilidad genera frustración, pudiendo llevar a la gente a una radicalización de esas conductas de control y disciplina a través del ejercicio y de la alimentación. O, incluso, a recurrir al Ozempic. Si lucir así es solo cuestión de ir al gimnasio y de introducir 16 gramos de proteína en cada ingesta y yo no lo estoy consiguiendo, es que quizá tengo un problema de salud y debería acudir al médico. Y ya sabemos cómo las estrategias de farmacéuticas como la de Ozempic están permeando la esfera sanitaria: la última campaña de Novo Nordisk, avalada por importantes sociedad médicas y científicas, vinculaba la gordura con hábitos de holgazanería, además de incentivar el autodiagnóstico de la obesidad. Una campaña por la que el Ministerio de Sanidad envió un requerimiento a la farmacéutica.

Publicidad

Mi punto aquí es que, aunque es necesaria la conversación sobre el Ozempic, echarle toda la culpa a este fármaco de la forma en que ahora mismo se manifiesta la cultura de la delgadez es lo fácil porque nos ahorra una conversación incómoda con nosotras mismas: de qué manera contribuimos a la imposición de una nueva moral basada en la pureza.

En un momento en el que ha habido un aumento significativo en TikTok del hashtag #HighProtein y en el que se sigue generando contenido en torno a la hipervigilancia alimentaria (#WhatIEatInADay o #EatWithMe), como señala este artículo académico, los stories de la poeta Elena Pastor recordándonos que podemos comer lo que nos dé la gana mientras enseña unas cerezas, un helado de chocolate y un pan rico con mantequilla me dan “permiso” para ser y existir. Deja de hacer scroll sobre vídeos de otra gente comiéndose la bollería que tú no te permites comer y sal a comprarte un croissant. Te aseguro que esos pasos hasta la panadería son mejores que los diez mil que recomienda Nathy Peluso y que saben a gloria.

0 Comentarios