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«Los padres se frustran más que los niños con la tecnología»: las clases online y la brecha digital
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«Los padres se frustran más que los niños con la tecnología»: las clases online y la brecha digital

La necesidad de proseguir con el curso ha obligado a progenitores y profesorado a echar mano de plataformas que, a veces, sufren fallos técnicos. Además, no todos los hogares cuentan con todos los dispositivos suficientes

Imagen: Shutterstock

“La niña tiene la tableta y con eso se apaña”. Habla Dolores, de 72 años, abuela de Laila, de 10 años, a la que cuida mientras su hija está trabajando. Su nieta es alumna de un colegio público de Albacete, y su hija, cajera en un supermercado. Dolores, dice, sabe “cocinar, planchar y enviar wasaps”. “Pero de ahí no me saques”, añade.

Laila ha comenzado a recibir algunas clases y tutorías después de Semana Santa. Se conecta a Classroom, una aplicación educativa de Google, a través de su tablet. El problema viene cuando Laila tiene que enviar sus deberes por correo electrónico: “Ahí yo me pierdo. Tenemos que esperar a que llegue su madre de trabajar y la ayude”.

“Por suerte, su madre tenía turno de tarde la semana que empezaron las clases estas, y enseñó a la niña a meterse. Pero el otro día había algo del sonido que no funcionaba y no sabíamos cómo arreglarlo”, prosigue Dolores.

Los problemas técnicos asociados al uso de este tipo de plataformas o aplicaciones, que cuentan con servicio de videollamada o de “salas digitales”, son comunes: una cámara que no funciona, un micro que no capta el sonido, saturación del sistema o una red wifi que a veces desestabiliza la conexión.

«Es un mundo estupendo, el de la tecnología, al que yo he llegado tarde», dice Marisol, una profesora de 62 años

En este contexto de estado de alarma, en el que miles de niños y niñas viven el confinamiento con la necesidad de proseguir su educación, el reto no es solo para los menores, sino también para los progenitores y para el propio profesorado.

Brecha digital y generacional

Marisol, de 62 años, es maestra de Primaria y Secundaria en un colegio concertado de Fuenlabrada (Madrid). Dice que en cuestiones tecnológicas hay una brecha entre su generación y las posteriores: “Esto me ha venido muy grande. Es un mundo estupendo, el de la tecnología, al que yo he llegado tarde”.

Dice que hay mucho que aprender “de golpe” y de “forma autodidacta”: “Saber descargarte la aplicación, configurarla para que funcione, aprender a grabar pantalla, solucionar el problema del micro…”, cuenta Marisol.

En su caso, su hijo, que vive con ella, la ha ayudado a ponerse al día: “Para hacer reuniones con otros profesores he tenido que aprender a usar HangOuts y Zoom, que no sabía ni qué eran ni cómo se escribían. Mi hijo me dice: ‘Pero si te lo expliqué ayer, si es muy fácil, apúntalo todo’. Pero es que para mí no es nada intuitivo”, reconoce Marisol.

Su hija Noelia, también profesora de Secundaria en Fuenlabrada pero en un centro público, cuenta que la plataforma pública, EducaMadrid, “dejó de funcionar”: “Se colgaba porque de repente todo el profesorado y el alumnado intentaba conectarse a la vez. Al final estamos usando Classroom. Aprendes haciendo ensayo-error o mirando tutoriales”.

Irene, profesora de un centro educativo privado en Murcia, dice que “los padres se frustran más que los niños con la tecnología”. Su colegio comenzó a impartir clases online tan solo unos días después de que se decretase el cierre de centros educativos. Para ello emplean Teams, de Microsoft: “Te escriben y te dicen que su hijo se pierde, que no saben si sigue la clase o no”, cuenta Irene.

“Descargar la aplicación fue un mundo. Se liaban y no sabían cómo resolverlo. Y si les mandas una tarea que implique ayuda de los padres, les cuesta una barbaridad. Hasta el punto de que hemos dejado de hacerlo”, prosigue esta profesora de Primaria y Secundaria.

«Los padres se agobian muchísimo. Les oyes decir: ‘Ay, yo qué sé’, ‘pregúntale a la profesora’», dice Irene, profesora

Irene pone como ejemplo las manualidades: “Les dices a los alumnos que la hagan y que luego le saquen una foto y la manden por e-mail. Los más mayores tienen un correo habilitado desde el centro, pero los pequeños no. Así que necesitan ayuda de sus padres. Pues pedirles que hagan una foto y la adjunten por e-mail a algunos les cuesta la vida”.

“Y lo mismo con los concursos. Hay una aplicación, que se llama Kahoot!, en la que tienes que abrir el navegador para marcar la respuesta. Los niños de ocho años no tienen ni idea, y los padres se agobian muchísimo. Les oyes decir: ‘Ay, yo qué sé’, ‘pregúntale a la profesora’, ‘ahora estoy trabajando’. Todos estamos agobiados, pero es que luego te dicen que les mandes actividades diferentes”, apunta Irene.

Yolanda, de 41 años, vive y trabaja en Madrid. Tiene dos hijos, de ocho y diez años respectivamente. Tanto su marido como ella están teletrabajando desde que se decretó el estado de alarma. En casa, cuenta, hay dos ordenadores que su pareja y ella necesitan para trabajar. “Tenemos también una tablet en la que es imposible hacer funcionar aplicaciones de este tipo”, explica.

Sus hijos, que cursan Primaria en un colegio público, realizan actividades y exámenes pero no reciben clases online: “Y solo con eso ya es muy complicado: las tareas las tenían que subir a una plataforma pero creo que los propios profesores estaban un poco perdidos. Al final optamos por hacer los deberes a mano, hacerles fotos y enviarlas por e-mail”.

En el caso de Yolanda, para que sus hijos puedan enviar actividades a lo largo de la mañana, tiene que prestarles su ordenador: “Cada media hora, me desconecto, suben sus ejercicios y me vuelvo a conectar. Así todo el rato. Con dos ordenadores para dos niños en cursos distintos y dos padres teletrabajando… no te apañas”.

Lucas Gortázar, especialista en políticas educativas, augura un aumento de la brecha social y educativa tras el estado de alarma

Un caso parecido es el de Leticia, de Córdoba, madre en solitario de dos niñas de siete y nueve años: “Tengo un móvil bastante normalito y una tablet bastante normalita. El problema de la tablet era que en cuanto intentabas meterle Zoom o Classroom te decía que se acabó”, relata.

Por suerte, un vecino le prestó un portátil para que sus hijas pudiesen realizar actividades online durante estos meses: “Me dijo que tenía uno y que no lo usaba. Con eso y con el móvil nos hemos apañado. Yo no tengo muchos conocimientos de tecnología, lo básico. Pero para instalar las aplicaciones, nos hemos ido apañando”.

Desde su punto de vista, la parte educativa no es la que más quebraderos de cabeza le produce, sino los cuidados que requieren dos niñas pequeñas y que debe afrontar ella sola: “Si quieres hacer la compra, ¿qué haces? No te las puedes llevar contigo, pero tampoco las puedes dejar solas”, explica Leticia.

Falta de recursos

El acceso a dispositivos es una de las brechas que ha puesto de manifiesto la educación online durante el estado. En un comunicado, la ONG Save the Children alertaba de que “entre las familias que ingresan menos de 900 euros al mes, un 42% no tiene ordenador en casa y un 22% no tiene acceso a internet”.

Lucas Gortázar, que trabaja en el departamento de Educación del Banco Mundial y especialista en políticas educativas sociales, señala a Newtral.es que “la brecha, que ya existe, se va a agrandar seguro”: “No es solo una cuestión de acceso a dispositivos, sino también de capacidad e interés de los progenitores. Hay que tener en cuenta que, en este contexto, hay familias vulnerables en las que se acentúa la precariedad económica y también el estrés psicológico”.

En referencia al trabajo del profesorado, Gortázar apunta que este colectivo se encuentra ante una “paradoja insalvable”: “Por un lado, tienen que hacer lo que están haciendo, pero a sabiendas de que no están del todo preparados para ello y, sobre todo, de que están generando una fuente de desigualdad brutal”.

Esta desigualdad es, precisamente, lo que apunta Lorena, profesora de Infantil en un colegio público de Elche (Alicante). “Mi postura en este momento ha sido preparar contenidos y actividades que sean accesibles y realizables en todas las familias, sean de un entorno más o menos favorable”.

Como ejemplo, esta profesora destaca el “mal funcionamiento de la plataforma educativa online de la Consejería de Educación [de la Generalitat Valenciana], Ítaca”. “Se cuelga todo el rato y no es nada intuitiva”, explica. “Hay un apartado específico para los padres, que es Web Familia, donde se supone que yo tengo que subir las actividades y ellos acceden a las mismas. Hay siete alumnos que no han sido registrados aquí porque en casa no tienen internet ni ordenador, y desde el móvil es imposible. Al final opté por enviar los contenidos al grupo de WhatsApp de madres y padres. Lo que no quiero es dejar a ningún niño atrás”.

Esta sensación, que los niños no se queden atrás respecto a sus compañeros, también la sufren algunos progenitores: “La semana que viene, el mayor tiene una primera reunión en el aula virtual. No sé cómo lo vamos a hacer porque yo necesito el ordenador, pero piensas: ‘¿Van a estar todos los niños de clase y el tuyo no?’. Te sientes culpable”, admite Yolanda.

“Por mucho que se diga que todos los chavales tienen un móvil, un móvil no es un ordenador. Ponte tú a escribir un reportaje entero usando solo el teclado del móvil. Es muy difícil”, apunta Noelia, profesora de un instituto público de Fuenlabrada.

Noelia denuncia que se priorice la productividad frente al acompañamiento, tanto en el caso del alumnado como en el del profesorado: “Para lo primero, todos tendríamos que tener una conexión wifi estupenda y no tener a ninguna persona dependiente a cargo”.

Productividad educativa

“Algunos padres están obsesionados con pedir más y más ejercicios porque si no, parece que los profesores no estemos trabajando lo suficiente o sus hijos no estén aprendiendo lo suficiente”, apunta Carlos, profesor de Primaria en un instituto público de Madrid.

“Una madre me envió durante la misma mañana tres correos para que le mandase más ejercicios a su hijo”, cuenta Noelia. “Al final tuve que explicarle que no todos los niños tienen la misma disponibilidad ni los mismos medios. El objetivo no es que unos avancen mucho y otros, lo que puedan, sino que ninguno se quede atrás”.

1 Comentario

  • si quiero comentar , soy un abuelo porq tengo nietos pero para mi me siento como un joven y quiero decir que esto de la enseñanza online es un tongo una gran mentira lo malo es que no se como decirlo a todo el mundo para que se enteren , los niños unos porque no tienen medios y otros porque lo en visto yo en persona cuatro tonterias que les ponen y que la mitad ni se entienden y eso es estudiar onlain,

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